Dos mujeres se encuentran en un aula de primaria: La profesora de la clase y la madre de uno de los alumnos. La presencia de la madre genera una tensión en la profesora que no tenía prevista esa cita en su agenda. La madre acude porque quiere hablar de su hijo Gideon, un preadolescente que, días después de ser expulsado de clase, decidió suicidarse.
Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «El nudo Gordiano» que, con texto de Johnna Adams (y adaptación de Paula Paz), dirección de Israel Elejalde e interpretado por Eva Rufo y María Morales, nosotros pudimos ver en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español, en Madrid.

Acudamos al origen de la metáfora del nudo gordiano. Año 333 a. C., aproximadamente. Alejandro Magno está en plena conquista del Imperio Persa. Tiene 23 años y ha heredado el trono de Macedonia tras haber sido asesinado su padre, Filipo II. Alejandro, que aún no es del todo «Magno», llega a Gordion, capital de la antigua Frigia. En este lugar se encuentra con el famoso carro del rey Gordias, atado con un nudo imposible. Una profecía reza lo siguiente: «Quien desate el nudo, gobernará Asia». Eso le vendría genial a Alejandro Magno que examina el nudo, no encuentra extremos ni logra encontrar manera de deshacerlo sin romperlo. El joven Alejandro no acepta las reglas del problema y no busca una solución lenta o diplomática. En su lugar, desata un gesto que define su carácter: saca su espada y corta el nudo de un tajo. Ha elegido la audacia como forma de inteligencia estratégica. Alejandro vendría a demostrarnos, con su gesto, que la complejidad no le intimida ni que un problema, aparentemente irresoluble, va a detenerle.
Volvamos al presente, hasta esas dos mujeres en una sala de primaria. La profesora y la madre de un alumno, Gideon, que se ha suicidado. La obra parece servirse de la metáfora del nudo gordiano para plantearnos preguntas de respuestas complejas, contradictorias, sujetas a interpretaciones y, cómo no, respuestas que serán insuficientes para resolver algo sin destruir también algo a su paso.
Las dos mujeres comienzan una conversación un tanto enajenada, disociada, equívoca, pero cargada de tensión. Una conversación cuyo trasfondo no deja de ser el de qué cabe hacer ante un problema cuyo nudo es tan apretado que no puede desatarse. El personaje de la profesora parece estar escrito desde la idea de quien defiende que el problema hay que intentar resolverlo, comprendiendo, matizando, elaborando un contexto, un protocolo que lo haga asimilable. La madre, aunque por momentos apunta igualmente en esa dirección, parece estar escrita desde otro ángulo: el de acudir a la cita decidida a cortar el nudo con su espada de palabras afiladas. Este nudo que pretende cortar la madre no pasa por ser visto como un acto heroico al estilo del de Alejandro Magno. Quizás audaz sí, pero su llegada al aula, al encuentro con la profesora de su hijo, proyecta sobre el público una necesidad, una urgencia. Lo que ella busca es una explicación, una narrativa que le permita incorporar la pérdida de su hijo (estamos ante un duelo palpitante). Y en esa urgente necesidad, la madre necesita sobre todo un culpable, un otro al que acusar (así es como ella daría por cortado el nudo). Si puede llegar a cortarlo, sobrevivirá. No se repondrá, pero encontrará un lugar desde el que seguir con su duelo. Transformar un dilema en una acusación es también una forma, precaria, de seguir hacia delante, especialmente cuando el dolor es tan fuerte como el de la pérdida de un hijo. Buscar culpables suena legítimo para quien necesita hacerse cargo de un desconsuelo insoportable y, pese a la evolución crispada e intelectualmente recalcitrante de la conversación, admitimos que la madre solo desea encontrar su descanso o un refugio en el que guarnecerse para comenzar a curar una herida profunda.

El texto es una delicia que destila siempre algún hallazgo. Por ejemplo, nos queremos detener en el momento en que la profesora le lee a la madre un texto que su hijo, Gideon, redactó en su día para un trabajo de clase. El texto está repleto de violencia, de imágenes grotescas e incluye fantasías de venganza así como referencias a la muerte, a hacer daño físico a otros compañeros y profesores. La madre revelará que ella es profesora universitaria y especialista en literatura medieval (experta en poesía, alegoría y textos simbólicos) y esta revelación servirá para profundizar en el espejo que ofrece a cada una el texto de Gideon. La profesora examina el texto desde el marco del peligro, de la alarma. Fue el texto que sirvió para justificar su expulsión. El sistema, representado por la figura de la profesora, funciona como panóptico capaz de radiografiar aquello que hay que censurar, que hay que expulsar. La madre que hace un ejercicio de autoanálisis para contextualizar el texto de su hijo, solo ve arte. Como experta medievalista que es, comprende que lo que su hijo redactó se ajusta mucho a los poemas épicos de la edad media. Probablemente, su hijo solo intentó imitar ese estilo en su tarea escolar y solo estaba escribiendo como los poemas que leía su madre. Un momento hermosísimo se produce aquí, cuando la madre recita algunos versos de un poema épico medieval. Pese a todo, la profesora sigue viendo un atisbo de peligrosidad en lo escrito por Gideon, un síntoma de aislamiento social, un texto inapropiado para un aula de primaria e incluso un claro indicio de bullying invertido puesto que Gideon fantaseaba con hacer daño.

En escena, además de un texto vigoroso, la fuerza proviene de una estupenda dirección por parte de Israel Elejalde y de un portentoso tour de force dialéctico entre las actrices Eva Rufo y María Morales, ambas geniales, impecables.
Rufo se sostiene sobre un personaje que pareciera estar a punto de quebrarse todo el tiempo, impactada por la presencia de la madre de su alumno. En un ejercicio de contención formidable, intenta moverse entre el respeto empático por la pérdida (y su voluntad de no querer dañar más) y entre su necesidad de ofrecer contexto, de desvelar quién era, para ella, Gideon. Mide cada palabra y encarna el arquetipo del sistema educativo que cree en protocolos y en las normas y límites claros. De fragilidad más que palpable, Rufo nos transmite que está aterrada porque duda y se pregunta si tal vez ella y el sistema han fallado a un preadolescente. Sus intentos de desanudar el nudo gordiano con paciencia y talante no parecen funcionar ante una madre que ha llegado a su clase con la espada en alto.
Morales es raptada por un personaje que también se mueve sobre un alambre en el que intenta no zozobrar aferrándose a un temperamento de persona herida, sí, pero que no ha perdido su ferocidad. Su erudición es al mismo tiempo su armadura y, pese a estar devastada, oscila entre la lucidez y la rabia inmensa de quien no puede ya tolerar ningún rasgo de ambigüedad. Aceptar que su hijo pudiese tener zonas oscuras le resulta imposible puesto que eso implicaría aceptar que ella no estaba atenta, que no supo verlas. Defiende a su hijo frente al marco normativo del sistema: lo defiende desde la complejidad del carácter de Gideon, desde su encendida posición de que nadie supo leer a su hijo, nadie supo escucharlo sin reducirlo a una única interpretación prejuiciosa.
Las dos actrices están maravillosas. El texto es disfrutable, la dirección espléndida y la escenografía de Mónica Boromello encaja de manera formidable en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español (especialmente en el momento final en el que la función termina y vemos como el aula al completo se viene abajo como metáfora del hundimiento moral tras la intensa y simbólica conversación entre la profesora y la madre).

Johnna Adams nos sitúa frente a reflexiones filosóficas muy potentes y necesarias que indagan en el absurdo y en la búsqueda de un sentido a ese absurdo (¿acaso hay algo más absurdo que el suicidio de un menor?), nos eriza la piel al hacernos ver de qué modo la angustia es siempre una facilitadora a la hora de imaginar escenarios pesadillescos y nos interpela como espectadores asistentes a un texto donde el relato se convierte en una suerte de salvación y mediante el que debemos también decidir si, para sobrevivir, es tan legítimo tratar de aflojar el nudo como lo es cortarlo de cuajo.
EL NUDO GORDIANO
PUNTUACIÓN: 4 CABALLOS (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes busquen un duelo interpretativo formidable apegado a una delicada dirección de un texto profundo y brillante.
Se bajarán a este caballo: Bajarse de este caballo es contraproducente. Lo diría cualquier jinete o amazona.
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Ficha artística
Autor: Johnna Adams
Dirección: Israel Elejalde
Adaptación: Paula Paz
Reparto (por orden de intervención):
Heather: Eva Rufo
Corryn: María Morales
Escenografía: Monica Boromello
Vestuario: Sandra Espinosa
Iluminación: Paloma Parra
Sonido: Sandra Vicente
Ayudante de Dirección: Rocío Peláez
Producción: Teatro Español y Teatro Kamikaze
El Nudo Gordiano (Gidion´s Knot) está producido mediante un acuerdo especial con Bret Adams Ltd., (448 West 44th Street, New York, NY 10036)
** Fotografías de Javier Naval (tomadas de la web del Teatro Español).
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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