EL ABRAZO. Ay, ay, ay, ay.

Unos viejos amantes se encuentran después de 44 años y dos meses en un centro comercial, en plena navidad. Ella compra regalos para un nieto, él una pularda para las celebraciones familiares. Este encuentro les servirá ponerse al día. En su día estuvieron enamorados, pero algo falló. Y cada uno tomo su camino. Lo que no saben es que ese encuentro va a propiciar que vuelvan a unirse, al menos durante unas horas, tras la irrupción en sus vidas de un joven que dice ser el hijo que ambos nunca tuvieron. Unos viejos amantes se encuentran después de 44 años y dos meses en un centro comercial, en plena navidad. Ella compra regalos para un nieto, él una pularda para las celebraciones familiares. Este encuentro les servirá ponerse al día. En su día estuvieron enamorados, pero algo falló. Y cada uno tomo su camino. Lo que no saben es que ese encuentro va a propiciar que vuelvan a unirse, al menos durante unas horas, tras la irrupción en sus vidas de un joven que dice ser el hijo que ambos nunca tuvieron.

Herrström parece haberse querido embarcar, con la escritura de “El Abrazo”, en ese tipo de relatos tan propios del ambiente navideño. Ese tipo de historias al estilo “Un cuento de navidad” en los que los protagonistas hacen balance de sus trayectorias vitales, justo al final de un año, inmersos en esa vorágine de las reuniones familiares y las compras de regalos a última hora. Este tipo de historias tienen su público. Por supuesto. Qué no lo tiene.

En mi caso, acudía a la propuesta intrigado por la autoría. Quería comprobar cómo, desde otras latitudes, se escribe teatro. ¿Cuáles son los motivos, las tramas, los conflictos para autores/as llegados/as de otras coordenadas geográficas? Atraído, tal vez, por la sugestión de que Herrström pudiese entregar una pieza con un estilo heredado de Strindberg o, más cercanos en el tiempo, de Henning Mankell o Lars Noren, he de reconocer que no he encontrado nada en ella que me llevase a ninguno de los mencionados, lo cual, a priori, tampoco debe ser tomado como un hándicap. Ahora bien, la pregunta que procede es, pues, la siguiente: ¿Estamos ante una autoría con sello propio? Probablemente, sí. Pero, ojo, creo que he de señalar que la impronta que ha dejado en mí este texto se parece (más que al abrazo del título) a la de un apretón de manos untadas en algún viscoso líquido.

Todo comienza con dos actores curtidos, solventes, de oficio, Galiana y Meseguer, poniéndonos en situación: se encuentran en un centro comercial. Acuden a comprar regalos (ella) y comida (él) y los dos, que se habían perdido la pista tras cuarenta y cuatro años (y dos meses, él lleva la cuenta), se topan el uno con el otro en medio de ese lugar atestado de gente en el que nada parece propicio para conversar. La autora viene a decirnos que la sociedad no es nada empática con la tercera edad o, en su defecto, que la tercera edad es esa etapa en la que acabamos nostalgizándolo todo (casi como les ocurre a ellos con el Take this waltz de Leonard Cohen, que suena, machaconamente, a modo de canción que evocase los momentos del pasado compartido.

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Texto sin nada a resaltar, sin brillo e interpretaciones ciñéndose a lo esperable. Lo que queda por llegar, a partir del momento en que la protagonista se despide de su viejo amigo y amante en la parada del autobús, es de traca.

Ella, Rosa, la mujer de esta pieza, llega a su apartamento (un apartamento cuya escenografía parece haberse improvisado en el último momento con un sofá recortado y una pequeña mesa accesoria. Sabíamos que los suecos eran austeros, pero no tanto). Suena el timbre en el apartamento de Rosa y, atención: aparece dentro de la casa un joven de raza negra que viene a decirle que es una encarnación corpórea del deseo que ella siempre tuvo de tener un hijo con Juan, aquel viejo amante del pasado.

No revelaremos mucho más no por no hacer spoiler sino porque tampoco es que haya mucho más que revelar. Con toda sinceridad: la pieza va cuesta abajo, alejada de cualquier pretensión de realismo mágico admisible por el espectador. Mira que me gusta a mí el realismo mágico o sus derivadas, pero, no, no es el caso. El texto se embarra en una metafísica tan blanda y cándida que noquea cualquier posibilidad de empatizar con los personajes, sus anhelos, sus miedos, sus frustraciones. Solo hay disparate, sin ton ni son, materializado, sobremanera, en el rol de ese hijo cuya dirección, aquí, a cargo de Magüi Mira, opta por transformar en una especie de imberbe profeta místico que no aporta nada en absoluto a la trama.

Nos deja perplejos, y mucho, una historia que parece vendérsenos como (y cito textualmente): “una mezcla de realismo y fantasía arrastrados por una imparable corriente de humor”. Sin palabras.

A quien escribe, lo único que le arrastró fue una imparable corriente de desconcierto.

María Galiana aborda su personaje con la extrañeza necesaria, por momentos; con la sapiencia escénica de quien sabe gestionar el rol que le echen, pero este personaje está muy por debajo de su valía. Juan Meseguer, también avezado en resolver, parece mostrarse un poco más desnortado con la confusión de lo que su personaje debe hacer frente, sobre todo en los momentos que transcurren en el apartamento de Rosa. Por último, Jean Cruz, no obtiene demasiado crédito del personaje que le brinda este texto. Prueba muy difícil para cualquiera la de ponerse en el pellejo de su personaje: una especie de angelote con aureola de Autopista hacia el cielo made in Sweden. Rol, el de Cruz, además, dirigido de un modo un tanto difícil de digerir (insufrible cuando pronuncia “mamá” o “papá” arrastrando las vocales).

Lo peor de esta pieza es su falta de mordacidad, de astucia; su imposibilidad de convertirse en una propuesta capaz de emocionar, de golpear con fuerza, de lograr un humor inteligente.

Lo mejor de este “El Abrazo” es, sin lugar a dudas, su duración: no supera, siquiera, los sesenta minutos.

Parafraseando la maravillosa letra del tema “Take this waltz, de Leonard Cohen, nosotros también, como él en su estribillo, decimos: “ay, ay, ay, ay“.

EL ABRAZO

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes se dejen engatusar por una historia a la que le falta mucho fuelle.

Se bajarán de este caballo: Quienes no pasen por “la aureola” (que no por el aro) de excesiva y destartalada candidez.

FICHA ARTÍSTICA

Autora: Christina Herrström

Versión y dirección: Magüi Mira

Reparto: María Galiana, Juan Meseguer y Jean Cruz
Espacio sonoro: Jorge Muñoz
Diseño de iluminación: José Manuel Guerra
Diseño de vestuario: Helena Sanchis
Ayudante de dirección: Daniel de Vicente
Productor: Jesús Cimarro
Una producción de Pentación Espectáculos

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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