SOUVENIR, Recuerda que la memoria es olvido.

Solomon Shereshevsky (1886–1958)  fue un ciudadano ruso famoso por ser una de las pocas personas aquejadas de un extraño síndrome llamado «hipermnesia» que, etimológica y literalmente, alude a un exceso de recuerdos.

Las personas con este síndrome poseen un don que es un arma de doble filo: sí, pueden recordar hasta el más mínimo detalle: desde cuantas veces fuiste al baño el primer día de colegio hasta el tacto del primer beso o la primera vez que te rompieron el corazón, absolutamente todo, y eso suena privilegiado pero, visto desde otra perspectiva, el que posee el síndrome es incapaz de olvidar y he ahí el lado malo del «don».

El doble filo de este síndrome es lo que hace que la historia de «Souvenir», texto escrito por Pablo Díaz Morilla, se haga interesante. Dirigida por Fran Perea e interpretada por Ángel Velasco, Steven Lance y Esther Lara, el montaje puede disfrutarse hasta el 26 de noviembre en la sala grande de los Teatros Luchana.

El texto, sin querer ser un fiel retrato biográfico de la historia de Solomon Shereshevsky, se adentra en un par de capítulos remarcables de la historia del personaje. Por un lado, el capítulo de su psicoterapia a manos de un peso pesado de la época, el neuropsicólogo Alexander Luria, con el fin de mejorar la calidad de vida de Solomon, periodista de profesión, que no podía dejar de recordar todos los detalles, todos los estímulos que le rodeaban haciéndole, casi, franquear la locura y, por otro lado, el capítulo de su historia de pareja: una relación matrimonial tambaleante a la que Solomon y su mujer debían añadir grandes dosis de paciencia, de comprensión y tolerancia para lograr mantener a flote.

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Recordarlo todo tiene la contrapartida de no olvidar nada. Y el olvido parece imprescindible en el mundo en que vivimos. Esta podría ser la tesis central de «Souvenir» un texto muy bien escrito, ágil, que hace que  la historia no pierda interés en ningún instante.

Pensemos por un momento en el tormento que implica no poder olvidar nada de lo que hemos vivido. Es cierto que, en esa depuradora que tiene casi todo cerebro, la depuración se lleva igualmente el recuerdo de nuestro primer beso así como el recuerdo de los momentos que podrían condenarnos a un martirio infinito: una ruptura, una pérdida, una etapa desagradable. Solomon, como aquellos que viven con este síndrome, se enfrentaba a una vida abrumada y abrumadora para los que estaban también a su alrededor.

El síndrome es cada vez más estudiado para comprender los mecanismos por los que el cerebro se satura de recuerdos y conocer esto sin duda será una poderosísima herramienta para desentrañar más datos sobre el reverso de la hipermnesia: el Alzheimer.

En «Souvenir» las dos historias, la del tratamiento de Solomon a manos del doctor Luria y la de su relación matrimonial, se entremezclan y discurren paralelamente. Asistimos a los intentos del psicólogo del protagonista para ayudarle a reducir ese caudal de información, para ayudarle a administrar sus recuerdos y dividir su atención, concentrarse en detalles, cerrar puertas antes de ir abriendo una detrás de otra sin olvidar el rastro de una vida.

Además de hipermnesia, Solomon padecía de sinestesia, otro síndrome por el cual los sentidos de una persona se entremezclan haciendo que alguien pueda sentir el sabor de las palabras o asociar texturas y colores a los números. Esta parte también queda bien recogida en la obra y permite al autor construir una parte más poética, más Borgiana, y menos cientifista al exponer un lenguaje sinestésico en boca del protagonista.

Vivir en un presente intolerable fue la historia de Shereshevsky por no poder olvidar las caras, los nombres, los gestos, las miradas. Toda su memoria era como un vaciadero de basuras.

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«Souvenir» está llena de cosas positivas y otras, muy pocas, mejorables.

Sobre el escenario los tres actores se mueven eficazmente. Están muy bien dirigidos, al margen de pequeños errores de iluminación o de sonido que nada tienen que ver con el texto o la interpretación. La pieza deja un muy buen sabor de boca tras la función. Destacamos al actor Ángel Velasco dentro de este tridente que, sí es cierto, está muy equilibrado. Velasco dota al personaje de ardor, de tortura, de tenacidad por salir adelante, de candidez, de hondura. Su dicción es excelente incluyendo los momentos de rapto, cuando se acelera y se conduce verborreico. Sabe transitar perfectamente por la amargura de un personaje que intuimos que sufría un nivel de angustia intolerable dado su síndrome y compone un papel rutilante que agrada, que convence.

Nos quedan algunas dudas, en el texto, sobre un hecho que se narra pero es periférico: el de un ramo de flores y una mujer, que no acaba de quedar redondeado y que parece situarnos en un contexto prerevolucionario. La historia de pareja es creíble, pertinente, y está bien planteada. Las transiciones entre el gabinete del doctor Luria y la pequeña habitación del matrimonio se resuelven con gran eficacia.

Fran Perea, que se estrena con esta obra en la dirección, tras su paso por la factoría Echegaray de Málaga, remata con sobresaliente un trabajo que se convierte ya en una de esas pequeñas joyitas de obligada visión para el espectador teatral de la cartelera madrileña.

Quizás, en el apartado técnico queden cosas por pulir, sobre todo en iluminación o en escenografía. Se echa en falta una escenografía más limpia, sin tanto cachivache, o una menos costumbrista. El entramado de cuerdas, que compone el retablo en escena, suponemos que trata de remedar a las neuronas cerebrales y sus sinapsis, sus conexiones, pero hay algo que estéticamente no funciona en la escenografía.

Con todo, el conjunto sale indemne y estamos ante una obra deliciosa. Un texto fantástico, unos buenos actores y actriz y una dirección escénica perfectamente orquestada.

No sabemos si el autor  de «Souvenir» se inspiró en las actas del tratamiento que el doctor Luria dejó publicadas tras trabajar con Solomon durante casi treinta años, ahí es nada, o si se inspiró en el relato de Borges «Funes, el memorioso». Tal fue el caso para el director de cine Cristopher Doyle que en el año 1999 rodaba la película «Away with words», inspirándose tanto en los estudios de Luria como en el relato Borgiano. Funes, el de Borges, también podía recordarlo todo. Sus sueños eran como nuestras vigilias.  Su memoria era una excavadora, una apisonadora, al igual que lo fue para Shereshevsky.

El relato de Borges, «Funes, el memorioso»,  y el texto de Díaz Morilla, «Souvenir» —que en Francés significa recordar—, se parecen en el mensaje que contienen: más que recordar, es necesario poder olvidar, o pasar página y dejar marchar los recuerdos, para llevar una vida que sea soportable. Citando a Borges, «Estamos hechos, en buena parte, de nuestra memoria y nuestra memoria está hecha, en buena parte, de olvido».

 

SOUVENIR

Dramaturgia/Autor: Pablo Díaz Morilla

Dirección: Fran Perea

Reparto: Steven Lance, Ángel Velasco y Esther Lara

Producción: Factoría Echegaray

Producción en gira: Feelgood Teatro

Puntuación: 4 CABALLOS.

 

Reseña de @EfeJotaSuarez

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