UNA HABITACIÓN PROPIA. No hay cerrojos para la libertad.

En 1929, Virginia Woolf publica su ensayo «Una habitación propia».  En este libro, una obra breve, la escritora aborda el tema de la mujer y la literatura. Ella misma aclara en el libro que no se trata de una obra erudita, ni de una obra científica. Ella misma dice que solo son «sus opiniones» al respecto de si existe la literatura de mujeres. Eso sí, se trata de a opinión de una intelectual y de una mujer que ha dejado una impronta indeleble en la literatura universal. Y hablando de mujeres, han sido dos mujeres             —María Ruiz y Clara Sanchis— quienes se han atrevido a adaptar este ensayo de Virginia Woolf al monólogo teatral, poniéndole, como no podía ser de otro modo, el mismo título: «Una habitación propia» que se vuelve a reponer en el Teatro Español desde el 11 de octubre al 29 de octubre.

Hay mucha valentía en esta adaptación teatral porque el texto de Virginia Woolf es un inconfundible ejercicio de estilo que pareciera encajar mejor en una lectura que como forma teatralizada y, no obstante, la adaptación del ensayo a cargo de María Ruiz logra sintetizar de manera muy equilibrada su esencia. Primer aplauso pues por esta razón.

En la obra, Virginia Woolf emplea el trasunto de un alter ego para otorgarle a su relato una distancia con su propia voz, en primera persona, y emplea a otro personaje que no es Virginia Woolf sino Mary Beton. Todo por ganar universalización y conseguir alejar a la narradora de la autora —algo que hizo mucho antes Rosalía de Castro en su «Breve carta a Eduarda», en la que también usaba a otra mujer de ficción para dar voz a Rosalía y plantear temas similares a los de Virginia Woolf: los prejuicios sociales a los que se tenían que enfrentar las escritoras—.

En la adaptación a la escena, el papel de Woolf/Beton lo interpreta la actriz Clara Sanchis que posee un físico y una gestualidad que, sí, evoca intuitivamente a las mujeres de círculo de Bloomsbury: podría hacer de Katherine Mansfield y sería igualmente verosímil.  Es Clara Sanchis la que se ocupa, durante más de una hora, de convertirse en la escritora que da una conferencia a unas jóvenes estudiantes y, la que se ocupa de desgranar, con gran astucia, el alambicado monólogo que es «Una habitación propia».

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Tiene muchas cosas buenas esta adaptación. Además de su fidelidad al texto y haber sabido filtrar sus tesis principales, la pieza se convierte en un alegato necesario sobre las desigualdades del binomio hombre/mujer. Segundo aplauso.

¿Qué le hace falta a una mujer para poder ser escritora? Según Virginia Woolf: 500 libras al año—en su época, obviamente— y una habitación propia. Aquí se nos habla de la emancipación de la mujer. No de la creatividad o del talento. Eso no va por géneros. Es bastante más posible que haya mujeres más talentosas y creativas que los hombres pero no más mujeres emancipadas y autónomas que estos. La realidad que se expone es flagrante pese a pertenecer a un texto escrito en 1929, lo cual no deja de ser preocupante testimonio de la discriminación o desigualdad que aún campa a sus anchas.

Mary Beton —alter ego de Virginia Woolf—, en la escena interpretada por Clara Sanchis, nos relata, en su monólogo, las diferencias que ella presencia en su época. Nos lleva por un lugar llamado Oxbridge en un juego de palabras que, claramente, alude a Oxford y Cambridge: lugares paradigmáticos de la formación universitaria de élites. Lugares que a principios del siglo XX estaban casi vedados a las mujeres: no solo para la formación académica sino en cosas como el poder entrar en la biblioteca, o pisar el césped del jardín. Por suerte, las mujeres podían entrar en el comedor, eso sí, con previa autorización.

Arduo parece el camino andado hasta la fecha para la mitad de la población mundial. Algo que debiera avergonzar a la otra mitad.

En esa lista de espacios prohibidos o vedados para las mujeres aún quedan muchos en pleno siglo XXI, como si el devenir del tiempo no pudiese cambiar algunos significados. Las mujeres no pueden poner un pie en el Monte Omine, en Japón, ni en el Monte Athos, en Grecia. Ni en algunas playas de las islas Comores, o en estadios de fútbol en Irán o Arabia Saudí, ni en el mismísimo salón del cónclave papal en la ciudad del Vaticano. Quizás solo sean reductos de machismo, anacronismos, espacios que no han sabido adaptarse a los cambios. No obstante, los espacios nunca tienen la culpa de nada porque en realidad son creaciones humanas. Y, sí, a los únicos a quien se le puede pedir explicaciones son a quienes dictan las leyes dogmáticas y misóginas. A esa sarta de intelectuales, políticos, poderosos, que han existido antes, que existen todavía y que han sentido o sienten rabia, ira, hacia el sexo femenino.  ¿Cómo es posible que sientan rabia siendo ellos los privilegiados? ¿De dónde proviene esa hostilidad hacia la mujer?, se pregunta Virginia Woolf en «Una habitación propia». La respuesta parece compleja.

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Dentro del torrente, del fluir, de la manera de escribir de Virginia Woolf, que decía de sí misma que su cerebro era «una máquina que solo podía funcionar diez minutos seguidos», nos quedamos con una de las alegorías o parábolas más oportunas de «Una habitación propia» por cuanto tiene de hermosa, de ajustada, de meditada y más exquisita todavía encarnada en la actriz Clara Sanchis, a la que sólo le afeamos que en algunos momentos opte por cierta sobre teatralidad en sus evocaciones: la actriz emociona cuando nos habla de una hermana imaginaria que pudo haber tenido Shakespeare, a la que llama Judith. Una hermana con las mismas capacidades que el autor inglés, con el mismo talento y la misma creatividad pero que, por su condición de mujer, terminó arrinconada en el olvido.

Clara Sanchis sabe ser precisa en este instante del texto, inyectarnos anhelo e ilusión cuando se refiere a Judith; cuando, tomando las palabras de Virginia Woolf, nos dice, le dice al público en su alocución final, que Judith no murió, que Judith está viva porque vive en cada mujer. En las que están entre el público y también en las que se han quedado en sus casas acostando a sus hijos/as o lavando los platos. Ese final tan bien hilvanado que no puede dejar de aportar otra de esas grandes frases de Woolf que son ya universales y que valen para poner el punto de clímax a la adaptación teatral de su ensayo. Escuchamos la frase en boca de Clara Sanchis y se nos antoja más pertinente y genuina que nunca en su emoción concentrada en esos largos dedos, en sus manos, en sus ojos cristalinos y sabemos que está a punto de «clavar una bandera en lo alto de un mástil en medio de un vendaval enfurecido», a punto de pronunciar aquello que es tan sublime y tan verdadero: «no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente». Y sí, llega de este modo, el merecido aplauso final.

 

UNA HABITACIÓN PROPIA

 

Autora: Virginia Woolf

Adaptación a la escena y dirección: María Ruiz

Intérprete: Clara Sanchis
Música: Clara Sanchis a partir de J. S. Bach
Diseño de vestuario: Helena Sanchis
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Fotografía: Isabel de Ocampo y Diego Ruiz
Diseño gráfico: Diego Ruiz
Distribución: Salbi Senante
Producción: Clara Sanchis
Ayudante de producción: Elena Manzanares

Con la colaboración de Seix Barral y Nuevo Teatro Fronterizo

PUNTUACIÓN: 3 caballos.

Reseña de @EfeJotaSuarez

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