ESTE ES UN PAÍS LIBRE Y SI NO TE GUSTA VETE A COREA DEL NORTE. Lo último de Íñigo Guardamino

Lacan describió el Capitalismo como “el dominio del discurso de la histeria”. Venía a decir algo así como que su mecanismo es el siguiente: el Capitalismo nos hace desear y querer satisfacer ese deseo y una vez queda satisfecho sencillamente queremos más. Ampliamos ese deseo. Lo multiplicamos, dejándonos secos, frustrados. Perdidos en un limbo de loops de deseos que se autoperpetúan.

En Este es un país libre y si no te gusta vete a Corea del Norte, la última obra de Íñigo Guardamino, podría decirse que hay mucha de esta histeria. Mucha de esta historia.

Tres actores —dos actrices y un actor, para ser más exactos— dan vida a diferentes personajes que transitan por el territorio de los deseos insatisfechos o a punto de satisfacerse.

Uno. El deseo de tener un hijo. O descendencia, mejor dicho. Un padre y una madre que engendran un bebé que no era el esperado, por medio de cuya historia se nos revela el deseo de la maternidad y de la paternidad a modo de urgencia o necesidad. Una urgencia que cuando no es cumplida —o no se ajusta a las expectativas— nos hace más frágiles.

Dos. El deseo de formar una familia a través del matrimonio religioso. Historia por medio de la cual el autor pone sobre la mesa el poder de los dogmatismos y el miedo a la soledad. A quedarse solo.

Tres. El deseo de superar el dolor de una pérdida tras la muerte de un ser querido. Un hombre que ha perdido a su esposa y que desea que el daño que provoca la ausencia no le lleve de copiloto el resto del viaje. El resto de los años que le quedan por vivir.

Cuatro. La mujer que profesa su fervor y admiración —en la distancia— al Gran Líder de Corea del Norte y que desea poder algún día llegar a Piongyang, dejar atrás Occidente, el Capitalismo, y comenzar una vida diferente, apegada a unos códigos morales férreos.

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Casi nada. Pues sí. Con estas cuatro piezas, Guardamino articula una suerte de mobiliario de IKEA que es Este es un país libre y si no te gusta vete a Corea del Norte. Un mueble que tras ser montado y ensamblado –sin apenas instrucciones– acabará pareciéndose a lo que cada espectador tenga en su cabeza, que quizás coincida en algo –o en nada– con lo que el autor tenía en la suya cuando escribió la historia.

Hay en la obra una puesta en escena correcta: un batallón de chaquetas replicantes colgadas de varias cuerdas que nos pueden recordar a las marchas o desfiles militares del ejército popular de Corea del Norte y que hacen las veces de camerino improvisado o biombo/trinchera tras el cual las actrices y el actor cambian su indumentaria entre escena y escena, a menudo con gran agilidad —si bien es cierto que en ocasiones las transiciones entre escenas no son muy limpias.

Actrices y actor —Sara Moraleda, Natalia Díaz y Rodrigo Sáenz de Heredia— que componen con voluntad y brillantez en muchos momentos —por ejemplo los flashbacks en los que las actrices interpretan a las dos niñas o el monólogo del hombre que ha encontrado su media naranja y planea casarse—un retablo desiderátum de personalidades misántropas —y lisántropas—, a menudo trasgresor —marca de la casa—, cáustico. Un retrato bañado en una fina —o no tan fina— capa de comedia que bien podría haber salido por momentos de alguna peli de Todd Solondz.

En Este es un país libre y si no te gusta vete a Corea del Norte no se ensalza a Kim Jon Un. No va de eso. Que no cunda el pánico. La idea perseguida recuerda más a la de los juegos de espejos de los clásicos parques de atracciones que consiguen devolvernos nuestra propia imagen deformada, trastornada.

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Corea del Norte es ese espejo. Esa gran metáfora del peligroso “Otro” señalado hasta el empacho por Occidente como la encarnación político-social de la idea del mal. Como lugar donde la libertad no está ni se la espera. Un lugar donde no tienes que decidir porque ya está todo más que decidido. Atado y bien atado. Ese lugar en donde —supongo que diría Lacan— la histeria ya no cobra sentido porque allí nadie tiene deseos. Porque allí han congelado sus deseos y eso cercena cualquier bucle de querer más y más. Desear más y más. ¿Quizás allí la gente aceptará a sus hijos como son aunque salgan con cara de perro? ¿Se casarán sin estar obsesionados por cómo salgan las fotos de la boda? ¿Aceptará la muerte con el estoicismo y la impavidez que no tenemos en Occidente pese a todos los libros de autoayuda que podemos comprar en Amazon? Sabemos que el autor quiere ponernos alerta frente a la maldita contradicción de creernos más libres, menos desgraciados.  Lo sabemos al entender que la libertad es un espejismo. Una ilusión.

Y esta ilusión de libertad se observa en la obra de Guardamino cuando un padre no acepta que su hijo no sea el de sus expectativas —considerando que sus expectativas guardan relación con la comparación con los demás niños—. Un padre que llega a avergonzarse de no poder cumplir su deseo de ir con su hijo a Disneylandia porque piensa que no les dejarían ni entrar.

Una ilusión de libertad que se observa en la obra cuando asistimos a la historia de una joven criada bajo los estrictos códigos morales de un catolicismo naftalínico en el que la obligación de adoración a otro Gran Líder —en forma de oblea consagrada— la convierte en una adulta insatisfecha y neurótica hasta el punto de obsesionarse con una ceremonia religiosa que tiene que salir perfecta. O se observa en la historia de un hombre que ha perdido a su mujer y se obstina en enterrarse a sí mismo en vida, sobre tierra en lugar de bajo tierra, mostrándonos así aquella máxima de “pienso, luego sufro”.

Guardamino nos pasa esa patata caliente envuelta en el papel de plata de la comedia —porque pareciera que así quema menos pero sigue quemando—. Esa patata caliente en forma de pregunta encriptada: ¿es hoy en día el cinismo la forma de pensamiento dominante?

Ciertamente parece fácil contestar a ello cuando en el corazón de Europa los políticos hablan de derechos humanos pero luego gastan enormes cantidades de dinero en construir vallas o permiten que el Mediterráneo se convierta en una fosa. Cuando en el corazón de Europa —no en Pyongyang—, un eurodiputado se acoge al derecho de humillar de forma escandalosa y pública a las mujeres o cuando Occidente se jacta de ser una democracia mientras sitúa en el mapa de nuestro imaginario colectivo dónde viven los tiranos y cuáles son los pueblos que los padecen. Quizá esto nos haga creernos más emancipados. El hecho de saber quién es “uno de los nuestros” y quién “uno de los otros”.

Para terminar, es interesante destacar la elección en la obra de la selección musical. Canciones en coreano. Canciones que nos recuerdan a personas marchando marcialmente o agitando banderitas con la cara del Gran Líder. Canciones que nada tienen que ver con lo que evoca, por ejemplo, escuchar el maravilloso himno de la Unión Europea. La Quinta Sinfonía de Beethoven con arreglos de Herbert von Karajan. Un himno que despierta el libre albedrío, la fraternidad, la igualdad, la soberanía del pueblo —u otras cosas tan ridículas y volátiles por el estilo—si no fuera por la cara de imbéciles que se nos queda al saber que Herbert von Karajan fue un nazi confeso y uno de los directores de orquesta predilectos del Führer.

Quizás a Guardamino le interese introducir la quinta sinfonía de Beethoven entre escena y escena tras conocer este dato. Quién sabe. En cualquier caso, esta es una Europa libre y si no nos gusta, siempre nos quedará el teatro que sabe sacarle punta a nuestras propias contradicciones.

Este es un país libre y si no vete a Corea del Norte

Texto y dirección: Iñigo Guardamino

Intérpretes: Natalia Díaz, Sara Moraleda y Rodrigo Saénz de Heredia.

Ayudante de dirección: Pablo Martínez Bravo

Escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)

Ayudante de escenografía: Paola De Diego

Diseño de vestuario: Pierpaoloalvaro

Diseño de iluminación: Pedro Guerrero

Relazación de suelo: Neo escenografía

Fotografía: Carmen Prieto

Música: David Ordinas

Canciones: David Ordinas (música) e Iñigo Guardamino (letra)

Espacio sonoro: María José Pazos

Voz en off: David García Vázquez, Crismar López, Elena Rayos, David Ordinas, Sara Luesma.

Movimiento corporal: Ksenia Guinea

Diseño gráfico: Andrés Sansierra

Vídeo: Una Moneda Para Rodar

Comunicación: Lemon Press

Una producción de La Caja Negra Teatro

Agradecimientos: FIBGAR y Neo Escenografía

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