PETITE MORT, de María Velasco y Gon Ramos: Es mi muerte y lloro si quiero.

La mayor parte de las cosas en este mundo son solo puntos imaginarios. El dolor, el cuerpo, el deseo, la culpa, la verdad, todos ellos fragmentos de una imaginación colectiva. La muerte podría ser otro de esos puntos imaginarios e imaginados por cada uno de nosotros y, además, uno de esos lugares a los que cuesta acercarse, ese espacio sociófugo que invita a irse.

La idea central de Petite Mort, dramaturgia de María Velasco y Gon Ramos dentro del festival Surge Madrid que puede verse hasta finales de mayo en la sala Nave 73, se acerca al tema de la muerte y el suicidio. Temas, ambos, fuente de inagotable pulsión creadora para las artes y, por descontado, para la escritura.

En el escenario, tres personajes vistiendo camisetas con nombres como Prozac, Valium y Lexatin. Tres personajes dispuestos a hacer taxonomías y vertebrar un discurso sobre lo que nos acerca y nos aleja de la muerte en un escenario semidesnudo: apenas un banco y unas cuerdas como elementos escénicos. Mensaje contundente de entrada: lo importante en la obra será la palabra y el discurso. Lo que se diga antes que efectismos y atrezzos.

Petite Mort  se abre camino como una oda a la muerte aunque, en realidad, lo que hay debajo de la alfombra es un desencanto existencial con la vida o, mejor, con los vivos que hacen que vivir sea un ejercicio de sadismo o de masoquismo. Los tres personajes están ahí para crear un clima en el que se pueda hablar y frivolizar con la muerte, para bajarla de ese altar occidentalizado en el que la hemos puesto pues la muerte no es un cáliz que no se pueda tocar y manchar con las manos. Los autores parecen querer transmitirnos que a la muerte se la puede nombrar y penetrar y desmenuzar o desmantelar como un artefacto que no nos explotará en la cara.

Es nuestra muerte y haremos con ella lo que deseemos, como en aquella canción de Lesley Gore que decía: “Es mi fiesta y lloro si quiero”.  Sí. La muerte también puede ser una fiesta, o un festín.

Petite Mort se aleja del drama y acude al banquete de la muerte reclamándola como un derecho, como un acto de dolor o de rebeldía, como un acto casi Foucaltiano antisistema: lo que el poder y los poderosos no nos pueden arrebatar.

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En una sucesión de discursos que tratan de conectarse, con dificultad, y de tomar coherencia, los personajes cantan, enarbolan discursos engolados y pseudo filosóficos y misántropos, muestran sus rebeldías, sus aprensiones y sus salvoconductos; los tres parecen bailar por el costado erróneo —que diría Artaud— y parecen llevar a cuestas el mismo mantra: morir no es peor que vivir. Es más, que se lo digan a Borges, que soñó una mañana que se moría y lo contó en una entrevista a Soler Serrano para la televisión española.

Gon Ramos, Fernando Valdivieso y Fabia Castro dan voz a los textos que pugnan por engarzarse en Petite Mort. Los dos actores y la actriz tratan de hacer llegar al público unos textos alejados de lo canónico, rizomáticos en toda regla. Los tres ponen intención pero el acierto es desigual. Es Fabia Castro la que brilla en esta Petite Mort traspasando con soltura su desaliento vital al espectador. Es esta actriz la que supera el encargo de hacer frente a unos materiales que pagan el peaje de hacerse francamente discursivos y a los que cuesta arrancar un remanente de emoción. La falta de una mayor acción hace que la pieza avance, a veces, desnortada o reiterativa.

Con todo, se le agradece a esta dramaturgia la voluntad de querer despojar a la muerte de las sombras y traerla sin tabúes ante la luz y los taquígrafos. Le falta, quizás, a esta Petite Mort, adentrarse en una historia —por muy alejada de lo aristotélico que desee estar estilísticamente como recurso narrativo— pues las historias, y el seguir contándolas aunque sea de la manera más rupturista, siempre son garantía de maquinaria engrasada. Se le agradece a Petite Mort el ejercicio de retirar la máscara y devolvernos la idea de que la muerte no debe asfixiar cualquier esfuerzo de imaginación. Nos falta más imaginación y menos parálisis cuando nos topamos con la muerte y sus connotaciones.

Aquella entrevista en la que Borges, con ochenta años, le contaba a Soler Serrano que había soñado que se moría, dejó perplejo y bloqueado al entrevistador por una razón: le dijo que ese sueño en el que sentía que se moría le había hecho muy feliz. En ese momento el entrevistador le comentó: Bueno, solo fue un sueño. Y Borges le respondió: no, no, no. Sentí que me moría y que eso era una evasión, que eso era la libertad. La libertad. Y el viejo Borges se le quedó mirando sin decir nada más, esperando que el entrevistador comprendiese. Entonces, Soler Serrano cambió de tema radicalmente. No comprendía. Quizás pensaba que el escritor había perdido el juicio.

Lo único que esto demuestra es que la muerte siempre ha sido —y sigue siendo­­— algo a esquivar. Algo que siempre se ha soslayado. Petite Mort se erige pues como un acto de resistencia por parte de María Velasco y Gon Ramos que han querido traerla a la palestra desde los mismísimos contornos de la indiferencia. Allí donde la muerte no debería habitar.

PETITE MORT

Dramaturgia y dirección: María Velasco y Gon Ramos

Intérpretes: Fernando Valdivieso, Fabia Castro y Gon Ramos

Diseño de luz: Miguel Ángel Ruz

Diseño de proyecciones: David G. Tesouro

Diseño gráfico: Working Class

Asesoramiento de espacio: Marcos Carazo

Colaboración especial: Juan Zamora y Fernando Epelde

Reseña de @EfejotaSuarez

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