SUEÑOS de Quevedo. Los sonetos como resistencia ante la vida.

Los Sueños de Francisco de Quevedo son un conjunto de obras escritas, en diferentes momentos, entre los años 1606 y 1621,  por el autor de El buscón y de versos tan populares como «poderoso caballero es don Dinero».

Tras un alarde de adaptación con buen pulso por parte de José Luis Collado, al director Gerardo Vera le quedaba la tarea de darle forma escénica coherente al conjunto de las cinco piezas que conforman los Sueños. ¿El resultado?: se pudo ver hasta el 7 de mayo en el Teatro de la Comedia y es, sin duda alguna, apabullante. Todo está al servicio del delirio onírico del autor para crear un vibrante fresco de su descenso al infierno en el que conversará con pecadores y penitentes, con vicios que cobran forma humana como la envidia, la avaricia, la hipocresía, el abuso o el engaño.

Parece complejo pasar a escena un conjunto organizado de la poesía en torno a las ensoñaciones de Quevedo con un eje vertebrador o, al menos, con cierto andamiaje aristotélico. Pese a todo, Gerardo Vera y José Luis Collado lo consiguen. Son capaces de armonizar el conjunto y de darle una pátina de crítica social presentándonos a un Quevedo, interpretado por Juan Echanove, cuya semblanza es la de un hombre  en sus últimos días de vida: batallador, crítico con el clero y las jerarquías, con las hipocresías y las vanidades; un Quevedo absolutamente entregado al amor de una mujer, Aminta, trasunto de una suerte de Dulcinea Cervantina.

Hay en estos Sueños un Quevedo arrebatado al que parece que le disgustaba una España monárquica y clerical; un Quevedo que se nos presenta como un adelantado a su tiempo, un hombre valeroso y pertinaz semejante al que también Juan Echanove interpretó en su día para la película Alatriste, de Agustín Díaz Yanes, basada en la obra de Arturo Pérez-Reverte.

Sueños deviene en una oda, un canto al multiverso quevediano. Así, sobre las tablas del Teatro de la comedia, nos esperan unas interpretaciones escandalosamente versátiles, estilizadas, bien dirigidas y de una brillantez en su conjunto que, solo por este hecho, merece la pena no perderse. Juntos, declamando e interpretando sonetos, los actores y actrices de la Compañía Nacional de Teatro Clásico se convierten en eternos. Y la fuerza de la palabra se hace llama e incendia y emociona a cualquiera que se siente a presenciar el espectáculo. La imaginería visual, la impregnación musical y el vestuario resultan igualmente sugerentes.

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Merecido elogio, aparte,  para un particular talento; para un particular rara avis capaz de dejarnos mudos, tensos y de hacernos resonar: la interpretación absolutamente incontestable de Juan Echanove. Su encarnación de la figura icónica de Quevedo es virtuosa y está muy por encima de la media de cualquier intérprete que en estos momentos se suba a alguno de los teatros españoles. Tiene este actor ese don inasible, que pocos y pocas tienen, de llenar la escena sin necesidad de artefactos o Deus ex machina.

El papel le sienta como un guante y, sin duda, estamos ante uno de los actores más inestimables de este país. Decía Quevedo que «nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir» y Juan Echanove cumple, con creces.

La obra concluye, a modo de epílogo, con el relato de la muerte del autor, con su agonía. Un Quevedo que en sus últimos estertores aún tiene la fuerza para decirnos que «mejor vida es morir que vivir muerto».

Hemos sido testigos, durante casi dos horas, de su descenso a los infiernos, de su vida de misántropo, de sus tormentos y sus heridas, su desilusión, su melancolía y, con todo, se sale del teatro con una mueca de enorme agrado y más que convencido de que hemos visto un tour de forcé interpretativo, soberbio: actores y actrices de oficio, capaces, solventes, entregadísimos.

Tanto es así que, al pisar la calle, uno solo querría escuchar a la gente hablando en verso barroco —en el metro, en las marquesinas de los autobuses, en la cercana plaza de Sta. Ana—; solo por poder atesorar algo de ese lenguaje maravillosamente entronizado y envuelto en poesía que posee el cuerpo del teatro clásico. Un teatro más vivo y pujante que muchas obras contemporáneas gracias, desde luego, a la existencia de propuestas como estos Sueños de Quevedo que, seguramente gustarían, permítaseme la boutade,  nada menos que al mismísimo Luis de Góngora y Argote.

Sueños

Autor: Francisco de Quevedo

Adaptación: José Luis Collado

Dirección: Gerardo Vera

Reparto: Juan Echanove, Óscar de la Fuente, Markos Marín, Antonia Paso, Lucía Quintana, Marta Ribera, Chema Ruiz, Ferran Vilajosana, Eugenio Villota, Abel Vitón

Vídeo escena: Álvaro Luna

Montaje musical: Luis Delgado

Movimiento escénico: Eduardo Torroja

Escenografía: Alejandro Andújar y Gerardo Vera

Vestuario: Alejandro Andújar

Iluminación: Juan Gómez-­Cornejo

Coproducción: CNTC /  La llave maestra / Traspasos Kultur

Reseña de @EfejotaSuarez

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