Yo, Feuerbach. Una interpretación magistral.

Un actor veterano, también podríamos decir  que en su crepúsculo, acude a un casting para poder ser intérprete en una obra de la que se hará también cargo un veterano director. Pero al llegar al lugar donde se realizará la prueba, el actor se encuentra con un joven ayudante de dirección y con la sorpresa de que el director se retrasará y, por lo tanto, tendrá que esperar allí un buen rato.

Esta podría ser la sinopsis de la obra  «Yo, Feuerbach», que el Teatro de la Abadía ha vuelto a traer a cartelera.

Feuerbach es el actor que espera y está interpretado por Pedro Casablanc al que acompaña en el escenario el ayudante del director, papel que corre a cargo de Samuel Viyuela.

Hasta aquí, toda la contención de la que soy capaz antes de decir que estamos ante una de las obras más extraordinarias que podrán verse en toda la cartelera teatral madrileña en este 2017.

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El texto de Tankren Dorst, dramaturgo Alemán de carrera dilatada aunque poco conocida en España, es uno de los primeros hallazgos de la función. Estamos ante un texto hilvanado con enorme precisión y sabemos, también, que Jordi Casanovas se ha ocupado de darle una vuelta a la dramaturgia, quizá recortando su longitud o jugando con las transiciones.

El texto es del año 1991, lo cual no lo convierte en extemporáneo y tiene toda la vigencia por tratarse de un asunto universal: un hombre que hace balance de su propia decrepitud, del paso del tiempo y de la pérdida de la juventud que casi tiene que ver con la pérdida de un lugar en el mundo en general y, más en particular, de la pérdida de un lugar en el mundo dentro de su profesión de actor.

El texto, en apariencia sencillo, es capaz de llevarnos, a partir de un momento determinado de la función, por lugares que nos despiertan una sonrisa, una mueca de tristeza, asombro y compasión. Es una verdadera golosina para el actor al que le toca en suerte o un regalo envenenado porque su interpretación es desafiante, retadora y solo pueden salir airosos aquellos que sean capaces de meterse dentro del difícil traje hecho a medida por el autor.

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Una mala interpretación puede convertir en trasnochado, banal, o incluso aburrido el relato de Feuerbach. Aquí todo queda supeditado al texto y a una buena interpretación en un rol casi monologado, de pensamientos cambiantes, de contradicciones, de poderoso subtexto, de ingente tarea verbal y no verbal. El propio título es un presagio: «Yo, Feuerbach».

Aquí no habrá un deus ex machina, ni un elaborado vestuario, ni una escenografía que nos haga perder la atención sobre él, sobre Feuerbach. Él es la obra. Su historia. El interés que debe enfrentar el público es el interés por querer saber de dónde viene y hacia dónde va, descubrir el por qué de su personalidad histriónica y frágil, empatizar cuando el personaje se quita y se pone la máscara. Tarea ardua, pues.

Ok, bien. Tenemos un gran texto. Por descontado. El otro factor que puede apuntalar la función es el de la interpretación. Y, ¿cuál es el saldo de la interpretación que hace aquí Pedro Casablanc, al meterse en el traje de Feuerbach?

El resultado es extraordinario. Descomunal. A veces el lenguaje se queda incluso corto para definir y dar testimonio de lo que se puede ver sobre el escenario de la sala José Luis Alonso.

Pedro Casablanc es talento en estado puro. Impecablemente dirigido por Antonio Simón, solo hay que verle actuar para entender la magnitud de este actor. Es capaz de transmitirnos esa sensación tan inefable del personaje que se duele por dentro, de ese personaje que sabe que el dolor sí posee el don de la ubicuidad. Casablanc toma las riendas de un Feuerbach que sonríe en medio de su propio cataclismo; se mete con una facilidad pasmosa en los abismos de una interpretación que debe ser nihilista, atormentada, contenida, sarcástica, paranoica, piadosa, sagaz, sórdida. Pedro Casablanc roza la perfección (y, sí, siento que el verbo «rozar» aquí sobrase). Casablanc nos deja boquiabiertos, abrumados, al ver que alguien pueda ser tan generoso, tan competente, tan cabal interpretando. Daría lo que fuese por escribir una obra para este actor. Sin duda alguna.

Hay pasajes de una belleza apabullante: cuando declama en italiano o cuando asistimos a la metáfora de los pájaros. No obstante, no se trata ya de partes concretas sino de un conjunto: uno sale del teatro sintiendo que cada gesto, cada tic, cada ademán del personaje está en armonía con el todo, con el conflicto, con la historia.

El otro actor en escena, Samuel Viyuela, da buena réplica a Feuerbach, no queda desdibujado por la poderosísima interpretación de Casablanc sino que, al contrario, es un excelente contrapunto. La juventud que ignora y el veterano que sabe demasiado. Una suerte de agravio comparativo entre Eros y Thanatos. Uno es el joven que piensa que las oportunidades vienen a llamarte a la puerta (haces autostop, te pilla un tipo que resulta que es director y te contrata). El otro, el que se ha leído todo, lo ha interpretado todo, se ha ido haciendo mayor y se ha dado cuenta de que las oportunidades son como el horizonte que describía Galeano: «das un paso para acercarte a él y es él quien se aleja un paso».

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Asistimos en esta obra a una reflexión sobre el peso de la existencia. Lo que hay detrás de ese pliegue, con seguridad, inoculado también en el personaje, tiene más que ver con el miedo a envejecer, a la propia autocensura, al dolor como especie que pierde su consuelo, a la fatigosa pérdida de dignidad, que, a menudo, asociamos que la vejez trae como rémora. La juventud convertida en espejo que nos devuelve la imagen carcomida de nosotros mismos.

En esa sala en la que espera, convertida en parábola de la cuenta atrás para llegar al ocaso, Feuerbach sabe, de un modo u otro, que existir es también un hábito. Y parece intuir bien aquello que decía Ciorán de que «la vejez no es sino el castigo por haber vivido».

Detengámonos, para finalizar, en otra frase que dice el personaje en la obra y que debemos negarle. Feuerbach nos miente al señalar que cuando el teatro se queda en silencio, comienza la vida. No estamos de acuerdo porque, al salir de la Abadía, tras ver una de las mejores obras en lo que va de 2017, yo mismo me percaté de que la vida, aunque todo fuese un sortilegio teatral, era lo que acababa de ocurrir en el interior de aquella sala.

Yo, Feuerbach

Autor: Tankren Dorst

Dirección: Antonio Simón

Intérpretes: Pedro Casablanc y Samuel Viyuela

Versión y adaptación: Jordi Casanovas

Escenografía: Eduardo Moreno

Vestuario: Sandra Espinosa

Diseño de iluminación: Pau Fullana

Diseño de sonido: Nacho Bilbao

Ayudante de dirección: Beatriz Jaén

Producción ejecutiva: Pablo Ramos Escola para Buxman Producciones, S.L.

Puntuación: 5 CABALLOS

Reseña de @EfeJotaSuarez

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