LA VUELTA DE NORA. “Detrás de la madre, busquen a la mujer”

Nora, la protagonista de «Casa de Muñecas», de Ibsen, célebre por haber abandonado su hogar dejando a su marido y a sus hijos, regresa 15 años después, tras haberse convertido en una popular escritora para pedirle algo a su esposo: nada menos que el divorcio. Un trámite que ella pensaba que él había hecho en su momento. Su vuelta significará volver a encontrarse con los fantasmas del pasado, que siguen morando en la casa que dejó, en el mundo que se quebró tras su partida.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «La vuelta de Nora» que bajo la dirección de Andrés Lima y protagonizada por Aitana Sánchez-Gijón, nosotros hemos podido ver en el Teatro Bellas Artes de Madrid.

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Decía Ibsen que la sociedad era masculina y que hasta que no entrase en ella la mujer, no sería enteramente humana. Su obra «Casa de Muñecas» introduce, a finales del XIX, la figura femenina en el mundo teatral de un modo deliberado, para hacer un teatro que sea capaz de reconciliarse con lo humano. Su Nora, la protagonista de esa obra, era un elemento crucial para denunciar el machismo (en su contexto) y hablar, sin rodeos, de la necesidad de libertad de elección (en una época en la que elegir, siendo mujer, era impensable). La Nora de esa pieza reaparece ahora en la escritura de Lucas Hnath para contarnos qué ha sido de ella muchos años después de irse de casa. Aquella Nora que se fue dando un enérgico portazo y que plantó a su marido y sus hijos, era una Nora que había meditado mucho tiempo esa decisión. Era una Nora que se cansó de ser solo una mujer al ser considerada como madre. Era una Nora que ansiaba ser por encima de madre o de esposa, mujer. Esa es la Nora que se largó a encontrarse consigo misma. Como diría la filosofía: la solución de aceptar lo que uno/a es; la mujer que se negaría a tratar de llenar el vacío y que decidió convertirse en su vacío. Abrazarlo con todas sus fuerzas. Nora es, pues, arquetipo paradigmático de la mujer que no pasará por el aro de aceptar su propia castración.

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Pero reparemos, ahora, en el texto de Hnath que dirige con gran acierto Andrés Lima.

En esta pieza, la Nora que nos encontramos es una Nora que no regresa con la cabeza gacha, que no vuelve a su casa para reconducir las cosas o con la intención de ofrecer un perdón o suplicarlo. Lo único que le mueve es la necesidad de poder seguir siendo libre y, para ello, sabe que debe poder negociar con su todavía esposo la condición de mujer divorciada, separada. Los términos de un matrimonio finiquitado a todos los efectos legales. Esa es la gran esencia de esta obra. Nora, en la escritura de esta pieza, no da ni un paso atrás. Todo lo que hace es poder seguir dando pasos adelante. No podemos mirarla como a una Medea, ni nada parecido, sino como a una mujer capaz de imponerse a la moral de una época (aún la nuestra) en la que ser madre (o decidir no serlo) pareciera equivaler a tener mayor o menor crédito, (respectivamente). Su acto se erige como una sentencia: no hay negociación posible. Del melodramático no sin mis hijos al hiper racional y empoderado no sin mi misma.

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He ahí todo este acto sacrificial que se explora en esta segunda parte. Nora quiere gozar enteramente de su condición de mujer, sin histeria, sin aspavientos; su raciocinio es su buque insignia. Todo tiene que ver con vivir de acuerdo a un canon personal, no con arreglo a uno impuesto. Esta es una Nora punk (al menos de conciencia). Parece que este texto entroncase directamente con aquel famoso imperativo de Lacan que decía. «Detrás de la madre, busquen a la mujer». Sí es inevitable que en nuestro pensamiento estén los hijos abandonados. Los damnificados. Ellos son los que se han quedado sin madre. Pero la obra opta más por no caer en esa falso trampantojo de la ternura, de la maternidad e insiste en la audacia de una Nora hegemónica.

Nosotros también sentimos que esa ha sido una de las potentes directrices del director. Hay una escena casi salida de lo Hanekiano cuando Nora está con su hija y esta se echa en sus brazos, se abraza a sus piernas, buscando el arrope, el afecto, el abrigo de la madre. Un abrigo que no llega. Ni en un solo momento veremos una caricia hacia la hija, una mano compasiva. Y, pese a que nos recorre un escalofrío por el cuerpo, entendemos a Nora. Comprendemos su acto: frente al desamparo, coherencia. La madre que eligió no ser madre antes, no va a empezar a serlo ahora.

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Dirección magnífica. Un todoterreno este Andrés Lima que nos encanta. Un hallazgo, permanente, en escena. El director con más carisma de la cartelera. Atesora una capacidad para generar vértigo, para la audacia y llevar a sus personajes al clímax necesario. En el reparto, todos equilibrados, pero déjennos matizar.

Por un lado, Roberto Enríquez que asume el rol de Torvaldo Helmer, el esposo de Nora. Espléndido. Contenido, al principio, rompiente y con arresto a medida que avanza la función. Imperdibles sus escenas, mano a mano, con Aitana Sánchez-Gijón. Diestro para conmovernos, para agitarnos y sin una sola fisura en el complejo territorio de lo dramático. Por otro lado, Aitana Sánchez-Gijón. Simplemente arrebatadora. Un deleite para el espectáculo por cómo es capaz de encarnar su personaje. Observen especialmente su precisión a la hora de mantener el punto de vista de Nora: por ejemplo, cuando los demás hablan, ella, pese a que solo escuche, está actuando. Sus caras, su gestualidad; esos mecanismos en torno a los detalles, de orfebrería, tan delicados, los posee de un modo francamente elogiable. Sus escenas están matizadas, producen ora turbación, ora empatía; siempre interés. Impecable. En el papel de Anne Marie la actriz Maria Isabel Díaz Lago encaja solvente igual que Elena Rivera en el papel de Emmy, la hija.

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He aquí un enorme trabajo de dirección e interpretación. Nuestro único «pero» reside en el texto al que le cuesta coger vuelo, pese a que cuando lo hace se eleva y permite el máximo disfrute.

Qué interesante esta partitura de continuidad a la obra de Ibsen. Un autor que escribió con denuedo sobre la libertad humana, sobre la igualdad, (antes que sobre el feminismo per se); sobre la crucial importancia de escuchar los dictados de la propia conciencia antes que los dictados, Kantianos, de los otros. Su mayor logro, servirnos el memento inquebrantable que nos recuerda que allá donde hay un ser humano humillado, es imposible que habite la felicidad.

LA VUELTA DE NORA.

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS Y 1 PONI.

Se subirán a este caballo: Quienes busquen una brillante interpretación y una dirección muy inspirada.

Se bajarán de este caballo: Poca gente se bajaría de este caballo.

FICHA ARTÍSTICA

Autor: Lucas Hnath
Director: Andrés Lima
Productor ejecutivo: Nicolás Belmon

Reparto: Nora: Aitana Sánchez-Gijón, Torvald: Roberto Enríquez, Anne Marie: Maria Isabel Díaz Lago, Emmy: Elena Rivera

«Una crítica de Watanabe Lemans

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