REINA JUANA: CONFIESO QUE HE VIVIDO.

Corría el año 1554: Francisco de Borja, jesuita y antiguo Conde de Gandía, es enviado a Tordesillas, por mandato del que iba a ser Felipe II, con una misión muy clara: averiguar por qué Juana I de Castilla se negaba a confesarse  nada menos que desde el año 1534 y por qué se negaba también, tercamente, a oír misa. (A pesar de que la historia nos diga también que sus últimas palabras fueron: «Jesús crucificado sea conmigo»).

Este podría ser el dato biográfico que sirviese al dramaturgo Ernesto Caballero a entretejer y escribir su monólogo «Reina Juana», protagonizada por Concha Velasco y dirigida por Gerardo Vera,  que puede verse desde el 11 de Octubre al 12 de noviembre en la sala San Juan de la Cruz del Teatro de La Abadía.

A menudo, muchas obras de teatro surgen de una idea periférica, de un apéndice biográfico en la vida de un personaje con impronta. En el caso que nos ocupa de la obra «Reina Juana», nos encontramos con un texto que sabe qué narrativa elegir contar de entre todas las posibles de una figura histórica como Juana I de Castilla, tildada «La loca». Figura, por otro lado, de la que se han contado muchas cosas y no siempre precisas y ajustadas. Elegir, pues, la narrativa que será el foco de atención es siempre un ejercicio trascendente. Ernesto Caballero ha decidido partir de la idea de esa reina Juana que se negaba a la confesión y situarnos, in media res, ante una mujer que ha claudicado, tras tantos años, y se ha resuelto a realizar el ejercicio confesional. Y, sí, la confesión se convierte aquí en una potente herramienta para dar testimonio de una vida; para dar testimonio de cómo esa mujer, esa madre, esa reina, llegó hasta la celda del Real Monasterio de Santa Clara, en Tordesillas, donde se encuentra encarcelada.

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Para contar esa historia tenemos varios aspectos destacables que la hacen más briosa, más amena, indudablemente atractiva. Por un lado, la escenografía de Alejandro Andújar y Gerardo Vera, la sublime iluminación de Juanjo Llorens o el diseño de sonido y la videoescena de Raúl Bustillo y Álvaro Luna, respectivamente. Estamos ante una escenografía sencilla, limpia, que armoniza todo el conjunto y empodera el relato y eso conviene elogiarlo.

Por otro lado, la presencia imponderable de una mujer talentosa, con una perfecta voz para el teatro, con ademanes de dama que sabe ser sucia, rencorosa, volátil, comedida. Con una hybris y una frónesis  que parecen haberle concedido los dioses a partes iguales a esta actriz, a punto de cumplir los setenta y siete años, que es Concha Velasco. La obra es Concha Velasco. Lo es por su presencia, que se apodera del texto y de la escena. La mirada de espectador se torna fascinada ante la interpretación de la actriz que hace verosímil el papel de la reina Juana sobre todo cuando despliega su ternura en el rol de una madre castigada a la que le han arrebatado a sus hijos o cuando habla de su —supuesta— locura con una lucidez abrumadora. Entrega admirable en este personaje que se funde con la persona. Concha Velasco está de Premio Nacional. (Aunque podría y debería aspirar a más premios con este personaje).

Celebramos la elección de Concha Velasco para este papel que, sin duda, parece una empresa compleja por la marcadísima imagen que se ha creado en torno a la Reina  Juana.

Primero, la imagen de una mujer loca. Juana, «la loca» es el sambenito que le ha otorgado la historia aun cuando no sea del todo riguroso. Pensemos en una mujer enfrentada a las luchas de poder entre dos hombres: su padre, Fernando, «el Católico» (léase también este mote de poder concedido a la figura masculina) y su marido, Felipe «el hermoso», (poco más que decir).

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Esa idea de la mujer asociada a la locura es la imagen de una sociedad en la que los hombres no podían entender el poder en manos del sexo contrario. Los historiadores dicen que sus propios hijos creían que su madre estaba endemoniada. La vieja historia de la estratagema de desdibujar la imagen de una mujer por ser mujer y por apartarse de las ortodoxias porque, sí, la reina Juana, además de mujer, era contestataria, a su modo. No casaba con la época: una época ciertamente oscura donde campaba a sus anchas la Inquisición. Todo aquel o aquella que no orase, no rezase, no se confesas ni asistiese a misa o  no fuese temeroso o temerosa de dios, sería hereje. Por eso, Juana, que dio la espalda a la iglesia, encajaba en el papel de loca. Y además era mujer. Todo en orden.

Otra de esas imágenes poderosas, absolutamente enraizadas con la idea de Juana, es la de que fue una mujer atrapada en el deseo infinito hacia un esposo que no le fue precisamente devoto. Quizás una idea, cuando se leen las averiguaciones de estudiosos sobre el tema, las más recientes, que no se ajustan del todo a la realidad. Esa es la imagen que se tiene de Juana. La imagen que ha sido tan incontestablemente perpetuada por el cine, la literatura, el arte: la mujer que sale en procesión con el féretro de su querido Felipe por las tierras de España, maravillosamente recogido en la pintura «Doña Juana la loca» de Francisco Pradilla (1877). Sin duda Juana pudo perder el equilibrio, enajenarse pero el lenguaje es tramposo y la locura no se engendra de adentro hacia afuera sino mayoritariamente de fuera hacia adentro. Juana no se volvió loca. La volvieron loca, lo cual es harina de otro costal.

Ernesto Caballero compone, en «Reina Juana»,  a una mujer diferente.  Su monólogo es testimonio de la biografía de la reina de  Castilla, sí, pero también es clemente muestra de una Juana más humanizada, de una Juana capaz de enfrentarse al poder aunque solo fuese desde la libertad de su mente, desde la libertad de su emancipación dentro de una celda en un convento.

La Juana de Ernesto Caballero es una mujer sufrida y sufriente, encarnada con maestría por Concha Velasco; el retrato de una mujer con la que mal jugaron dos hombres que rivalizaban por conquistar un poder, el del trono, que no iban a dejar que cayese en manos de una «loca». Juana era solo un peón en la partida de ajedrez, nunca fue una reina.  No obstante, cabría preguntarse si el loco no era un padre que despreciaba a una hija y que fue capaz de encerrarla durante años con tal de que no pudiese acceder al poder; si el loco no sería un esposo o una madre que miraron para otro lado permitiendo que Juana fuese apartada de sus hijos o que se le arrebatase el albedrío. O si «la loca» no sería más bien una sociedad como aquella, la del S.XVI, que perseguía a los no creyentes, a los judíos, a los moros, etc, aquella España del Santo Oficio; solo hay que ver algunos grabados de Goya para entender el oscurantismo de inquisidores como Cisneros y el poder omnímodo de la religión, por encima de la política.

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Ya lo decía Eurípides: «Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco». Y los dioses, que en esta historia eran bastante terrenales, fue lo primero lo hicieron con Juana: archiduquesa de Austria, duquesa de Borgoña y Brabante y condesa de Flandes, reina propietaria de Castilla y de León, de Galicia, de Granada, de Sevilla, de Murcia y Jaén, de Gibraltar, de las islas Canarias y de las Indias Occidentales; señora de Vizcaya; reina de Aragón, de Navarra, de Nápoles y Sicilia, y condesa de Barcelona.

Con todo este poderío, siendo mujer, ¿no podía haberle dejado en herencia la historia otro apelativo que «la loca»? Creemos que sí, podría.  Lo único que sabemos, con total convicción, es que el director no podría ser otro que Gerardo Vera y que la «Reina Juana» escrita por Ernesto Caballero, no podría ser interpretada por otra actriz que  la espléndida Concha Velasco.

REINA JUANA

Dirección Gerardo Vera
Autor Ernesto Caballero

Intérprete: Concha Velasco
Escenografía Alejandro Andújar  y Gerardo Vera
Iluminación Juanjo Llorens
Vestuario  Alejandro Andújar
Videoescena Álvaro Luna
Diseño de sonido Raúl Bustillo
Fotografía Sergio Parra
Ayte. de dirección José Luis Collado
Ayte. de escenografía Laura Ordás Amor
Construcción escenografía Mambo & Sfumato
Realización vestuario María calderón y Ángel Domingo

Regiduría Fran Martí
Sastrería Rosa Castellano
Electricidad Mario Díaz
Maquinaria Marcos Carazo
Sonido Jonay Ferreiro
Producción ejecutiva Alberto Closas
Promotor Juanjo Seoane

PUNTUACIÓN: 4 CABALLOS

Reseña de @EfeJotaSuarez

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