HEREDEROS DEL OCASO, de Chiqui Carabante: cuando el fin justifica los medios.

 

Hace unos meses pude ver en la Sala Mirador de Madrid la obra Herederos del ocaso, propuesta de la compañía Club Caníbal que volvía a cartelera tras un exitoso paso por otras salas en meses anteriores.

En la obra se relata un hecho real, mutatis mutandis, tamizado por la dramaturgia de Chiqui Carabante: en el año 2000 la Real Federación Española de Deportes para discapacitados intelectuales se presenta a los juegos paralímpicos de Sidney con un plantel de jugadores que se alza con la medalla de oro. Poco después se descubriría que de los doce jugadores solo dos de ellos eran discapacitados.

He ahí el sustrato de este Herederos del ocaso, segunda pieza de una trilogía llamada Crónicas Ibéricas que la compañía —formada por Vito Sanz, Font García, Juan Vinuesa y Chiqui Carabante— había inaugurado en su día con la obra Desde aquí veo sucia la plaza y que concluirá, de acuerdo con su planes, con la obra Algún día todo esto será tuyo.

El fraude de la selección de baloncesto en las paraolimpiadas del año 2000, se reemplaza aquí por una supuesta selección de tenis de mesa y por un jugador, padre de familia, que viajará a Australia siendo consciente de que se hará pasar por discapacitado sin serlo en sensu estricto.

Desde el primer momento de la obra olemos la parodia, el exabrupto de realidad ante el que nos vamos a situar. La obra nace con voluntad de boutade, de ejercicio tan reflexionado como desacomplejadamente hiperbólico y, hay que decirlo, funciona. Los tres actores logran traer la carcajada con facilidad al transitar por ese terreno tan difícil que es la comedia autoconsciente. Herederos del ocaso podría lindar casi con lo Torrentiano  —a lo Santiago Segura— pero tiene el arte de birlibirloque que la hace caer más del lado de lo Berlanguiano y ese es su gran mérito.

Solo hay que fijarse en algunas de las escenas de la obra de Carabante que parecen salidas de La escopeta Nacional y en el personaje de Juan Vinuesa que bien podría haber interpretado un José Sazatornil o el personaje del hijo bastardo del rey que podría encajar en un Luis Escobar (aunque también podríamos ver muchos guiños a lo Muchachada Nui). La virtud de Herederos del Ocaso es su desprejuiciada visión cañí, de esta España nuestra, así como su acertadísima jugada  a partir de una premisa local hasta conseguir elevar el ejercicio a universal. (Aún no me explico cómo algún productor con lucidez no ha intentado llevar esta obra al cine).

En esta parodia observamos cómo el personaje que decide hacerse pasar por discapacitado asume con entereza el golpe: su existencia futura está lejos de ser halagüeña al tener que volver a un entorno social en el que la etiqueta de perdedor acabará pesando más que la piedra de Sísifo. Con todo, más allá de la ecuación individual de cada uno de los personajes, la historia nos pone frente a un gigantesco espejo deformante en forma de acerada y cáustica crítica social. Nos reconocemos a nosotros mismos, como sociedad, en lo que estamos viendo retratado. Eso es lo que somos, en muchos sentidos, cuando desesperadamente tratamos de alcanzar la cima de la ambición, aquella que para trepar adopta la misma forma que para arrastrarse. Estamos frente a una sociedad desatenta a las consecuencias de sus actos.

De igual modo, el personaje del falso discapacitado tiene más dobleces que las de un simple ambicioso pues hay en su afán por lograr el reconocimiento una voluntad con más hondura: hacerse con el cariño y el afecto de su mujer y de su hijo, de su familia. Aquí es donde Chiqui Carabante logra trascender la anécdota inicial y dotar a la obra de una complejidad mayor al tejer un discurso en torno a la fama, el éxito, el reconocimiento, las corruptelas, la ética o la mismísima necesidad de afecto. Todo espléndidamente envuelto en este artefacto cómico muy bien ejecutado.

herederos del ocaso2

Por suerte, o por desgracia, España se coló con este fraude —de la selección paraolímpica de baloncesto en Sydney 2000— en el top ten de trampas en el deporte más allá del dopaje situándose al mismo nivel de otros grandes fraudes como el de Rosie Ruiz atleta que ganó la maratón de Boston en 1980 al completar la prueba en 2 horas y 31 minutos­ —25 minutos menos que lo que le costó completar el de Nueva York­­— levantando así todas las sospechas y descubriéndose al final que la mujer había tomado el metro en ambas maratones para llegar a la meta o el caso de Dora Ratjen que participó en las olimpiadas de Berlín del año 36 y luego en Viena en el 38 logrando el record del mundo en salto de longitud hasta que se supo que Dora no era Dora sino un hombre llamado Herman, confesando así que se había hecho pasar por mujer.

Herederos del ocaso es una obra estupenda, un revulsivo hilarante y grotesco, un teatro que deja muy buen sabor de boca, capaz de acercarse a la anécdota y levantar, desde esta, una semblanza oportuna, que no oportunista, de un pueblo, de una sociedad como la española, capaz de sonrojarnos y abochornarnos al mismo tiempo. Una obra atemporal cuya ingeniería parece resuelta para estar de actualidad pasen los meses que pasen pues su sustrato es el de cómo nos corrompemos como sociedad con aquello de que el fin justifica los medios.

**Nota: Aunque la Fiscalía pedía dos años de prisión para los dieciocho acusados, tras un acuerdo entre las partes, en 2013 —nada más y nada menos que 13 años después— la sentencia, en el caso del fraude en las paraolimpiadas, fue la siguiente: Por el delito de continuado de falsedad en documento oficial se impuso una multa de diez euros al día durante doce meses y por el delito de estafa se condenó a la misma multa durante seis meses solo al presidente de la Federación que devolvió el dinero de las subvenciones. El periodista infiltrado que viajó a Sydney  2000, declaró que sabía que los acusados ya lo habían hecho antes nada menos que en el 1998 en el mundial de Brasil y en el Eurobasket de 1999.

Herederos del ocaso

Dramaturgia y dirección: Chiqui Carabante

Intérpretes: Font García, Juan Vinuesa, Vito Sanz

Espacio escénico: Walter Arias

Vestuario:  Salvador Carabante

Música en directo: Pablo Peña

Diseño de luces: Nerea Castresana

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Reseña de @EfejotaSuarez

 

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