GROSS INDECENCY. Los tres juicios a Oscar Wilde

En  el año 1960 Ken Hughes dirigía la película «Los juicios de Oscar Wilde» basada en el libro de «The stringed lute» de Jhon Furnell y en la biografía del escritor tomada del libro de Montgomery Hyde.

Más recientemente, en el año 2000, el nieto de Oscar Wilde, Merlline Holland,  localiza la versión que su abuelo dejó escrita de los juicios a los que se enfrentó entre el año 1894 y el año 1900. En esa versión, el propio Wilde hace una descripción de lo que esos juicios supusieron para él, devastadores. En ese manuscrito localizado por el nieto de Oscar Wilde aparecen hasta un total de 85 mil palabras; un relato hecho por su abuelo que serviría para llevar a escena una obra de teatro en Londres en el St James Theather. La originalidad de la propuesta Londinense era que por primera vez podían escucharse en escena las palabras que el propio Wilde había dejado escritas sobre aquellos juicios a los que fue sometido y contar así la historia con una fidelidad mayor que la de quienes habían trascrito las actas de los juicios —por lo general, periodistas—.

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Esta es la premisa sobre la que se asienta la obra «Gross Indecency» (Indecencia grave) que puede verse desde el 14 de septiembre al 8 de octubre en la sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez.

La obra que dirige Gabriel Olivares es un texto del autor Venezolano Moisés Kaufman, residente en estados unidos desde el año 87.  En una entrevista, Kaufman se describe a sí mismo como «Venezolano, Gay, judío y Neoyorkino», queriendo tratar de explicar que siempre habrá algo de eso en sus obras. Cuando comenzó a escribir sobre Wilde, lo hizo porque siempre había admirado al escritor irlandés. Kaufman leyó las transcripciones de los juicios a Wilde y sintió que no le estaban enjuiciando solo por ser gay sino por su arte, como artista.

«Gross indecency» nos lleva hasta esa etapa. Año 1895. Oscar Wilde ya había comenzado a tener una reputación de gran escritor. Ya había publicado «El retrato de Dorian Gray» y, en ese mismo año en que comenzaron los juicios, estrenaba en Londres su obra teatral «La importancia de llamarse Ernesto».

Si asistimos al contexto histórico, hemos de recordar que los juicios al escritor se producen en plena época Victoriana: moral a raya, fuerte represión sexual, baja tolerancia al delito, alto nivel de intransigencia y códigos de conducta social muy estrictos. Una época ideal. El libro « El origen de las especies» había sido publicado solamente 35 años antes, el gran libro que cuestionaba la moral y la fe victorianas. En ese contexto victoriano, Oscar Wilde es acusado de sodomía. De haber tenido relaciones con otro hombre y en este caso con el hijo del Marqués de Queensberry, Lord Alfred Douglas al que Wilde, de 37 años, conoce cuando el joven aristócrata contaba solo con 21. El padre del joven, que desaprobaba esa relación de la que cada vez se hablaba más en Londres, decidió dejar una nota en un club que Wilde frecuentaba. El escritor recibió la nota que decía: «Para Oscar Wilde, ostentoso sodomita» y a partir de entonces todo fue de mal en peor. El escritor podría haberse quedado ahí, podría haber dejado pasar la nota, sin más pero su querido amante, que no se llevaba bien con su padre, le insistió para que lo denunciase y fue así como Wilde llegó a meterse en un berenjenal de incalculables dimensiones y resultados que jamás podría haber imaginado.

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En «Gross Imdecency» se nos cuenta cómo de un primer juicio, en el que Wilde era el que acusaba, por calumniarle, al marqués de Queensberry, se pasaría a otros dos en los que se acusaba al autor de grave indecencia tras haber salido a la palestra, en el primer juicio, pruebas de que Oscar Wilde había tenido trato con chantajistas y chaperos en habitaciones de hotel. Ahí estaba pues toda la artillería pesada de la época victoriana para reprimir y condenar al sodomita.

Lo que se nos expone en «Gross indecency», a cargo de un texto exhaustivo y documental, son los alegatos, la pruebas, los cargos, los interrogatorios a los que fue sometido el escritor, así como la poética de su relación apasionada con Alfred y su defensa y su compromiso con el arte, su propio arte, como una trasgresión del límite, como un valiosísimo bien amoral.

«Gross indecency» consigue emocionar por momentos. Sobre todo cuando dibuja las horas finales de un escritor tan ilustre cayendo en picado sobre el vórtice que un reinado hipócrita, una época de mentes cerradas y cortas miras, construyó para la ocasión, para intentar desmoralizar a un autor, desfigurar su obra y su estética. Los juicios, que se llevan buena parte del texto y la extensión de la obra acaban alongándose en exceso y, quizás, podrían ser recortados para no hacer peligrar el ritmo del conjunto.

No obstante, hay que señalar y elogiar el gran trabajo de coreografía y de dirección escénica en esta obra. (Que me recuerda a Broadway. Sin ir más lejos, el texto se estrenaba en Nueva York en el año 2015 en un montaje con un reparto en el que figuraban Michael C. Hall, Larry Kramer o Sally Field).

Si hablamos de ritmo, nos percatamos de que hay, en este montaje de Gabriel Olivares, una mirada atenta a la extensión del texto y una enorme voluntad para conseguir que el ritmo sea atractivo. Y debemos decir que está más que conseguido. El resultado es muy satisfactorio.

Cada transición es un espectáculo en sí mismo, cada movimiento está pensado y bien traído. Los actores y la actriz se mueven como un único organismo dotado de extraordinaria riqueza en escena. No hay un solo pero al conjunto de la propuesta. Encaja muy bien el diseño de vestuario, lo multimedia, la iluminación y en general la música, así como los elementos empleados para generar dinamismo: unas cuantas cajas /armarios móviles que son todo el mobiliario del montaje. Absolutamente versátil.

Me gusta cómo los actores se comportan en escena, como abordan el juego de voces múltiples y la estética que atesora el conjunto.

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Creo, eso sí, que hay momentos más irregulares que tienen que ver no solo con la duración de la obra sino con la presentación de algunas situaciones que conducen el texto hacia lo paródico sin complejos. Podemos preguntarnos por qué es necesario que haya dos actores que se desnuden y testifiquen medio desnudos. Está bien ver cuerpos desnudos, bellos o no, pero siempre que quede justificado. El juego a lo burlesque en algunas escenas a menudo se parece a un deus ex machina forzado y sin mucho sentido. Véase el juego de gags en los que Oscar Wilde finge introducir su bastón en el trasero de un actor. O esa elección musical de Pet shop boys para acompañar algunas escenas de transición y que me recuerda tanto, tanto a la escena final de la película «El cónsul de Sodoma» del director Sigfrid Monleón sobre la vida de Gil de Biedma: niños monos, cuerpos de gym, bailes al ritmo de la música, un escritor en decadencia. Creo que se le hace un flaco favor al activismo o al didactismo al caer en lo hiperbólico, (se puede ser Dionisíaco sin ser hiperbólico). No siempre es necesario ser tan explícito o tan enfático, sobre todo si se pierde de vista la envoltura en sutilezas más propias de lo que sería un dandy como Wilde.

El personaje del escritor está interpretado por Javier Martín, rostro catódico, que aborda aquí un papel que le sienta bien. En escena, resulta una actuación verosímil. Quizás sería interesante que pudiera salir, por momentos, de ese monorail en el que se instala al emplear un tono similar tanto en el juicio como en su intimidad con Alfred o en sus conversaciones con G. Bernard Shaw.

En «Gross indecency» repiten muchos de los actores que ya estuvieron en la obra más reciente en cartelera del director Olivares  ­—«Cuatro corazones con freno y marcha atrás—. No hay queja. Las interpretaciones se ajustan, no chirrían en exceso y ha de reconocerse el esfuerzo actoral en escena: el resultado final es fantástico.

Hay, de nuevo, emblema de la casa: una marca del propio director en la elección de repartos corales, multiplicidad de elementos audiovisuales, y la toma de riesgos. No es un trabajo fácil y debe reconocérsele, además, a Olivares el mérito de haber elegido una obra activista, valiente, didáctica y emocionante sobre un episodio oscuro y detestable de la moralidad de una época, de una sociedad. Por elegir de entre todas las posibles historias que contar, esta historia; de entre todas las verdades, esta verdad, llegue nuestra felicitación a todo el equipo.

Como decía el propio Oscar Wilde: «Quien dice la verdad, tarde o temprano será descubierto».

Gross Indecency

Texto: Moisés Kaufman
Adaptado por Gabriel Olivares David DeGea

Intérpretes:  Javier Martín, David DeGea, Eduard Alejandre, César Camino, Alex Cueva, Guillermo San Juan, David Garcia Palencia, Andrés Acevedo, Asier Iturriaga, Alejandro Pantany, Carmen Flores Sandoval
Dirección: Gabriel Olivares
Ayudante de dirección: Fran Iniesta
Producción: Gaspar Soria
Escenografía y vestuario: Felype de Lima
Iluminación: Carlos Alzueta
Espacio Sonoro: Ricardo Rey
Asesora de movimiento escénico: Diana Bernedo
Aytes. Escenografía y vestuario: Sara RomaPelayo Fernández, Santiago Ferreira, Eduardo Fernández, Candela Ivañez
Fotos y Video: Nacho Peña
Redes sociales: Fran Calvo
Distribución: Iñaki Díez

Una producción de TeatroLab Madrid El Reló

Reseña de @EfeJotaSuarez

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