LOS AMOS DEL MUNDO

Un joven, que espera el metro camino del trabajo, se encuentra con una chica que amenaza con tirarse a las vías del tren. Él la convence para que no lo haga y, a partir de ese episodio, el joven se replantea por entero su vida y su escala de valores. Decide abandonar su trabajo y comenzar a vivir de acuerdo con otras reglas, otros códigos.
Esta podría ser la sinopsis de «Los amos de mundo», que se ha podido ver en la Sala Mirador de Madrid, y fue el texto ganador del Premio Calderón de la Barca de teatro, en el año 2015, firmado por Almudena Ramírez-Pantanella.

Siempre acudimos a gusto a la Sala Mirador porque nos parece un espacio muy acertado. Nos fijamos en esta pieza con especial interés en el texto y nos dejamos llevar por las descripciones del jurado cuando otorgó el premio. Destacaban, entre otras cosas, que el texto mostraba «el retrato de la subjetividad extrañada de la juventud, además de poseer un planteamiento escénico innovador y una interesante combinación de elementos de dramaturgia clásica y contemporánea». No dudamos que, para el jurado, la lectura de «Los amos del mundo» suscitase todo ello y sabemos lo difícil que resulta materializar, a menudo, voces muy personales que sobre el papel cumplen con las expectativas de una lectura pero que a la hora de pasar a ser representadas, no mantienen la misma coherencia.

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El teatro es acción y discurso. Mensaje y lenguaje. Nos gusta el teatro discursivo, sí, siempre que evoque, que sugiera, que vuele poéticamente. Comprendemos las dificultades de que se conjuguen varios elementos para lograr el acierto: una historia/trama/fábula, unas interpretaciones convincentes o verosímiles o genuinas y una escenografía al servicio de todo ello. Resulta complicado pero, desde luego, no es imposible.

En el caso de «Los amos del mundo» de Ramírez-Pantanella, autora y directora de la pieza, los elementos no parecen haberse conjugado bien. El resultado queda empobrecido quizá por una errada mezcla.
Por un lado, la historia que se representa tiene enormes altibajos. Hay momentos en los que repunta cierto interés pero, en términos generales, el texto se nos presenta inconexo o, si se quiere, insustancial en términos de tesis. No damos con el lenguaje ni con el mensaje.

No logramos comprender hacia dónde quiere ir la historia ni cuál es la motivación de la autora. Si la tesis persigue, realmente, abordar una etapa vital, una crisis existencial en un joven inmerso en un sistema neoliberal del que se siente rehén, decididamente, el planteamiento se nos hace forzado y, en un momento dado, parece discurrir por otros derroteros. Descubrimos, por ejemplo, un exceso de narrativa consignada a la relación del joven protagonista con una chica a la que conoce. Exceso en la medida en que la escena del encuentro de ambos en una azotea se hace dilatadamente tediosa.

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Quizá se quiera hablar de lo existencial en términos no universales sino particulares, pues asistimos a la historia de la relación de este joven con sus amistades, su madre, su padre y sus relaciones de pareja. Y, aún siendo esta la tesis de la obra, detectamos cierta mirada manoseada, redundante. No obtenemos ninguna poesía y los símbolos, si los hay, nos resultan mal aprehendidos.
De acuerdo. El texto no nos convence del todo pero tampoco ese es su único cometido. Valoremos las interpretaciones: estas, son otro palo bajo las ruedas que hace que la historia se resienta.
No destaca ninguna actriz o actor en las diferentes escenas y la sensación que nos queda es de invariabilidad. De monocromía. Los parlamentos del actor que representa al padre y a un homeless son harto difíciles de dilucidar pues la dicción no es clara.
Nos gusta, debemos señalar, cuando la autora franquea su historia con la aureola del humor negro y la comedia irónica (véase ese matrimonio que ha adoptado a un perro como reemplazo del hijo que se ha ido de casa o cuando observamos a la madre, que representa la actriz Beatriz Bergamín, en la tesitura sadomasoquista).

La pieza cae en lo afectado cuando se hace autoconsciente y derrapa en el territorio del drama. Si por algún ángulo vemos fortalezas es por el ángulo de la comedia negra, es decir, cuando la obra se deshace del drama.
La impresión, tras acabar de ver el conjunto, es que en «Los amos del mundo» hay algo fallido, desigual, desconcertante en su resultado final. Algo parecido a cuando leemos y vemos la receta de un postre con muy buena pinta y, horas más tarde, sacamos la tarta del horno hecha un desastre. Una extraña falta de conjunción entre los ingredientes que hace que la propuesta, que a priori se nos hacía sugerente, se quede en un ejercicio poco o nada estimulante.

LOS AMOS DEL MUNDO

Se subirán a este caballo: Quienes valoren propuestas embrionarias y amantes de los work in progress.
Se bajarán de este caballo: Quienes busquen un teatro bien hilvanado, al que no se le vean las costuras.
PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS.

***

Ficha Artística:
Autora: Almudena Ramírez-Pantanella.
Directora: Almudena Ramírez-Pantanella
Intérpretes: Beatriz Bergamín, Elena Diego, Ángel Savín, Miguel Valentín y Carlos Ventura.
Ayudante de dirección y producción: Lita Echeverría.
Escenografía: Manuel García Tages y Lita Echeverría.
Vestuario: Claudia Pérez Esteban
Iluminación: Raquel Rodríguez
Sonido: Jaime Aroca.

Reseña de @EfejotaSuarez

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