MATRIOSKA: la madre que habita en todos nosotros

 

Una Matrioshka,  —Sí, ya sé que lo saben— es un conjunto de muñecas tradicionales rusas cuyo diseño consiste en estar huecas por dentro y en su interior alojar una nueva muñeca, más pequeña, y esta a su vez otra muñeca más pequeña y, así, sucesivamente.

Matrioska es también el nombre de la reciente propuesta que puede verse en la Sala Mínima de Madrid. Obra que se alzó con el premio de segundo finalista en el certamen de Nuevos dramaturgos, en su segunda edición, convocado por la misma sala para dar voz a nuevos talentos de la escena contemporánea.

El texto —escrito por Gabriel Fuentes y dirigido por Óscar Pastor— posee hechuras de fábula y cuenta con un bastidor poético penetrante para el espectador.

Sobre el escenario, la narración textual parece tomar prestado el minimalismoe autores como el noruego Jon osse, uno de los autores más importantes del teatro contemporáneo cuyos textos son propensos a la economía de lenguaje y poseen subtextos poderosos.

La fábula en Matrioska tiene su epicentro en la trata de mujeres, y en la esclavitud sexual.

Dos hermanas: una de ellas regresa a la casa familiar tras lo que parecen años de ausencia. Viene acompañada de un hombre, que no es sino el heraldo de algo terrible que está a punto de suceder. Un hombre que promete la absolución y la emancipación, un hombre que engatusa a la otra hermana para que abandone su casa en busca de una vida mejor, igual que en su día hizo la que ahora regresa. Un hombre que representa bien aquello que decía la escritora y activista Margaret Atwood: «los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres tienen miedo de que los hombres las asesinen» o las exploten, o las torturen, como es el caso. Este es el hombre que aparece en la obra: ese hombre­—persona non grata ara el resto de los hombres­— de apariencia fuerte y acorazada que no es más que un fraude pues, en el fondo, es de esos hombres que temen que las mujeres se rían de ellos. Qué otra cosa si no uede ser un proxeneta.

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Y detrás de este bosque neblinoso de promesas que porta el recién llegado, encontramos su contrapunto: la figura de la matriarca, cuya presencia —lorquiana— tensará el conflicto entre ambas hermanas: la que se quedó en casa velando a la madre, abrumadora, y la que en su día partió a lomos de un lobo feroz con andares de macho alfa y ropas de cuero.

Nos percatamos enseguida de que en Matrioska hay una galería subterránea de activismo, bien atrincherado en el relato, sutil en la propia escritura, pero explícita y hábilmente mostrado, desde el primer minuto de la función, en la potentísima imaginería de la puesta en escena.

El espectador no se verá forzado sino, antes bien, comprometido a desenredar una admirable madeja n la que la danza, la coreografía, el sustrato poético de la música y los gestos de las actrices, y el actor, pesan tanto o más que la propia palabra dicha.

Y en estas coreografías, disparadoras de momentos de belleza extraordinariamente delineados, es donde la obra despunta y eleva el vuelo.

Parémonos por un momento en  el ejercicio de la repetición  como artefacto estilístico que atraviesa toda la pieza. La repetición queda bendecida en Matrioska con la fuerza de un estribillo atronador, de un mantra que apela directamente al espectador queriendo apuntarle que la justicia —poética— tiene nombre de mujer y nunca se olvidará de los agravios causados a tantas de ellas.

Las actrices, todas ellas jóvenes, encarnan, con fuerza, diferentes y sustanciales roles: algunas de coros griegos, otras de protagonistas de la tragedia que se avecina; todas coherentes pues, cada una de ellas, resuelve con eficacia un proyecto delicado y frágil en su composición.

Parece una tarea compleja hablar, en una sola obra, de tantos temas: la trata de mujeres, la esclavitud sexual, el sometimiento, el aislamiento, la soledad; hablar de esos campos de concentración abiertos que son los prostíbulos, de las torturas que perpetran los proxenetas, de la maternidad y la familia; de esos lazos invisibles que no se cortan tan fácilmente como un hilo de lana. Y, sin embargo, en Matrioska, la dirección de Óscar Pastor lo consigue con matrícula de honor.

En su libro Ninguna mujer nace para puta María Galindo y Sonia Sánchez, dos escritoras y activistas del asunto de la trata de mujeres y la prostitución, dicen que «la soledad de la esquina de la mujer que se prostituye nada tiene que ver con la soledad de la esquina de la vendedora ambulante». arece ser algo que la dirección de Matrioska ha comprendido a la perfección pues, en la obra, gran parte de los recursos escénicos y estéticos están al servicio de una poética de la soledad, de una narrativa de la vulnerabilidad, para transmitirnos el dolor gigantesco que supone la sumisión.

Nada más empezar, la historia nos sitúa en un bosque de neblina y en él nos adentramos; un bosque cuyos troncos de los árboles no vemos pero sabemos que aprisionan y asfixian.La fantasmagoría creada nos incluye como espectadores y logra a la perfección el objetivo de plasmar toda esa irrealidad del hecho de la esclavitud sexual: la anulación de la voluntad y la confusión que concede el sentirse excluido de uno mismo, casi hasta la mudez, subyugados los actos a automatismos, dejando que sea el proxeneta el que tome la palabra —en lugar de hacerlo el títere al que se ha reducido el cuerpo y el alma de tantas mujeres explotadas—.

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Una de las dos hermanas, la que regresa tras años de ausencia, papel en manos de Elena Rey, es un fiel boceto de la voz de una mujer a la que solo le queda la mentira sobre la base del miedo y la humillación. La mentira como refugio prolongado para sobrevivir. La otra hermana, ingenua y deseosa de abrirse a un mundo de afectos que parecen haberle sido negados, se deja arrastrar por la burbuja de un horizonte idealizado.

Con todo, y pese al dolor plasmado, la pieza se transforma, hacia el final, en una espléndida y necesaria invocación feminista y humanista que nos incluye a todos y cada uno, seamos hombres o mujeres, bajo el hueco enorme de la figura de la madre. Aquí, la madre de ambas hermanas va más allá de un hecho particular y su presencia se convierte en un universal. La madre es en Matrioska todas las madres o, lo que es lo mismo, esa primera pieza del juego de muñecas rusas que contiene a todas las demás piezas más pequeñas. La madre que habita en todos nosotros: la impronta de la relación materno-filial que consigue emocionar siempre pues está en nuestros huesos, en nuestro instinto más atávico.

Quedarán para el recuerdo muchas imágenes de esta hermosísima y tenaz ópera minimalista. Imágenes como la del laberinto de hilos de lana roja  —que es también imagen del cartel de presentación—con el que la madre guarece a una de sus hijas para evitar que la vida se la arrebate de nuevo a manos de un proxeneta. Paroxismo poético virtuosamente logrado; este momento de la función desborda emoción al igual que otros tantos: véase, por ejemplo, el momento en que la palabra madre es dicha y repetida varias veces por una de las hermanas que se arrastra por el suelo, el momento de una coreografía con zapatos de tacón —delicatesen— o el instante, de absoluto lirismo, en el que la madre despliega su vestido negro y da cobijo no solo a sus hijas sino a todas las hijas, a todas las mujeres heridas y dañadas por la historia. Momentos, todos ellos, que logran poner un nudo en la garganta y hacernos rehenes de emociones que escapan a cualquier control.

Solo podemos congratularnos de la existencia de salas omo la Sala Mínima y directores de escena como Óscar Pastor, así como enorgullecernos por el talento de textos de nuevos dramaturgos que consiguen, saliendo airosos, asombrar y arriesgar a partes iguales.

Matrioska viene a susurrarnos que la tarea de una madre nunca se acaba. Que podemos calentar mil veces la cara en su pecho, en su regazo, ya seamos niños o adultos perdidos en un bosque donde los lobos campan a sus anchas, donde la niebla deforma cualquier horizonte. Viene a susurrarnos, a todos, que las mujeres deben negarse a ser sumisas y crédulas y que el mundo entero debe saber que, aunque no todas las mujeres conciban hijos, todas y cada una de ellas concibe algo igual de importante: ideas. Un mundo sin ellas no vale nada.

Matrioska nos dice también que siempre, sí, siempre, siempre —da igual quién te agarre para impedirlo— se puede comenzar de nuevo.

MATRIOSKA

Autor: Gabriel Fuentes

Dirección: Óscar Pastor

Interpretada por: Manuela Morales, Elena Rey, Charo Gabella, José Juan Sevilla, Violeta Guindal, Macarena Calvo, Dolores Cardona.

Coreografía: Xus de la Cruz

Música original: Pablo Cediel

Vestuario: Rocío González

Iluminación: Carlos Ruíz

Fotografía: José Reguera

Gráfico: Kahlo

Producción: Lanau Escénica y Morcillo González

Reseña de Caballo Perdedor. 

 

1 Comment

  1. Gracias por venir a vernos, por tu sensibilidad, por tu entrega y entendimiento y por su puesto por este maravilloso texto sobre Matrioska. Charo Gabella.

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