LA CULPA. La comunión que no llegó

Un psiquiatra es acusado, por los medios de comunicación, de no colaborar con la justicia en el caso de una masacre perpetrada por un antiguo paciente suyo. Él psiquiatra aduce secreto profesional para no revelar sus notas de las sesiones, mientras su mundo personal y profesional comienza a resquebrajarse pues todo su entorno le culpa por mirar a otro lado en lugar de actuar «con luz y taquígrafos».

Esta podría ser una sinopsis de la obra «La culpa», con autoría de David Mamet, dirigida por Juan Carlos Rubio y protagonizada, entre otros, por Pepón Nieto y Ana Fernández. Nosotros hemos podido verla en el Teatro Bellas Artes.

David Mamet es un tipo incuestionable en cuanto a destreza para la escritura. Dejando esto meridianamente claro desde el principio, podemos comprender que una productora teatral se vea tentada de llevar a las tablas al autor americano. Con todo, si analizamos críticas recientes de obras de Mamet en otros países como Reino Unido o Estados Unidos, comprobaremos que algo le ocurre al pulso literario o dramatúrgico de sus últimas piezas montadas como «The Anarchist», «Muñeca de porcelana» o esta misma que nos ocupa, «La culpa» («The penitent», en su idioma original). En 2017, el diario británico «The Guardian» se preguntaba en su columna de espectáculos si David Mamet estaba perdiendo su magia.

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La obra que hemos podido ver en el teatro Bellas artes es una obra, de esas, sin magia; que no quedarán en el recuerdo de las muchas piezas que tiene el dramaturgo. Una especie de variación sobre otra de sus obras «Oleanna» en la que un profesor se ve acusado de abuso sexual por parte de una alumna. Lo que se hereda en esta pieza, «La culpa», es el análisis sobre el sentido de la responsabilidad con la sociedad. Lo individual frente a lo comunitario o social. De nuevo una relación jerarquizada, en este caso la de un psiquiatra con un cliente y un vínculo creado entre ambos, junto con un descrédito que va minando al psiquiatra igual que en «Oleanna» esto le sucedía al profesor.

Todo comienza con cierta intriga y arranca con interés. ¿Por qué el psiquiatra se niega de la manera en que lo hace a hablar abiertamente de su cliente cuando este se ha cobrado más de diez vidas en un atentado? Cualquiera puede empatizar fácilmente con la pareja del psiquiatra que le reclama que deje cierta ética a un lado y testifique revelando el contenido de las sesiones clínicas con el cliente. Pronto entran en la ecuación los medios de comunicación que empiezan a atacar al psiquiatra en su línea de flotación insinuando que este es homófobo y que atendió de mala manera al cliente que cometió el atentado porque aquél resultaba ser homosexual. (Quizá sea esta la manera que tiene Mamet de ponderar las cosas: haciendo que el público comprenda al psiquiatra, empatice también con él, al ver cómo le atacan los medios de comunicación).

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En este ataque, la anécdota se sitúa en una afirmación que sostienen los medios y que el psiquiatra niega por completo: los medios le acusan de haber escribir un libro en el que aseguraba que la homosexualidad era una aberración mientras que el psiquiatra sostiene que nunca dijo semejante cosa sino la contraria, que la homosexualidad era una evolución (en este punto Mamet parece hacer su propio intento de catarsis al querer quitarse la etiqueta de exceso de testosterona que tienen sus obras, casi diciéndole al público que él no es homófobo, ni misógino, ni muchas otras cosas que de él ha dicho la prensa).  En este juego de cuestionamiento de los medios de comunicación y su poder omnímodo para reinventar la verdad en términos de post verdad, Mamet introduce un asunto interesante pero no es suficiente para mantener la trama en la cresta de la ola.

Todo comienza a debilitarse, a perder intensidad y atractivo. No pasará mucho tiempo hasta que el espectador comience a mirar su reloj para saber cuánto le queda a una historia que se torpedea a sí misma desde el interior. La mezcla de géneros la debilita. Primero, los alicientes de la reflexión filosófica giran hacia una mirada más apegada a lo religioso/moral (¿a qué viene toda esa intrahistoria de la conversión del psiquiatra al judaísmo?) y luego, enseguida comenzaremos a sentir que se ha perdido contracción, vértigo, cuando la componenda escore del lado de disquisiciones como «el sentido del deber», la crisis de pareja o, más todavía, cuando ya no se puedan comprender, desde ningún lugar, los alegatos del psiquiatra en términos de ética personal o amparos en códigos deontológicos para no testificar y mantener el secreto profesional. (De hecho, suena un tanto ingenuo que, en un caso de crimen violento múltiple, la justicia no obligue, de facto, a romper el secreto profesional. Será porque todo es demasiado estadounidense). Para ser médico, el protagonista parece saltarse por los aires aquello del primun non nocere (incluso a uno mismo). Nos preguntamos por qué el psiquiatra parece no querer percatarse de que su cliente ha matado a diez personas y, quizá, su testimonio pueda ayudar a las familias de las víctimas. Cualquier espectador/a, un poco avispado/a, se adelantará a un cierre decepcionante de la pieza. No diremos cuál, pero deja poco espacio reservado al asombro. No nos interesa tanto el efectismo del final como todo el desarrollo hasta llegar hasta ese punto. Y ese viaje, resulta, debemos decirlo, bastante falto de interés. La obra no posee una dramaturgia que enganche, que reclame demasiado la atención y, al contrario, despista y genera perplejidad por cuanto posee de «totum revolutum».

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En lo que ocupa a las interpretaciones, nada que suscite la apasionada defensa en este apartado. Pepón Nieto y Ana Fernández, como protagonistas, dibujan dos personajes demasiado aferrados a lo encorsetado de una trama que los enclaustra, que les impide generar arcos de acción más persuasivos y sugerentes. Nieto, además, se mueve en otro registro un tanto bufo que, por momentos, mueve a su personaje hacia una comicidad bastante inoportuna.

No nos convencen demasiado, en ningún caso, y sus roles son correctos, sin más, así como los de los otros personajes (Magüi Mira y Miguel Hermoso). Todos y todas, un tanto ajustados a una interpretación engolada y afectada. No hay brillo alguno sabiendo que estamos ante actores y actrices que podrían brillar. ¿Un problema de dirección? Reconozcamos, vaya por delante, la parte de «culpa» que el texto sí tiene sobre este punto. En la parte de escenografía, a cargo de Curt Allen Wilmer, la estética está bien resuelta y se nos presenta interesante: una inmensa librería como telón de fondo. La sabiduría como metáfora. Lo que está en los libros como ejemplo de progreso, de cultura frente al negro sobre blanco de los periódicos.

En su obra «Los tres usos de un cuchillo», Mamet afirma que «cuando uno entra en el teatro, debe estar con el ánimo dispuesto a decir: “Nos hemos reunido todos aquí para experimentar una comunión, para descubrir de una vez qué es lo que pasa en este mundo”. Sin esta disposición se obtiene entretenimiento y no arte (y un entretenimiento bien pobre, por cierto)».

Nosotros entramos con ese ánimo, dispuestos nada más leer la sinopsis, nada más leer que el texto pertenecía Mamet, pero salimos sin descubrir nada de lo que pasa en este mundo. La comunión, ciertamente, no llegó nunca.

 

LA CULPA

 

PUNTUACIÓN:  2 CABALLOS Y 1 PONI.
Se subirán a este caballo: Quienes acudan buscando al Mamet de «Glengarry Glenrose».

Se bajarán de este caballo: Quienes acaben encontrando al Mamet de «Muñeca de porcelana».

***

FICHA ARTÍSTICA

Autor: David Mamet
Dirección: Juan Carlos Rubio
Versión: Bernabé Rico

Reparto: Pepón Nieto, Ana Fernández, Magüi Mira y Miguel Hermoso.
Diseño de escenografía: Curt Allen Wilmer (aapee con EstudioDeDos)
Diseño de vestuario: Pier Paolo Alvaro
Diseño de Luces: José Manuel Guerra
Producción ejecutiva: Bernabé Rico

Una producción de: Tal y cual
En coProducción con Pentación, Alegría Producciones y NIKI

 

Una crítica de @EfejotaSuarez

francisco-javier-suarez

 

En facebook: https://www.facebook.com/www.mireinoporuncaballo.blog

 

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