LA ARMONÍA DEL SILENCIO, de Lola Blasco. Cuando Caperucita prendió fuego al bosque de los recuerdos

Silencio. Del latín “silentium”.

Para la RAE es abstención, falta u omisión de algo.

La vida está llena de silencio por mucho que pensemos que cada vez hay más sonidos y más ruidos, ecos. Sí, pensamos: “Joder, qué sobrecargado y barroco es este mundo”. No obstante, Él, el silencio, es más sobrecogedor que una algarada. ¿Por qué? Porque silencio es también dejar de hacer cuando uno debería haber actuado. Una falta de valor. Una falta de decisión. Mirar para otro lado, eso también, claro, es silencio. Eso es devastador.

El día 22 de febrero se presentaba en el Teatro Español, en Madrid, la obra La armonía del silencio de la autora alicantina Lola Blasco. En el patio de butacas un gran número de personas esperaban dispuestas para entrar en el imaginario de esa pieza que solo estaría dos días en cartel (poco tiempo, muy poco, a mi modo de ver por parte de los programadores del Teatro Español).

La obra nos lleva por la historia de una familia española en un viaje de saltos temporales donde dos nietos intentan recuperar el piano de su abuela que, por avatares, durante la Guerra Civil tuvo que ser vendido. Las tramas se intercalan en elipsis temporales que van desde los años de preguerra y Guerra Civil al reciente 2016. Estamos ante una de esas historias de puzle a resolver en el proceso, lo cual resulta muy interesante, pues se trata de una manera de contar que no es lineal. Al fin y al cabo solo hay que leer esa partitura desordenada que escribe Blasco: una manera de contar que se parece a la propia vida. Con todo, recorre la fábula —porque sí, esta es una fábula abierta en canal— la idea de la simetría y del orden de las cosas, aunque este orden opere a niveles surrealistas.

La idea del azar objetivo es puesta de manifiesto en las serendipias que se dan en el relato: nótese por ejemplo la narración acerca del ritmo y la armonía de las esferas celestes (en estas fechas en las que la NASA ha revelado que han hallado siete planetas orbitando alrededor de una enana roja), la música del universo, porque la música está muy presente en el texto y subtexto de la pieza de Blasco.

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Hay en ese orden desordenado de esta obra una estructura que tiene mucho de dramático y de lúdico. Un orden desordenado que solo entiendes al final, como cuando alguien te explica el mecanismo de un aparato para hacer tomografías axiales computerizadas y te habla del choque de protones pero no eres capaz de comprender hasta que tu cuerpo sale escaneado en una imagen en una pantalla.

Aquí, el cuerpo que se nos revela es un cuerpo mutilado, dolorido, acribillado por el mal. El MAL —así, en mayúsculas—, que es peor cuanto más silencioso, cuanto más armonioso. Hay armonía en el mal y Blasco nos lo expone –de forma didáctica– en una de las escenas de la obra en la que las fotos de los represaliados durante la Guerra Civil se parecen tanto y guardan tanta “armonía”, tantas resonancias, con las de los refugiados sirios o afganos dejados a su suerte en esta Europa silenciosa.

Destacan, sin duda, la coreografía de Luis Perdiguero —muy lograda— con una capacidad mesmerizante para evocar imaginarios así como la parte de video-escena a cargo de Álvaro Luna, pues la obra tiene mucho de pieza documental.

En cuanto al trabajo actoral, sobresale un versátil y exultante Luis Bermejo que ataca los soliloquios o los diálogos de un modo absolutamente natural, demostrando su piel de camaleón cuando hace de lobo feroz o cuando su papel le lleva por el esperpento cómico sin caer en la estupidez. Te lo tragas. Transmite. Su presencia es la más destacable a mi modo de ver. Encarna de hecho un personaje corrompido por el silencio de una crianza dogmática y castradora. Una crianza de mano izquierda, dura y sin guante de seda: la semblanza de un varón que cree que las mujeres son errores en la ecuación y que solo los hombres pueden comprender y habitar esta intemperie. Queda en la memoria esa maravillosa metáfora que Lola Blasco nos ofrece sobre las clases sociales y los instrumentos dentro de una orquesta. Quizás se pueda desprender que se está haciendo una crítica —hecha por una mujer— a la misoginia imperante en nuestro entorno, al comprobar que en el 2017 aún muchas cosas quedan por ser removidas. Como si las mujeres fuesen una simple flauta en una orquesta pero aún no pudiesen ser un piano.

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El estilo de Lola Blasco es erudito. Se la ve trenzando un texto preocupado por los matices, por los recovecos, por la explicación y la documentación y, desde luego, repleto de simbología. Quizás esa erudición y un exceso de didactismo en algunos momentos puedan hacer perder la atención sobre la fábula. Porque, sí, este es un cuento, y en este cuento hay calabozos, “Rómulas” y “Remas” destetados reclamando justicia poética, vencedores y vencidos, una España que muchas veces fue silenciada. Sí. En esta historia hay lobos feroces y lobas a las que han obligado a zurcir pantalones, hay memoria —histórica— y moraleja de la amenaza que puede suponer el silencio o la desmemoria; hay una reflexión sobre lo generacional trasladada de manera certera a los dos nietos que en 2016 se debaten entre el ignorar o el hacer recuento de los daños; hay una Caperucita a la que han dejado de importarle las alimañas que puedan asaltarla porque ha encontrado el camino o el camino la ha encontrado a ella y no piensa desviarse ni un jodido milímetro. Hay música, hay gente que mira a los planetas y comprende esa música pero no es capaz de mirarse por dentro. Hay un ave fénix bordada en una chaqueta que no es sino un emblema bordado en una nota final de toda esta partitura que suena, resuena y dice: una cosa es ser silenciadas, otra cosa es ser silenciosas.

La armonía del silencio

Texto y dirección: Lola Blasco.

Reparto: Luis Bermejo, Antonio Lafuente, Ana Mayo, Mélida Molina y David Tenreiro.

Iluminación y escenografía: Luis Perdiguero (A.A.I.).

Video-escena: Álvaro Luna.

Vestuario: Joan Miquel Reig / Fondos CulturArts Teatro y Danza.

Composición musical: Vidal.

Construcción de escenografía: Océano Naranja.

Ayudante de dirección: Irene Coloma.

Ayudante de iluminación y escenografía: Vanesa Hernández.

Ayudante de video-escena: Elvira Ruiz Zurita.

Producción delegada y distribución: Carlota Guivernau.

Producción: Institut Valenciá de Cultura.

 

Crítica teatral de @EfeJota Suárez

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