EN LA LEY. No existe la verdad, existen verdades.

Pensemos en un futuro en clave de distopía. Tenemos la posibilidad de engendrar cualquier posibilidad que se nos ocurra. La clave está en pensar en la deriva que tomará la humanidad en cincuenta o cien años. Seríamos muchos los que apostaríamos por un futuro distópico a la manera de Aldous Huxley: un mundo en el que las personas acaben sacrificando voluntariamente sus derechos, pierdan el interés por la información y por la verdad y se entreguen a la obsesión por el placer. Placer obtenido fundamentalmente de la tecnología y los avances en ese ámbito. Esta es sólo una posibilidad. Una en la que la naturaleza ha sido vencida por el hombre y la mecánica y la técnica se han adueñado de todo. No es este el caso del contexto distópico que se ha imaginado Sergio Martínez Vila, autor de «En la ley», que se puede ver en la sala Cuarta Pared (a propósito, sala que considero maravillosamente versátil y acogedora).

En el futuro que el autor se imagina, es la naturaleza la que ha doblegado al hombre. La que le obliga a dormir en torno a una fogata cada noche para ahuyentar alimañas. La que le obliga a vestir con harapos, a fabricar armas, a tener sexo para reproducirse antes que para recrearse o a elaborar un código de comportamiento en base a una ley férrea que hay que cumplir porque es el único asidero, la única certidumbre que, quizás, le queda para no transformarse en bestia.

En el escenario de la sala Cuarta Pared se recrea un espacio vital irrespirable, enrarecido. Algunas personas se refugian en un claro de un bosque, lejos de cualquier ciudad, lejos de cualquier rastro de tecnología o de humanidad civilizada. Lo que les rodea, está fuera del territorio de la ley. Y lo que no está en la ley, debe ser evitado. Nos imaginamos un bosque  profundo al que no conviene adentrarse pues lo más seguro es quedarse junto a la hoguera. Sergio Martinez Vila nos situa frente a un panorama que se nos hace muy familiar, particularmente cinematográfico.

El imaginario podría pasar por «Mad Max», «La carretera», «El bosque» de Shyamalan o la reciente «Llega de noche» (me recuerda, sobre todas, a esta última). También hay algo Tarkovskiano en este texto de Martinez Vila. En particular en su atmósfera y en esa ley que los personajes cumplen, a rajatabla, abrazándose a la racionalidad como única utopía —igual que en «Stalker» de Tarkovski se piensa en La Zona como en ese lugar utópico dentro de un paisaje deshumanizado, desalentador—.

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En este beber de los códigos cinematográficos hay siempre una serie de denominadores comunes que han de convocarse: una cuarentena más o menos explícita. Algo que huela a extinción de la especie. Unas reglas marcadas que deben ser seguidas, al milímetro, para no emplazar al caos o la catástrofe. Hay siempre algo ausente pero implícito y mucho de incógnito, de tensión en el aire, por aquello de que en cualquier momento puede aparecer lo que sea, o quien sea, salido de la oscuridad.

En el caso de «En la ley», el autor opta por partir de una situación in media res. No sabemos qué ha ocurrido antes ni acabamos sabiendo muy bien qué ocurrirá después. Todo comienza con una muchacha cortando leña o una mujer avivando un fuego y desde esas coordenadas comenzamos a descubrir, poco a poco, lo subrepticio, lo oculto. Pudiera pensarse que estamos pues ante una obra con suspense, misterio. Sí, en cierto modo. No obstante, «En la ley» se revela como un drama en toda su esencia.

Un drama sobre la maternidad, sobre el sometimiento femenino. Un drama sobre los fanatismos. Un drama sobre la conversión del hombre en su peor enemigo y juez y guarda de la condicional cuando vive con miedo, cuando se dogmatizan los afectos.

Aquí las mujeres llevan el peso de la función, como en la vida. Los dos hombres que aparecen se retratan como los roles de quienes someten. Como los roles de quienes lo tienen más fácil para sobrevivir. Las mujeres son las que han domesticado el hambre y las que han domesticado sus urgencias. Si hay que follar se folla pero solo para traer bebés a ese mundo distópico quizás con la esperanza de que sean ellos quienes lo arreglen.

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La ley es una obra que aumenta su atractivo, más allá del texto, en buena medida gracias a unos actores y actrices que están magníficos. Destacan, para servidor, una Carmen Mayordomo comedida, equilibradísima. Con un comportamiento en escena absolutamente verosímil, da el tipo de una superviviente en un lugar devastado. Da el tipo de una mujer que ha cogido las riendas de una comunidad al borde del colapso, del miedo, de la culpa. Destaca igualmente, por su rareza y su exotismo, en un papel que parece un guante para él, el actor colombiano Fabián Augusto Gómez Bohórquez que hace aquí de una suerte de gato de Chesire tocapelotas; una especie de Ello freudiano o conciencia sin pundonor que llega de fuera de la ley a desenmascarar la hipocresía de una comunidad que cree que hay una única verdad. Un personaje que parece salido de un cuadro del El Bosco.

Solo me parece que a la obra le falta un punto de desambiguación, de menor coqueteo con el desconcierto —pese a que este es también su punto fuerte—.

Se deja mucho a la intuición del espectador; quizás esta falta de explicitación sea deliberada pero la obra podría mejorar clarificando algunos elementos como el porqué de la relación incestuosa madre hijo, el saber mejor cómo se ha llegado hasta la situación en la que están los personajes (por qué no hay electricidad, por qué no pueden vivir en una ciudad en lugar de un claro de un bosque más allá de que sea romántico o aporte mayor estética al conjunto). Sabemos, intuimos a veces, que fuera de la ley parece que los hombres se comen unos a otros, la transgresión es norma de conducta, la aberración campa a sus anchas. Dentro de la ley uno sabe a qué atenerse. A qué responder.

Quizá sea este el punto de metáfora que más se pueda palpar en la obra: no hay moral si no estás en la ley. No hay salvación si no estás dentro de la ley. No hay más verdad que la de la ley y basta con que se cumplan sus reglas. Pero el ser humano, ay, es un lobo para el hombre. El ser humano necesita la pasión, necesita la emoción por encima de la racionalidad. El ser humano necesita decir te quiero para correrse. El ser humano sin imaginación no es nada. Al final, los que se aferran a la ley viven en un purgatorio muy parecido a los que pasan olímpicamente de ella. Pensemos en por qué este aferrarse a una ley dogmática o sólida en un mundo en descomposición. Por qué no rematar la existencia de cualquier otra manera.

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Hay en esta obra un mensaje que juega a futuro, al largo plazo. Una utopía encerrada bajo el caparazón de la caracola distópica. El mensaje final podría ser algo así como aquello que decía Emile Ciorán: «Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino». Solo cuando los personajes de «En la ley» escapen a esa obligación auto impuesta, los días podrán volver a ser saboreados. Solo cuando comprendan que no existe la verdad sino que existen verdades, solo entonces, la utopía saldrá de su caracola y, sí, en la noche aún oscura, los pájaros volverán a cantar.

EN LA LEY

Autor: Sergio Martínez Vila

Director: Juan Ollero

Intérpretes: Carmen Mayordomo, Ángela Boix, Begoña Caparrós, Carlos Troya, Fabián Augusto Gómez Bohórquez
Espacio escénico: David Orrico
Vestuario: David Orrico y Sara Bacigalupe
Aytes espacio escénico: Sara Bacigalupe e Isis de Coura
Espacio sonoro: Nerval (David Orrico y Tagore González)
Iluminación: Mari Luz de la Fuente
Regidor: Martín Vallhonrat
Fotografía: Irène Zóttola

Una producción de EL QUICIO DEL ALFEIZAR SL
Colabora Sala Teatro Cuarta Pared

PUNTUACION: 3 caballos.

Reseña de @EfeJotaSuarez

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