APARECE UN CORAZÓN EN UN DESCAMPADO.

John Ford, no confundir con el director de cine, es un autor de teatro Isabelino nacido en 1586 que escribió sus obras de teatro en los últimos años de su vida pues se inclinó antes por la poesía. La mayoría de sus obras teatrales son tragedias y, sí, como autor de teatro en la época de Isabel I de Inglaterra,  vivió a la sombra de otros nombres ilustres de aquel momento histórico, como Cristopher Marlowe y fundamentalmente a la alargada sombra de William Shakespeare.

Una de las obras más conocidas de John Ford es «Lástima que sea una puta» que es la obra en que Itxaso Larrinaga y producciones Kepler se han basado para elaborar su propia creación para el ciclo Clasicoff (V festival experimental de teatro clásico de Madrid), celebrado hasta finales de julio en Nave 73 de Madrid, bajo el título “Aparece un corazón en un descampado”.

La premisa se mantiene. En la obra de Ford se cuenta una historia trágica, casi a lo Woyzeck, de una relación amorosa entre dos hermanos que no llega a buen puerto. Aquí, en la propuesta de “Aparece un corazón en un descampado”, la relación incestuosa mantiene su importancia dentro de la trama pero sin duda es menos efectista pues el momento histórico no tiene nada que ver con el del autor inglés que escribió su pieza en un ambiente mucho más hostil moralmente, en pleno período victoriano (el título se llegó a cambiar en aquel entonces sustituyendo la palabra «puta» del título por «ramera»).

En la creación de Itxaso Larrinaga la tragedia es rasurada y toda la obra se acicala para aparecer presentable ante la posmodernidad.

No es este un hándicap pues la propuesta está bien estructurada en muchos aspectos. Por ejemplo la coreografía de Marta Pizarro Pérez y la escenografía de Berta Navas son de elogiar.

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Hay una gran poética recorriendo la obra en algunos momentos, unos más chirriantes que otros, destacando especialmente para bien algunos de los soliloquios «ad hoc»; tal es el caso del soliloquio en el que se habla de cómo tras cada decisión nace un universo o la descripción sin cortapisas a propósito de lo difícil que es arrancar un corazón humano de su caja torácica.

La propuesta se hace agradable visual y escénicamente pero hay algo que quizá le sobre a la misma, algo de lo que uno echa en falta que se desprenda. Se trata de un exceso de localismo y de humor nada sutil cuyo resultado sobre el conjunto se salda con un descompensado equilibrio entre lo trágico, que falta, y lo caricaturesco o bufonesco, que sobra.

Entendemos que John Ford escribió su obra teniendo presente, desde luego, la mirada de la provocación. Ser reaccionario era fundamental para una sociedad que se reprimía y se contenía por imposición. Pero ¿cuál es aquí la provocación? ¿Lo reaccionario? Podemos hacernos esta pregunta y cada cual dará su respuesta. El incesto ya no es un tema tan controvertido ante una mirada posmoderna donde los amores son líquidos. Estamos acostumbrados a verlo en películas o en series de ficción (Passolini ya rompió cualquier molde al respecto).

Por otro lado, ¿es quizás la parodia y la caricatura, en este particular, el intento de ser provocador?  Pareciera, si fuese así, que no acabase de ajustarse bien al esqueleto de la obra.

Ni Manolo Escobar, ni las referencias pseudo camp a «Juego de Tronos» o a los koan del budismo Zen mezclados con Jesulín de Ubrique, salvando las distancias, ayudan a componer un material consistente que no huela a exabrupto en muchas ocasiones.

Con todo, y dentro del marco de experimentación la pieza queda legitimada y posee una fuerza extraña que puede convencernos de la posibilidad de sus materiales si se perfilan de otro modo.

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Ford era penetrante en su escritura. Calaba hasta el hueso a sus personajes que en «Aparece un corazón en un descampado» campan más a sus anchas como si habitasen un tebeo antes que una dramaturgia. John Ford era, eso dicen, un melancólico desaforado, de un lenguaje formal tan claro como las estrellas en una noche helada.

A “Aparece un corazón en un descampado» se le elogia el querer redescubrirnos a John Ford, el dramaturgo isabelino, se le elogia el intento por experimentar con un texto de tanta hondura, tan hosco como refinado; la apuesta por el sentido del humor sobre una cuerda floja sin red, aunque a menudo haya caídas, y las dosis de buen rollismo a lo new age por parte de un joven elenco de actores y actrices intentando levantar esta espada artúrica incrustada en la roca. Tarea muy desafiante.  Retadora.

Como hacía Banksy con sus intervenciones sobre los cuadros de Constable o de Turner, metiendo en medio de una bucólica campiña inglesa un coche destartalado, podríamos decir que Itxaso Larrinaga ha hecho su intervención. Lo único que se resiente  aquí es que en este caso se haya metido un montón de coches destartalados haciendo muy difícil ver la campiña.

 

APARECE UN CORAZÓN EN UN DESCAMPADO

Autor: John Ford (Lástima que sea una puta)

Dirección: Itxaso Larrinaga

Ayudante de dirección: Carmen Gil

Elenco: Bentor Albelo, Sergio Doblas, Olga Hernández, María Pizarro-Pérez, Juan Carlos de la Vega

Coreografía: María Pizarro-Pérez,

Diseño de iluminación: Álvaro Guisado

Vestuario: Ana Pizarro-Pérez

Escenografía: Berta Navas

Diseño gráfico y audiovisual: [la dalia negra]

Texto y producción: Producciones Kepler

Fotogragía: Ana Pizarro Photography

Reseña de @EfeJotaSuarez

PUNTUACIÓN: 3 Caballos.

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