HABLAR POR HABLAR. Radiografía de los campos de batalla

Las historias más sencillas suelen ser siempre las más encantadoras. Todos atesoramos historias corrientes, comunes, que quizá juzguemos poco interesantes. No obstante cualquier historia puede ser elevada a la categoría de relato.

Considerando que las personas somos historias andantes, historias que necesitan ser escuchadas, podemos entender el universo de la obra teatral «Hablar por hablar» que se puede ver en el Teatro Bellas Artes de Madrid.

Un manojo de historias extraídas del programa de radio nocturno que da título a la obra y que han sido seleccionadas, suponemos que de entre cientos, por diferentes autores/as: Juan Cavestany, Yolanda García Serrano, Anna R. Costa, Juan Carlos Rubio y Alfredo Sanzol. Bajo la dirección de Fernando Sánchez-Cabezudo, al que parecen dársele muy bien las historias de seres comunes llevadas al teatro, la propuesta pasa por meter al espectador en el mundo de la radio de madrugada, en el que personas de cualquier tipo pueden marcar un teléfono y llamar a un programa para compartir con la audiencia sus desvelos, flaquezas, aflicciones, sus ilusiones.

Esto es lo que es «Hablar por hablar». Nosotros acudimos a la propuesta atraídos por la dirección de Sánchez-Cabezudo y por la variedad de voces acreditadas en a autoría de los textos y nos hemos encontrado con expectativas más que satisfechas pero, más allá de la dirección y de los textos, también gracias en buena medida a las interpretaciones en la obra y a la puesta en escena y la resolución escenográfica.

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En el escenario del Teatro Bellas Artes, el espectador se encuentra de partida, con un estudio de grabación. Una de esas peceras insonorizadas con lo que parecen cajas de huevos en las paredes. Dentro, una mujer, una locutora, que arranca un programa nocturno (veterano de la radio española). Un programa que tendrá sus defensores y sus detractores, claro. Nos planteamos qué puede salir de esta dramaturgia. La idea, intuimos, será simultanear lo que sucede en el estudio con las llamadas de espectadores y sus historias; ir desgranando diferentes llamadas y mezclando algunas más costumbristas y apegadas al drama melifluo con otras más desusadas y próximas a lo cómico. ¿No es acaso eso también la vida? Una mezcolanza, que pareciera antagónica, entre lo trágico y lo hilarante.

Las historias que desfilan por este «Hablar por hablar», son casos tomados de testimonios de programa. Aquí aparecen unos cuantos personajes que nos demuestran que la vida también hay que saber recorrerla a contramano.

Una mujer que llama, desesperada, porque su hijo pequeño, con discapacidad psíquica, se ha escapado y no ha regresado a casa. Una joven madre soltera que cuenta que tuvo a su hijo sin saberlo el padre, uno de esos amores de pueblo y de verano, y que llama para contar que el destino los ha unido en el mismo hospital en el que ahora trabajan ambos y para preguntar si debería contárselo a él. Decirle que es el padre de su hijo. Y la historia de un hombre, un falso licántropo, que en las noches de luna llena arde en deseos de limpiar su casa. O la de un eterno soltero que solo consigue amor pagando a prostitutas. También la de una anciana que está a punto de cumplir su mayor deseo: visitar París y subir a la torre Eiffel. O la historia de un padre separado, y con orden de alejamiento de su pareja, que va camino de dejar de hablar, de saltar al mundo de los silenciosos pero que, una noche, decide llamar al programa y echarle el lazo a su existencia. Todas estas, y alguna más, historias de aficionados, que diría Charles Chaplin, porque la vida es tan corta que no da para más que para eso. Para ser simples aficionados.

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La expectativa se va cumpliendo. La dosis comienza a hacer su efecto. Primero, por el lado de la escenografía, pues reconozcámoslo, las primeras historias con las que arranca «Hablar por hablar» se nos presentan un tanto pazguatas. Poco atractivas, especialmente la historia de la locutora y su pareja que ha conocido a otra mujer y se ha enamorado. De ahí que nos fijemos, al principio, en la escenografía y nos quedemos satisfechos. Eduardo Moreno, junto a Anna R. Costa y Sánchez-Cabezudo en la dramaturgia, han levantado un resorte estilístico que funciona muy bien gracias a ese juego de pecera móvil sobre el escenario que posibilita unas transiciones cómodas y alternancias y evocaciones de espacios muy sugerentes.

El resto de historias nos convencen. Un juego de hiedra trepadora que avanza consistente y bien fusionada. Pero, más allá de los textos, y de los espacios, el mérito, y grande, de esta propuesta pasa por sus interpretaciones. Un reparto que forman Antonio Gil, Ángeles Martín, Samuel Viyuela González, Carolina Yuste, Pepa Zaragoza. No hay un solo personaje, un solo rol, que no esté bien dirigido e interpretado. Acierto pleno en la elección. Todos/as se desdoblan en diferentes caracterizaciones y todos/as están fabulosos.

Pepa Zaragoza nos atrapa con su vis cómica. Compone a una anciana jubilosa con gran agilidad y comicidad. También a una locutora o a una madre y no desentona en ningún caso. Que no nos guste tanto la trama de pareja, en la que ella es protagonista, no obedece a su interpretación sino a lo que de pueril posee esa historia.

Carolina Yuste. Muy bien en su tono de locutora. Rutilante y explosiva la extremeña en su, demasiado breve, monólogo de hija.  Se nos queda corta, desaprovechada. Queremos verla más, mucho más. Y oírla cantar. Aquí hay talento.

Samuel Viyuela González. Lo vimos hace poco dando la réplica a un gigantesco Pedro Casablanc en «Yo, Feuerbach» y nos lo encontramos ahora en «Hablar por hablar» haciendo de camaleón. De camaleón, entiéndase, metafóricamente. El actor resulta espléndido en su rol de licántropo arrebatado con el orden. Está muy equilibrado en los demás papeles. Creemos estar ante un actor muy dotado y que entrega a sus personajes una humanidad cristalina. Qué difícil es eso.

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Dejamos, para el final, las dos interpretaciones que nos hacen recomendar la obra por encima de todo. Hablamos del actor Antonio Gil y de la actriz Ángeles Martín. Canela fina. Dentro de ambos hay tanta verdad, tanto buen hacer, tanta artesanía y respeto por la profesión que en escena todo es entrega.

Nos preguntamos por qué no vemos a Ángeles Martín más y más en escena. Es pregunta retórica. Aptitud a prueba de bombas. La actriz compone todos sus personajes con incalculable solvencia. Gozamos sobremanera de su virtud para la comedia aunque intuimos que en el juego del drama saldría mucho más que airosa.

De Antonio Gil solo podemos decir: no se lo pierdan. Que enorme en su despliege. Nos emociona con eso tan arduo que es lo genuino. Su papel de padre separado, gallego, es de quitarse el sombrero. El acento, el tono, la mirada, el gesto, todo es comprobante de calidad. Nos hace descoyuntarnos y, al mismo tiempo, nos encoje en la butaca. Se cuentan con los dedos de una mano actores así.

«Hablar por hablar» supera nuestras expectativas, en el saldo al final de la función. Lo que más lastra a la obra es ese  tufo, esa afectación de cuña publicitaria, suponemos que peaje obligado, a una emisora concreta. Nos parece que esa concreción hace que la obra se haga más localista, se aglomere.

Con todo, si la observamos desde la óptica de compendio de historias humanas, juego teatral de semblanzas cotidianas, radiografía de campos de batallas ordinarias, historias de personas que pasan por la vida en vagones de segunda clase, si la observamos así, la obra se sostiene en todo lo alto. Y es así como nosotros la hemos visto.

La vida también se presta, a menudo, a las manipulaciones a las que la sometemos cuando intentamos contarla. La vida sabe que, a menudo, solo solicitamos eso,  hablar por hablar.

HABLAR POR HABLAR

Se subirán a este caballo: Quienes amen la radio, en general, y la cadena SER en particular. Quienes disfruten de historias sencillas, con unas interpretaciones de calidad, muy proporcionadas y una puesta en escena atractiva.

Se bajarán de este caballo: Quienes busquen un teatro con hechuras de postmoderno, experimental y trasgresor.

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS Y 1 PONI (Sobre 5)

***

Ficha artística:

Autores/as: Textos de Juan Cavestany, Yolanda García Serrano, Anna R. Costa, Juan Carlos Rubio y Alfredo Sanzol

Director: Dirección: Fernando Sánchez Cabezudo

Intérpretes: Antonio Gil, Ángeles Martín, Samuel Viyuela González, Carolina Yuste, Pepa Zaragoza
Ayudante de dirección: Carlos Tuñón
Dramaturgia: Anna R. Costa y Fernando Sánchez Cabezudo
Con las voces de: José Sacristán, Macarena Berlín, Cristina Lasvignes, Mara Torres, Ramón Barea, Fernando Cornejo, Pilar Gómez, David Picazo y Javier Alameda
Dirección de producción: Joseba Gil
Ayudante de producción: Mayte Barrera
Producción ejecutiva: Fernando Cornejo
Iluminación: David Picazo
Escenografía: Eduardo Moreno
Vestuario/figurinista: Laura Renau
Música: Vicente Miras
Sonido: Nacho Bilbao
Comunicación: La portería de Jorge Juan
Prensa, promoción e imagen: El Norte Comunicación y Cultura
Distribución: Pentación Espectáculos

Producción ejecutiva: Fernando Cornejo. Una producción de Cornejo Films

Reseña de @EfejotaSuarez

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