CHILDREN OF NOWHERE. O por qué muere lentamente el que olvida su pasado

Te toqué y mi vida se detuvo 

Eso decía Neruda. Es él uno de los protagonistas de Chidren of nowhere, con sus versos, con su poesía, junto con los represaliados, los otros protagonistas: sus voces, su cordura, la de aquellos más de mil hombres que durante la dictadura militar de Pinochet fueron llevados al campo de prisioneros de Chacabuco. Todos ellos son los hijos de ninguna parte que habitan esta pieza del director, actor y dramaturgo belga Fabrice Murgia. Esos que fueron tocados y cuyas vidas se detuvieron unos años en unas barracas instaladas en mitad de un desierto, sometidos a torturas, silenciados, con sus voces calladas, como ausentes; con sus ojos de luto donde comenzaba la tierra.

Children of nowhere es una semblanza documental, poetizada y teatralizada que se ha podido ver durante solo tres días del mes de marzo en el Teatro de la Abadía con motivo del Festival de Otoño a Primavera. Una semblanza o retrato de la memoria de una parte de las víctimas de la dictadura chilena.

En la sala Juan de la Cruz impera la imagen, la palabra y la música. Una gran pantalla cubre el fondo del escenario detrás del que se encuentran tres violonchelistas, que tocan en directo, y la soprano Lore Binon. Generan en su conjunto una atmósfera espesa, árida, severa, a pesar de que la soprano cante por Violeta Parra; suena a flor con pinchos, a cactus de Atacama, a suelo que no ha visto gota de lluvia. A memoria desheredada. La escenografía le sigue el juego: un tablado lleno de arena, con pequeñas piedras evocando el desierto o la desolación de los lugares espectro. De los lugares que son como una casa tan vasta que podrías pasar a través de sus paredes y colgar cuadros en el aire.

Y en ese escenario, solo una pequeña silla desvencijada y la presencia de Viviane de Muynck, la actriz que es la cicerone de esta pieza y que nos guía hasta Chacabuco, el destino al que fueron trasladados miles de hombres en trenes de carga desde Iquique, en barcos desde Valparaíso o camiones militares desde Pisagua. El rostro de la actriz es a menudo el rostro de un drone que sobrevuela y relata y otras veces el semblante que calla y escucha, que enmudece y se conmueve ante los testimonios de quienes en aquellos pabellones dejaron unos años de sus vidas, alejados de sus profesiones —médicos, artistas, abogados—, alejados de sus familias, de sus anhelos.

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Esos Children of nowhere que no tenían más remedio que inventarse conversaciones telefónicas con fantasmas para no enloquecer de cordura. Que no tenían más remedio que llenar los muros de las casas del campo de prisioneros con poemas para no acabar colgándose de una viga. Si nada les iba a salvar de la muerte, al menos que la poesía les salvase de la vida en aquel lugar desamparado.  Ellos, que nunca fueron acusados de ningún delito, encarcelados sin juicio y sin condena, obligados a vivir dentro de un sinsentido propio de las dictaduras; como si estuviesen en llamas desde adentro. Ellos, que podrían escribir los versos más tristes aquellas tantas noches. Los que conquistaron la espléndida luz con su ardiente paciencia. La luz espléndida de la justicia y de la dignidad.

Children of Nowhere es un relato de exhumación del pasado, una road movie de turistas sin cámaras; turistas solo pertrechados de sus miradas y sus oídos para aprehenderlo todo.

Un teatro documental, en su mayor porcentaje, que echa mano del recurso audiovisual. Teatro denuncia y teatro político necesario, capaz de hacernos repasar la historia de Chile y de sus demonios recientes para que seamos después competentes para situar de una vez por todas a Chacabuco en los mapas. En ese gran mapa mental que es la memoria. Lejos de ese vasto territorio que llamamos olvido.

Children of nowhere

Autor:  Fabrice Murgia

Director: Fabrice Murgia

Interpretación:  Viviane De Muynck

Cantante:  Lore Binon

Cuarteto de cellos: Conjunto Aton’ & Armide

Composición musical e instalación sonora:  Dominique Pauwels

Asistente de puesta en escena y traductora:  Rocío Troc

Asistente:  Hubert Amiel

Realización de imágenes:  Jean-François Ravagnan

Diseño de vídeo:  Giacinto Caponio y Jean-François Ravagnan

Diseño de Iluminación:  Enrico Bagnoli

Diseño de vestuario:  Marie-Hélène Balau

Investigación:  Vincent Hennebicq y Virginie Demilier

Con la complicidad de: Daniel Cordova

Regidor general y de escenario:  Matthieu Kaempfer

Técnico de sonido:  Marc Combas

Técnico de vídeo:  Dimitri Petrovic

Técnico de iluminación:  Kurt Bethuyne

Una producción de Cie Artara & LOD muziektheater

En coproducción con Teatro manège.mons, Fundación Mons 2015 – Capital Europea de la Cultura, Teatro Nacional de Bruselas, Teatro de Namur, Maillon Strasbourg, Festival Perspectives – Saarbrücken y Teatro Jean-Vilar de Vitry-sur-Seine.

Reseña de Caballo Perdedor.

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