PEDRO Y EL CAPITÁN de Mario Benedetti. Solo la compasión nos salvará.

Cuando Mario Benedetti publicó en el 1979 Pedro y el Capitán, era consciente de que sería de las pocas obras de dramaturgia que iban a formar parte de su producción literaria y así se lo confesaba en una entrevista a Rufinelli en el año 1974 reconociendo lo difícil que era para él escribir teatro con más de dos personajes.

Pedro y el Capitán se puede ver en los Teatros Luchana hasta el 23 de Junio de 2017 en una producción de El Hangar dirigida por Blanca Vega y Tomás P. Sznaiderman e interpretada por Antonio Aguilar y José Emilio Vera.

La obra ha estado rodando por carteleras y salas teatrales desde hace meses, y este es un dato a tener en cuenta en este mundo de tiempos líquidos donde las cosas parecen estar programadas para la obsolescencia. El mérito debe estar detrás del nombre de Benedetti así como detrás de una historia certera, inequívoca, y con la que nos podemos identificar o sintonizar.

Pedro y el Capitán alcanza una dimensión universal al erigirse sobre el asunto de la tortura, de la deshumanización. Más allá de los extremos representados en las ideologías de izquierdas y derechas, más allá de los localismos que nos llevan a pensar quizás en el régimen militar Argentino, la historia transita por caminos más anchos y genéricos al hacernos la pregunta de por qué el hombre ejerce la violencia sobre el hombre.

El conflicto dramático prorrumpe cuando, en un momento de la obra, se rompe el tempo lineal y asistimos a una elipsis temporal, una grieta en el tiempo de la narración de los hechos en la que tanto Pedro como el Capitán se desvelan y proclaman una intimidad que hasta entonces había corrido subterránea.

A medida que la degradación física de Pedro se hace más palpable sobre la escena es curioso sentir que sus fuerzas psicológicas se apuntalan en lugar de resquebrajarse ocurriendo este proceso en su torturador que comienza a mostrar una parte más compasiva.

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El autor permite que el texto respire creando ciertas rendijas de humor o ironía en los diálogos en determinados momentos aunque se nos presenten muy sutilmente y esto resulta necesario pues al contrario la obra se volvería bretchiana y moralizadora.

Todo en escena es sencillo, sin aspavientos efectistas, el texto no lo pide. Dos personajes en un combate dialéctico y desigual, de entrada, que acabará  por reubicar las posiciones de salida. Un atrezzo igualmente neutral: una mesa, un teléfono y un par de sillas.

La luz es otro de los protagonistas de la acción: una luz tenue, justa, propensa a los claros oscuros, ayudando a crear una atmósfera de despersonalización e incluso en algún momento la luz es irónica pues aparece y desaparece —casi como una intervención de algún demiurgo—. Quizás también uno pueda pensar en esto al ver la obra: ¿Dónde está ese demiurgo en medio de una humanidad tan árida?

Al ver la obra uno no siente que esté ante dos seres tan alejados; es decir, uno no ve a un monstruo en el Capitán y a un Santo en el torturado. Esta manera de retratar a los personajes sin marcas o señales indelebles es otro de los méritos de la pieza. Y en escena, ambos actores saben transmitirlo.

La tensión dramática se hace palpable sobre todo en la figura del Capitán, que habrá de pasar por una sucesión de diálogos internos, toda una suerte de arrepentimientos que notamos cómo van y vienen en oleajes que sólo puede el actor puede construir desde dentro.

Pedro, el torturado, es ese personaje que intenta derrotar al poderoso, a ese poder que es voraz, omnipotente; Pedro es el emblema de un rara avis que  no juega a ser héroe sino  que acepta el martirio conscientemente, el que pone sus ideales por delante de su identidad pues seguramente piensa que la identidad son los ideales que uno ha conseguido mantener en pie.

La pregunta debería ser si se puede derrotar al poder omnímodo tan solo con la palabra y con las convicciones. La muerte y el sufrimiento devienen en esta obra en la estratagema serena para un sabotaje al poderoso. La muerte es lo único que no puede sernos arrebatado, esa idea enteramente Foucaltiana de que el poderoso solo tiene poder sobre la vida. «La tentación se acaba cuando uno sabe que está muerto», dice Benedetti.

Descubrimos el juego con el lenguaje, con los nombres, con las identidades y vemos como la palabra es capaz de romper sortilegios (el pronunciar el nombre de quien amamos, el crear distancia tratando al otro de usted en lugar de tutearle).

Pedro y el Capitán logra el clímax tras exponer el conflicto y todo obedece, amén del texto, a la fuerza de las interpretaciones de los dos actores en escena. Esta obra de Benedetti es una clara muestra de lo terrible que puede ser el poder cuando se afana en sus cuarentenas, en lo miserabe. O lo que aún es peor, sí, su reverso, mostrarnos lo terrible y desolador que podría ser todo si la humanidad optase por encogerse de hombros.

 

Pedro y el Capitán

Dramaturgia: Mario Benedetti
Dirección: Blanca Vega y Tomás P. Sznaiderman
Reparto: Antonio Aguilar / José Emilio Vera

Producción: El Hangar

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Reseña de @EfeJota Suarez

 

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