ESCENAS DE LA VIDA CONYUGAL. Darín y Pietra. Dos tigres de ternura.

Se preguntaba Strindberg si «¿Existe algo más terrible que un hombre y una mujer que se odien?» La respuesta depende de a quién se lo preguntemos. En «Escenas de la vida conyugal» hay un hombre y una mujer que parecen odiarse, por momentos, sobre todo cuando dejan de aferrarse a un amor que parece atravesar toda la historia. Un amor fusional, capaz de autoregenerarse como las estrellas de mar  cuando le cortan un brazo. «Escenas de la vida conyugal»  es la obra que interpretan Ricardo Darín y Andrea Pietra bajo la dirección de Norma Aleandro y que puede verse en la sala roja de los Teatros del Canal desde el 20 de septiembre hasta el 22 de octubre.

Basada en la obra cinematográfica de Ingmar Bergman, luego adaptada al teatro por  el propio autor, podríamos decir que estamos ante un drama vestido con algunos artificios de comedia. O más que comedia, de ironía.

La obra comienza con una conversación en el dormitorio de la casa de los dos protagonistas. Es por la mañana. Hablan sobre una comida que en breve tendrán con los padres de ella. Hasta ahí todo normal, en cierto modo aburguesado, costumbrista. La conversación sobre la comida familiar no es más que el pretexto de ella para poder hablar con él de cómo su pareja se ha ido domesticando. Adocenando. De cómo su pareja se ha ido instalando en lo que hoy convenimos en llamar zonas de confort: todo está milimetrado, agendado y no queda tiempo para salirse de esa cuadrícula. Este es el punto de arranque de la obra que nos va a relatar en una serie de escenas, diferentes momentos de la vida de esa pareja en el devenir de su relación. Momentos que van desde la versión de la pareja apasionada y arrolladora hasta la versión de esa misma pareja en horas bajas.

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Uno podría pensar que el tema está retratado hasta la extenuación en cine y en teatro o en literatura y, si bien es cierto, también hay que señalar que pese a ser una obra estrenada hace más de 30 años, no ha perdido vigencia. Estamos ante un texto acertadísimo y con una capacidad de hondura poco habituales. Quizás sea Annie Hall de Woody Allen otro de esos arquetipos en torno a la pareja con una impronta similar al largo viaje hacia la las profundidades de una pareja que emprende Bergman en «Escenas de la vida conyugal».

Dice la antropóloga /bióloga Helen Fihser que «si alguien es único en su vida y usted se centra en esa persona, es porque el sistema de dopamina se ha activado». Una reducción a explicación científica de lo que ocurre en un cerebro enamorado. Ojalá fuese tan sencillo de entender el amor y el desamor. En «Escenas de la vida conyugal» la cuestión relevante no es la química cerebral sino el análisis de los apegos, de los vínculos que creamos y que a veces son más fuertes que esos nudos hechos con cuerdas capaces de retener un barco mercante amarrado en un puerto.

No están todos los que son pero son todos los que están los temas de Bergman: la soledad, la falsedad, la familia o el matrimonio como disfraz social, la impotencia, el odio, el miedo a que escape la ternura. Es esta, la ternura, un sentimiento más potente que la pasión, y que el deseo, desde donde brotan todos los tentáculos posibles de una relación que quiera poder avanzar soportando el desgaste. Es el mensaje más patente de la pieza. Examinando la historia de esta pareja, tras años de convivencia, la conclusión bien podría ser que sólo la ternura posee el antídoto para salvaguardarnos de una muerte sentimental dolorosa y retorcida. Todas las parejas parecen abocadas a la pérdida del deseo, de la pasión, de los apetitos, de la dopamina, que diría la doctora Fihser pero ¿qué dice la ciencia a propósito de la ternura? Poco dicta la ciencia sobre este particular que no sea hablar de los sucesos internos que se producen en nuestro torrente sanguíneo pero sí hablan sobre ella los pensadores, los intelectuales.

Dice por ejemplo Kundera que la ternura es «un descanso del cuerpo, de la mente y del espíritu. Lo contrario a la ferocidad». O concluye Roland Barthes que «la ternura nos encierra en la bondad mutua y es capaz de materializarnos mutuamente. El lugar donde necesidad y deseo se reúnen». Grandes y poderosas verdades, más poéticas que hablar de dopamina.

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Pero para poesía y verdad, la que se puede ver sobre el escenario: dos portentos de la interpretación. Un pulso exquisito nada desigual en el que tanto Andrea Pietra como Ricardo Darín luchan cabales, íntegros, magnánimos. Hacía tiempo que no veía una interpretación tan valiosa y tan valiente. Cada escena es un tour de force, si bien la luz de ambos se hace poderosísima cuando el texto los lleva a ambos por los recovecos de una relación que hace aguas, que parece estar agotándose, auto aniquilándose. Es cuando vemos que la estrella de mar le cuesta dificultad engendrar un brazo que le ha sido arrancado, ahí, en esa tesitura, es donde el tándem explosiona, brilla y arroja una luz de supernova tan hermosa que hiere, traspasa.

Me pregunto qué don posee Ricardo Darín que le hace ser el gigantesco actor que es. ¿Cómo se puede dejar una estela tan palpable de autenticidad al paso de una interpretación sobre un escenario? En «Escenas de la vida conyugal» Darín es verdad todo el tiempo, tanto cuando el personaje pide arrebato o patetismo como cuando reclama mesura, ironía, autoanálisis; pareciera que declamase su pequeña gran historia sagrada, su propia leyenda local. Este hombre tiene el poder de la fascinación, el poder del encantamiento que provoca lo genuino. No se puede ser tan bueno y guardarse la fórmula. O sí, faltaría más. En su pugna con Andrea Pietra ella no sale mal parada. Es una actriz espléndida. Locuaz, pertinente, capaz de enajenarse o de mantener la compostura en su rol de mujer enamorada, lejos de pulsiones, en clara travesía hacia la ternura como destino —con parada— para lograr salvación del otro y de uno mismo dentro de una relación.

La obra está depurada de sentimentalismos, quizás sean las primeras escenas las más aburguesadas. Discurre sin falsa inocencia, sin moralismos, no hay aquí dos asnos tontorrones jugando al juego del amor, sino una actriz y un actor soberbios que nos hacen ver que la ternura hacia otra persona es posible y cae fuera de cualquier tiempo. Una historia de una mujer y un hombre que se han proyectado tanto en el otro que, cuando piensan que pueden perderlo, se aferran al superávit de un amor que fue próvido. Es la pareja de esta «Escenas de la vida conyugal» una pareja ungida por la fruición del amor. «Dos tigres de ternura», que diría Borges. O dos personas aprendiendo a cabalgar el mismo tigre que es el amor, el afecto, el cariño.

«Yo hablo y tu entiendes, luego existimos» decía el escritor francés Francis Ponge. Y cuando el otro ya no entiende solo algunos, unos pocos elegidos, son capaces de salir del túnel y de decirle al otro: recomencemos. Sí, recomencemos.

 

«ESCENAS DE LA VIDA CONYUGAL»

Autor: Ingmar Bergman

Intérpretes: Ricardo Darín y Andrea Pietra

Dirección: Norma Aleandro

PUNTUACIÓN 5 CABALLOS

Reseña de @EfeJotaSuarez

 

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