El 18 de septiembre de 1814 arrancaba, en la ciudad de Viena, un encuentro internacional convocado con el objetivo de redefinir las fronteras europeas tras la caída de Napoleón. El encuentro se prolongó durante meses, desde septiembre de 1814 hasta junio de 1815 y, según se cuenta, los asistentes ya no distinguían entre cuándo estaban trabajando y cuándo celebrando.
Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Le congrès ne marche pas» que, como creación de La Calórica, con texto de Joan Yago y dirección de Israel Solá, nosotros pudimos ver en la Sala Principal del Teatro Valle-Inclán, del CDN, en Madrid.

El Congreso de Viena tenía dos pretensiones claras: la de repartir el pastel territorial (sobre todo entre las naciones más interesadas en sacar buena tajada, véase Gran Bretaña o Rusia) y la de hacer regresar a Europa a los valores del Antiguo Régimen (una especie de MEGA en vez de MAGA, esto es: Make Europe Great Again).
Todo el tinglado del Congreso fue organizado por el emperador Austríaco Francisco I que, tal vez, esperaba que solo se juntasen las potencias ganadoras y que su encuentro en Viena no despertase las ansias del resto de países europeos, entre ellos España, claro. Al final, el congreso se fue transformando más en un banquete opíparo donde la burocracia y la política parecían ir quedando a un lado permitiendo que las partes festivas y lúdicas se erigiesen en las protagonistas en el contexto de una mal llamada «Europa de la restauración» que vivía ajena al juego de humo y espejos que ella misma había construido a su alrededor.
La pieza de La Calórica no está pensada para aclararnos o describirnos qué ocurrió en aquellos años que se prolongó el Congreso sino para compendiar, conceptualmente, de forma eminentemente visual, la decadencia de una clase política que odiaba la revolución y sus potencialidades y que aunaría fuerzas para crear una Santa Alianza que instaurase el absolutismo en todos los territorios europeos. Por el escenario desfilan algunas de las figuras más destacadas de aquel congreso de Viena y se recoge la quintaesencia de misticismo, jolgorio y veleidades que allí tendrían lugar.

Entre los personajes más destacados que se pasean por la escena se encuentran el del omnipotente ministro Klemens von Metternich, convencido partidario del Antiguo Régimen, el personaje de Talleyrand, antiguo ministro de Napoleón que, como brillante político, logró, pese a la animadversión, que en Europa se acordase respetar a Francia o que se apuntalase la titularidad borbónica del trono francés (el mérito sería lograrlo con un borbón de los de ahora). También destaca la figura del enviado por el Rey Español Fernando VII: el Marqués de Labrador que acudiría con la intención de que Francia se hiciese cargo de los costes de una guerra de ocupación francesa que había dejado asolada a España en la miseria y sin territorios como La Luisiana (en EE.UU) y otros territorios italianos.
Nada conseguiría para España el Marqués de Labrador que según palabras del Duque de Wellington, presente en las negociaciones, era «el hombre más estúpido que había visto en su vida». La diplomacia española enviada carecía de poder de convicción y el Marqués de Labrador no era capaz de moverse con soltura en aquellas lides repletas de bailes, óperas, banquetes, cacerías y golferío hedonista (ay, cómo de rancia ha sonado esta última expresión). Téngase en consideración que las mejores negociaciones se lograban más en las reuniones sociales que en las reuniones políticas formales. Y entre tanto cosmopolitismo y tanto minué y minué, el tal Marqués de Labrador acabaría haciéndose invisible hasta para el propio Talleyrand que era al que más le habían hecho la cruz en el Congreso.

De la propuesta de La Calórica nos gusta su sentido de la oportunidad puesto que esta pieza contiene un artefacto crítico de impacto. Nos hace reflexionar hasta qué punto es inevitable pensar en los paralelismos de ese Congreso de Viena y en la frase adjudicada a Charles-Joseph Ligne (séptimo príncipe de la casa de Ligne, además de diplomático, mariscal, escritor o bon vivant) y que da título a la obra: «Le congrès ne marche pas, il danse» («El congreso no avanza, baila»). Y la reflexión nos conduce a imaginarnos tantos y tantos grandes congresos organizados por organismos grandilocuentes como la OTAN o la ONU y a reparar en sus nulos avances alcanzados en torno a cuestiones fundamentales de paz, de condena de crímenes de guerra, de sanciones a países gobernados por sátrapas y autócratas. Cuántos de esos congresos actuales parecen diluirse en la nada más decadente, en el vodevil de la apariencia del voto, en las coreografías del veto.
Discurre en paralelo al Congreso de Viena la poética idea de que en un lugar remoto está teniendo lugar la erupción de un volcán. Se trata de la descripción, un tanto mistificada, de un caso real: el de la peor erupción en tiempos modernos provocada, en 1815, por el volcán Tambora, en la isla indonesia de Sumbawa. Su bruma y su estela llegó a lugares del otro extremo del mundo. Tanto es así que llegaría a inspirar a pintores como J. M. W. Turner (solo hay que ver su cuadro «Canal de Chichester» para captar cómo la bruma del volcán encapotó los cielos del hemisferio norte) y es, además, el famoso volcán que hizo que las temperaturas se desplomasen y que no dejase de llover en meses en el año 1816, lo que llevaría a una serie de amigos ingleses (Percy B. Shelley, Mary Shelley, Lord Byron o John Polidori) a encerrarse a escribir relatos de terror en Villa Diodati, en Ginebra. Recordemos que ahí nacería el relato de «Frankenstein«. Nada más y nada menos.
Por desgracia, el asunto del volcán discurre con cierta ambigüedad entre los tupidos velos del Congreso de Viena y solo parece un acto poetizado. Hubiese sido más coherente emplear tal metáfora para enriquecer la propuesta dejando al margen la aparición de otro episodio, éste más metido con calzador, en medio de la propuesta. Nos estamos refiriendo a una comparecencia de Margaret Thatcher dando un discurso alrededor de los valores y la moralidad del conservadurismo y contra el socialismo. No parece que quede demasiado hilvanado a no ser que lo examinemos como un capricho de quienes han escrito el texto eligiendo a Thatcher como paradigma de una lideresa que encarna la quintaesencia de aquella Europa contrarevolucionaria que esperaban que emanase del Congreso de Viena. Thatcher representaría el epicentro del pensamiento neoconservador, la negación de la redistribución de la riqueza y la abolición de la justicia social.
Es justamente esa idea, la de la justicia social junto a la idea de la desobediencia civil, de la rebelión, de la llamada a hacer siempre una revolución y no dejarnos domesticar, la que mejor dibujada queda en la pieza cuando, llegado el final, en otra escena que nos acerca a los tiempos que vivimos, observamos cómo un hombre se rebela frente a los que siempre esperan que las cosas sigan su curso tal y como entienden que deberían ser por sus privilegios de clase. La lección es entonces la siguiente: cómo de necesario es que entendamos la importancia de rebelarnos frente al poder, frente a las élites.
Por desgracia, el día en que se escribe esta crítica, la reelección de Donald Trump, al que los votos de los hombres, de los hispanos y de los ciudadanos y ciudadanas sin estudios han encumbrado (siendo éste un multimillonario más cercano a un zar ruso que a un obrero), nos hace repensar que, aún son muchos, los que se preguntan si «la révolution ne marche pas non plus?» (¿la revolución , acaso, tampoco funciona?). ¿Será una cuestión de subir el volumen a la música que están bailando los poderosos? Qui le sait?
LE CONGRÈS NE MARCHE PAS
PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes disfruten con performances con crítica política y social de base.
Se bajarán a este caballo: Quienes pierdan interés en un prólogo demasiado extenso.
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Ficha artística
EQUIPO
Creación
La Calòrica
Texto
Joan Yago
Dirección
Israel Solà
Reparto
Roser Batalla, Joan Esteve, Xavi Francés, Aitor Galisteo-Rocher, Esther López, Tamara Ndong, Marc Rius, Carles Roig y Júlia Truyol
Voz en off
Vanessa Segura
Voz en off francesa
Corentine Sauvetre
Espacio escénico
Bibiana Puigdefàbregas
Iluminación
Rodrigo Ortega Portillo
Vestuario
Albert Pascual
Espacio sonoro
Guillem Rodríguez y David Solans
Caracterización
Anna Madaula
Coreografía y movimiento
Vero Cendoya
Traducción y asesoría fonética en francés e inglés
Julia Calzada
Traducción y asesoría fonética en ruso
Gerard Adrover y Yulia Karaganova
Asesoría de canto coral
Laia Santanach
Ayudante de dirección
Pau Masaló
Ayudante de escenografía
Alba Paituví
Ayudante de vestuario
Elisabet Rovira Ribas
Jefa de producción
Roser Soler
Comunicación La Calòrica
Marta Fernández Martí
Sobretitulación
Julia Calzada
Jefe Técnico
Jordi Llunell
Estudiantes en práctica
Andrés Galián (Xarxa de productores) y Leonardo Vicente (Institut del Teatre)
Construcción de escenografía
Carles Piera
Construcción de vestuario
Gustavo Adolfo Tarí
Construcción de luces de proscenio
Pere Sànchez
Construcción de los muñecos
Eudald Ferré
Prótesis
David Chapanoff
Diseño de cartel
Emilio Lorente
Fotografía
Sílvia Poch y Sergi Panizo
Tráiler
Raquel Barrera
Producción
Centro Dramático Nacional, La Calòrica y Teatre Lliure
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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