MISÁNTROPO, de Moliére, O el regreso a las cavernas. Versión de Miguel Del Arco.

La culpa la tiene Platón. Culpemos a Platón. Quién no ha leído el mito de la caverna. Fácil. Su sugerencia —sí, la de Platón— pasaba por romper las cadenas, salir de la caverna y contemplar el mundo. Mirarlo afrontando lo que nos depara. Quizá sea ahí cuando empiezan los problemas, pues iluminamos las zonas oscuras de nuestros congéneres y ¿qué advertimos?: la hipocresía, los dobles vínculos, la farsa y la mascarada. En realidad, ¿no merecería la pena seguir engañados? Sin contar con la lucidez que duele. La lucidez penetrante que nos puede transmutar en misántropos. O llevar a odiar a la humanidad. La lucidez que nos puede hacer querer buscar refugio en el desierto como le ocurre a Alcestes, el protagonista de Misántropo: una revisitación, desde el siglo XXI, de la obra original de Jean Baptiste Poquelin —a.k.a. Molière— alcanzada con apabullante acierto por medio de la dirección y entrega del dramaturgo Miguel del Arco para el Teatro Pavón Kamikaze.

Moliére, que decía que «la hipocresía es el colmo de todas las maldades», daría por bueno —quiero suponer— el retrato que de aquella se hace en el Misántropo que estos días ha vuelto a las tablas.

Cuando Moliére escribe su obra —una comedia-drama en verso fechada en 1666—, el autor tenía mala salud y su famosa hipocondría estaba intacta. Además, su Tartufo había sido prohibido por las presiones eclesiásticas, y las malas lenguas comenzaban a tildar al autor de libertino por su Don Juan.

Sumemos a eso que la relación con su mujer —Armande, 20 años más joven que él— hace aguas debido a las repetidas infidelidades. En definitiva, Misántropo germina para Moliére en este contexto y lo hará como una obra que es una suerte de sublimación de los males que le estaban acuciando.

El Misántopo que reconstruye Del Arco es una pieza de orfebre,  minuciosamente fiel al sustrato original en cinco actos del siglo XVII. Mientras que en la de Molière todo transcurre en un salón aristocrático de París, Del Arco trae a los personajes a una discoteca-after y, más concretamente, hace que toda la acción suceda en el callejón al que conduce la puerta trasera de ese after. Un callejón recreado escrupulosamente a la perfección, casi como un personaje más, detalle a detalle, gracias a la maravillosa escenografía de Eduardo Moreno, la inspiradísima iluminación de Juanjo Llorens o el sonido, afinadamente encajado en todo el engranaje, de Sandra Vicente.

Los personajes del Misántropo para el siglo XXI —Alcestes, Celimena, Filinto, Oronte, etc.— se meten coca, tienen Instagram, beben y se pillan cogorzas, bailan esas canciones huecas que todos hemos bailado en un after o en cualquier garito. Pero más allá de esos elementos que la acercan a cualquier cohorte de millennials que esté sentado en el patio de butacas, lo realmente importante es que no pierde la esencia principal del mensaje del autor francés, esa idea que atraviesa la obra de principio a fin: la sociedad es imperfecta, el mundo está lleno de hipocresía, de engaño y de falsa adulación. La reflexión que se nos plantea es si debemos saber adaptarnos para convivir con tales imperfecciones o bien mantenernos imperturbables, defensores implacables de la verdad, convencidos de que, de optar por la primera vía, hacemos del mundo un lugar peor en tanto en cuanto nos convertimos en apóstoles de la mentira y el autoengaño.

Y es difícil no convertirse en alguien atrabiliario en los tiempos que corren. Sí, de acuerdo, han pasado más de cuatrocientos años desde que Molière escribió su Misántropo. No obstante, las cosas no han cambiado mucho. La honestidad, la soledad, el egoísmo, la justicia, los celos, la doble moral, etc. siguen siendo coordenadas a revisar. Nuestras sociedades han avanzado hacia esa moral y modernidad líquidas, que diría Zygmunt Bauman. Quizás padezcamos aquello de tener miedo de una identidad que se acople a nosotros como un traje que ya no nos podremos quitar nunca.

En esa órbita se mueven los personajes del Misántropo de Del Arco. Muchos de ellos no se comprometerían con nada para siempre porque la ambición que les guía conoce bien aquella estratagema del «allá donde fueres haz lo que vieres». Fiel reflejo en ese callejón, durante casi dos horas de historia, resulta imposible no pensar en que cualquiera puede perderlo todo de un minuto a otro.

Perder a tu pareja, perder la credibilidad, perder los nervios, perder la vergüenza. Perder la razón, perder el juicio, la dignidad. Perder la confianza. Todos los personajes de Misántropo tienen miedo. Están atribulados. Y mucho. Es algo que deviene hacia el final. Ahí es cuando vemos cómo se sustancia en cada uno de ellos el miedo: el denominador común en los siete personajes que danzan y desfilan por la historia. El miedo que los atenaza a todos. Su falta de libertad. Aun conociendo la amenaza son incapaces de prevenirla. Pero ellos volverán a replegar ese miedo y a exiliarse de lleno en la fiesta. Porque cuando la atención se divide, la ejecución se resiente, y mientras cantas y bailas y lames el culo al anfitrión, ¿qué consigues?: no pensar. Pues eso.

Es Alcestes, interpretado por Israel Elejalde, quien parece contener todos los demonios. Él es la caja de Pandora que no puede ser cerrada. Es él quien se aferra más a una voluntad de resistencia y quien se acerca descaradamente casi al dogma de fe.

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Nunca quiso Molière mostrar personajes blancos o negros, sino matizados. Y este hecho está logrado con creces en la obra. Nuestros arrepentimientos van y vienen; la comunicación en los diálogos entre los personajes arrastra el conflicto de un lugar a otro, como un tronco pesado arrastrado por la resaca del oleaje. Ahora estamos con Celimena, ahora con Alcestes. Ahora nos ponemos del lado de Oronte, ahora del de Filinto y otra vez del lado de Alcestes. C’est la vie.

Todo el reparto está en sintonía. Todos saben comprender el caos y los remolinos que ocurren en ese callejón y en el interior de sus mentes. Queda muy bien retratada esa nueva corte de vasallos que en el siglo XVII complacían al rey y ahora complacen al anfitrión. No desentonan en su conjunto todos los que salen en escena —Israel Elejalde, Ángela Cremonte, José Luis Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez—. A menudo recuerdan a los vuelos sincronizados de los estorninos. Un alarde de trabajo en equipo, solidaridad y empatía como actores los unos con los otros. Unos actores y actrices dadivosos.

Sin desmerecer el trabajo de ninguno —no hay uno solo que chirríe—, sí considero que Elejalde habita en Alcestes, o al revés, de un modo tan deslumbrante que noquea. Él, que representa al filósofo de callejón que sabe lo que duele pensar; él, que encarna al arquetipo foucaltiano de la resistencia y la voluntad de verdad; él, que salió de la cueva, rompió sus cadenas, y nos muestra cómo opera la lucidez empecinada y cegadora y de qué modo punza más la cordura que la locura; él, Alcestes/Elejalde, todo eso y más logra evocarlo e interpretarlo con naturalidad y sencillez, aunque sepamos y veamos que, realmente, sobre el escenario está poseído por una fuerza interpretativa abrumadora. (No se pierdan ese soliloquio aferrado a una cañería mientras declama: endiosado).

Me encanta leer que entre las referencias que ayudaron a Del Arco se encuentra mi admirado Foucault —además de Montaigne o Cernuda—. Es curioso que no mencione a Ciorán o Bauman, aunque quizá también hayan pasado por su imaginario, pues a este Misántropo se le ven las costuras muy bien hilvanadas.

Miguel del Arco nos obliga a pensar contra nosotros mismos —quizá porque en el elaborado proceso de búsqueda que se intuye, primero lo hizo él—. Provoca y sacude hasta el punto de preguntarnos si será mejor un vicio tolerante que una virtud obstinada. Hasta el punto de hacernos dudar si la parresía ética de la antigua Grecia es el equivalente del actual sincericidio. Gracias a Misántropo vemos cómo el que habla mejor no siempre es el que dice la verdad sino el que seduce más. El que manipula más. La verdad ya no es seductora.

Reflexión sobre la condición humana, alegato contra la demagogia y los demagogos, Del Arco acierta en su propuesta al no pisar nunca mina alguna en el peligroso territorio de las intenciones moralizadoras.

Equilibrada, sí. Ponderada, y tanto. El director consigue hacer que tiemblen nuestras certezas, esas que son como hologramas, y que nos entren ganas —si cabe más aún— de morar en el desierto. O lo que es peor, de regresar a la caverna. Sin antorchas. Sin una pizca de lucidez.

Misántropo

Autor: Molière

Dirección y versión: Miguel del Arco

Reparto: Israel Elejalde, Ángela Cremonte, José Luis Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez. Con la colaboración especial de Asier Etxeandia (voz del tema musical “Quédate quieto”)

Escenografía: Eduardo Moreno

Iluminación: Juanjo Llorens

Sonido: Sandra Vicente (Studio 340)

Música: Arnau Vilà

Vídeo: Joan Rodón, Emilio Valenzuela

Vestuario: Ana López

Coreografía: Carlota Ferrer

Foto cartel: Rodón & Moreno

Producción ejecutiva: Jordi Buxó

Director de producción: Aitor Tejada

Producción de Kamikaze Producciones en coproducción con el Teatro Español de Madrid y el Teatro Calderón de Valladolid. Con la colaboración del Teatro Palacio Valdés de Avilés.

Reseña de Caballo Perdedor

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