FAMÉLICA, de Juan Mayorga. Cómo inventar el comunismo low cost

En el viaje en taxi de camino al aeropuerto para tomar un vuelo rumbo a China, un ejecutivo de una multinacional piensa en lo siguiente: si los Chinos viven en un sistema comunista pero han introducido el capitalismo dentro del sistema por qué no hacer el giro a la inversa, es decir, introducir el comunismo dentro de un sistema capitalista. Y qué mejor lugar para hacer el estudio piloto que la multinacional capitalista de la que es director ejecutivo. Brillante idea —piensa para sí mismo— echar a andar semejante desvarío. Pronto, al calor de las reuniones clandestinas en la empresa de las asambleas comunistas para captar devotos que se adscriban, brotarán otros grupúsculos alternativos desde idearios diferentes como los anarquistas, los anarcosindicalistas. Alguien podría intuir aquí un paralelismo con recientes formaciones políticas donde «conviven» dentro de una misma «empresa» modelos moderados con otras propuestas más radicales.

Este es el detonante de Famélica. La obra de Juan Mayorga —bajo dirección de Jorge Sánchez— que hasta el 23 de abril se puede ver en Teatro del Barrio.

Partiendo de esa premisa, Mayorga nos ofrece un teatro que no se aparta de algunas de las coordenadas habituales en su escritura, cincelado a base de contenidos políticos, históricos y filosóficos, y sumándole, a la pieza que nos ocupa, ademanes de parodia.

En Famélica, Mayorga apuesta por entregar su texto a los supervivientes de la historia: los espectadores. El drama se asienta en Mayorga como acto comunicativo,  como expresión del «núcleo innegociable». Se nota aquí su manera de escribir sin tratar de dotar de un sentido al texto sino, antes bien —a la manera de Heiner Müller—, Mayorga procura que sean los intérpretes quienes le acaben dando el sentido a las palabras. Y al final, si la magia ocurre, que sea el receptor, el espectador que habita la sala, quien remate la jugada. Mayorga propone, el espectador dispone.

Famélica muestra con soltura la contradicción del ser humano en sus actos. Con ese análisis que va de lo particular a lo universal: lo que ocurre en la multinacional y lo que se cuece en los despachos entre jefes y empleados, rotas las jerarquías. En la obra, la contradicción mostrada en forma de pantomima o de grandilocuente absurdo —casi a modo de delirio que echa a rodar y se hace cada vez más y más grande—, entronca con la idea de que aquello que idealizamos a menudo puede trocarse en pesadilla. El comunismo, entendido como idealizado antídoto sobre el capitalismo que nos consume y no acaba de hacernos felices, puede devenir en más de lo mismo, cumpliéndose así aquello de «la operación ha sido un éxito pero el paciente ha muerto».

Es interesante este texto de Mayorga engarzado en la comedia absurda pero —y aún sin saber decidir muy bien por qué rendija— se escapa algo. Quizá guarde relación con la precaria escenografía o con la interpretación desigual de los actores y actriz —destacando Xoel Fernández en los momentos en que emerge brillante cuando centrifuga sus textos, o el oficio de Aníbal Soto manifestando buena aptitud y comodidad en su papel de chófer con ínfulas.

Quizás al texto le falte algo más de humanidad y le sobren parlamentos de autoerudición. Quizás se eche en falta una trama que admita cierta dosis de drama pues el absurdo se hace constante del principio al final de la historia y no hay insight psicológico en los personajes. No parece darse esa experiencia del «darse cuenta» que les permita maniobrar desde afuera del absurdo.

Sabemos que el montaje de esta obra se gestó probando de manera libre escenas sueltas con el director y con los actores, desde un laboratorio teatral con la compañía La Cantera Exploraciones Teatrales y sorprende lo rasos y planos que están algunos de esos personajes sobre las tablas.

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Cierto es que  lo que queda bien reflejado es el hecho de cómo el pasado se cierne sobre el presente. Esa idea de que la historia cumple con su eterno retorno y que las personas seguimos tropezando en las mismas piedras aunque nos hayamos dejado en ellas todos los dientes. El teatro histórico siempre dice más de la época que lo pone en escena que de la época que trata de representar. Aquí la mirada se encuentra en el espejo con nuestras corrupciones, con nuestra manera acrítica y ramplona de elegir a nuestros gobernantes, con nuestras indefensiones aprendidas, con el conformismo, la mezquindad y la mediocridad que aún campan a sus anchas, mejor que nunca, en la época que vivimos.

Mayorga, que piensa que todos los hombres son sus contemporáneos, independientemente de la fecha en que hayan nacido, saca a pasear en esta obra su envés menos brechtiano y se pone más Arrabal que nunca. No obstante, a este texto le falta poesía y le sobra historicismo.

Famélica se impone  la tarea de querer explicar la relación entre lo que sucedió en el pasado y lo que sucede a fecha de «aquí y de ahora»: los errores y lecciones de la historia. ¿Sería posible la refundación, desde el poder, de un nuevo comunismo capaz de satisfacer las demandas de las nuevas generaciones? Un comunismo low cost o un marxismo hipsterizado, capaz de llenar estadios, capaz de inventar nuevos himnos, sin esdrújulas, y de meterse en Facebook o de fabricar tertulianos de televisión que alumbren un neomarxismo sin dogmas, lejos de mentar a Stalin o a Corea del Norte? ¿Sería posible hacer surgir una nueva política que venga a regenerar los modelos apolillados y autoprecintados que tenemos, sin acabar convirtiéndose en una nueva política que ya nace apolillada? Es curioso porque hace poco en Estados Unidos, una marca llamada Urban Outfitters ha lanzado al mercado una línea de camisetas que rescataban el logo del puño y la rosa del PSOE del año 1977 y dicen que se está vendiendo.

Mayorga termina Famélica con la pesadumbre del que sabe que, por mucho que todos los hombres sean para él contemporáneos, puede reconocer también que todos los hombres pueden ser bastante estúpidos.

Famélica

Autor: Juan Mayorga

Director: Jorge Sánchez.

Puesta en Escena:Jorge Sánchez.

Actuación: Marta Cuenca, Juanma Díez, Xoel Fernández y Anibal Soto.

Voz en off: José Coronado.

Ayudante de Dirección y Producción: Marta Cuenca.

Diseño Escenográfico: Carmen Lara Cuenca.

Realización Escenográfica: Tania Barredo / Cristina Saldaña / Kaveh Izadyar.

Diseño Sonoro e Iluminación: Maykel Rodriguez.

Fotografías: Miguel Atienza / BeatMac.

Producción: Xoel Fernández / Juanma Diez / Jorge Sánchez.

Con la colaboración de: Jamming / Estudio Juan Codina.

Un proyecto de La Cantera-exploraciones teatrales.

Reseña de Caballo Perdedor.

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