LA TRISTEZA DE LOS OGROS. Everything is clear in my heart

Comentaba Ciorán  aquello de que «a veces uno quisiera ser caníbal, no tanto por el placer de devorar a fulano o mengano como por el de vomitarlo». No sabemos si intuía que buena parte de la sociedad actúa igual aunque quizá, sí, de un modo más irreflexivo o inconsciente.

Tomemos como ejemplos dos casos de esa sociedad canibalizada: el caso de Natascha Kampusch, secuestrada por Wolfgang Priklopil, y el caso de Bastian Bosse que con 18 años preparó una matanza en su antigua escuela dejando ocho heridos y su suicidio. Dos ejemplos, los nombrados, que le han servido al dramaturgo Belga Fabrice Murgia, como detonadores de su historia «La tristeza de los ogros» que se puede ver en los Teatros del Canal, en Madrid.

Partiendo de cierto sustrato de las historias de Kampusch y Bosse, Fabrice Murgia hilvana un sombrío relato encerrado en la neblina de los acontecimientos que recrean, libremente, los días de cautiverio de la joven secuestrada así como los días previos al intento de matanza que Bosse quería llevar a cabo en su instituto.

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Las dos historias son paradigma de un mismo signo: la sociedad enferma en la que ambos coexistían. La sociedad caníbal que vorazmente concurriría al banquete mediático de las vidas de ambos, no tanto como en un ejercicio de compasión sino desde el vouyerismo perverso, desde la ventana indiscreta del goce sádico que se obtiene asistiendo a las vidas rotas de los demás, de «los otros».

Esto parece quedar más que enfatizado desde el prólogo de la obra en el que una mujer/niña, vestida de princesa sangrienta, nos relata, en bucle, el cuento de un rey que devoraba a sus hijos.

Es precisamente esa niña/mujer la que hace las veces de rapsoda uniendo e intercalando las dos historias de Kampusch y Bosse.

Todo está sostenido en lo poético en esta ejemplar parábola gótica.

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Hay una poetización de lo sórdido, una poesía que brota del lodazal, de la ciénaga. La sala verde del Teatro del Canal se alía fabulosamente con la propuesta escénica  que depara momentos que rozan lo cinematográfico. El componente audiovisual adquiere en esta función absoluto protagonismo. No empaña el hecho teatral sino que lo ultima y, aunque es fértil, no resta.

Una de las actrices y el actor aparecen dentro de sendos cubículos: uno, la habitación en la que la chica pasa sus horas secuestrada y dos, el dormitorio del chico que planea el atentado. Ambos, confinados en su propia angustia; dos hikikomoris a su manera, una Wendy y un Peter Pan que en lugar de Campanilla habrían podido tener por amiga a una cucaracha voladora con la cara de Darth Vader. Dos jóvenes que han dejado ya de ser niños no porque quisieran entrar a ser adultos sino porque el mundo en el que viven les ha pasado por encima como una apisonadora camino de la destrucción de la tierra de Nunca Jamás.

Nos señala el autor del texto que un ogro, de acuerdo con los cuentos de hadas, se alimenta de carne humana y de sueños de niño. Nos aclara, en la función, que toda esa casquería se manufactura con verdadero pulso en los mataderos de los mass media. Sí, ya lo sabíamos, pero sigue provocando arcadas.

En «La tristeza de los ogros», las dos historias discurren paralelas, sin cruzarse, sin tocarse, cada una en su carril y, en ambas, encontramos un contenido penetrante, sugestivo, turbulento, que fascina.

Recordemos que esta obra es originalmente un texto en francés y que la adaptación, para su versión en español, ha estado a cargo de Borja Ortiz de Gondra, a quien debemos dar la enhorabuena por trufar el relato con la aureola de la España negra, de esa España goyesca y grotesca repleta de crónicas de sucesos y de monstruos salidos de la sinrazón con un nombre, el de Alcásser, como epítome.

Creemos que todo funciona sobradamente en esta propuesta. El texto nos seduce, la imaginería audiovisual resulta vibrante y bien vertebrada, quizá un tanto excesiva en su asimilación con lo cinematográfico (es, de hecho, inevitable pensar en películas como «It» de Andrés Muschietti, «Room» de Lenny Abrahamson, «Nightcrawler» de Dan Gilroy o, por supuesto, «Elephant» de Gus Van Sant). En el capítulo de las interpretaciones, la cosa no baja el nivel.

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Dos actrices: Olivia Delcan, Andrea de San Juan, y un actor: Nacho Sánchez.  Los tres elevan el montaje a la categoría de imprescindible. Lucen potentes, vulnerables, cómicos, tiernos, violentos, arrebatadores. El ritmo no decae en ningún momento y la obra no se desnorta por ningún lugar. Todo es coherente, atinado dentro del conjunto. Nos seduce especialmente la interpretación de Nacho Sánchez en términos generales. Compone un chaval frenético, volátil, herido, absolutamente verosímil y descarado. Estamos ante una interpretación dotada de brío. Poderosa.

Olivia Delcan mezcla con buen pulso la ingenuidad de una muchacha sometida, abnegada y aún cándida. La muchacha que, mientras sueña en la cama de un hospital, planifica una narrativa soportable para el futuro que le espera, sin querer pensar en el momento en que tendrá que soltar el globo rojo de su infancia.

Andrea de San Juan, mantiene bien hilvanada la historia: su contrapunto, de cronista omnisciente, la mantiene en escena todo el rato y, a pesar de que su voz está impostada técnicamente, no chirría. Nos gusta, además, el acierto de su comicidad y sarcasmo.

Por poner algún pero, sí creemos que los cubículos donde se representan buena parte de las escenas, podrían ganar cercanía con el patio de butacas en lugar de aparecer tan alejados. Entendemos que la propuesta pone el foco en lo audiovisual pero creemos que lo teatral queda, en ese punto, un tanto empañado y , con todo, es justo rotular que  «La tristeza de los ogros» se convierte, en este arranque de 2018, en uno de los trabajos más sobresalientes que pueden verse en la cartelera madrileña.

Al final, cuando se apagan las luces, todo está claro en nuestros corazones. En nuestros corazones de caníbales saciados.

LA TRISTEZA DE LOS OGROS

PUNTUACIÓN: CINCO CABALLOS

Se subirán a este caballo: quienes busquen excelente teatro y se reconozcan en una sociedad canibalizada y repleta de ogros. Quienes gusten de fábulas contemporáneas muy bien resueltas y sin exceso de moralina.

Se bajarán de este caballo: Quienes busquen la ortodoxia teatral y el costumbrismo. (Si es que aún quedan).

Texto y dramaturgia: Fabrice Murgia
Adaptación: Borja Ortiz de Gondra
Reparto: Andrea de San Juan, Nacho Sánchez, Olivia Delcán
Vídeo: Jean François Ravagnan
Coproducción: Théâtre National de la Communauté Française de Belgique, Teatre Lliure y Teatros del Canal

Reseña de @EfeJotaSuarez

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