GIGANTE. Separando al bailarín del baile

Una tarde de verano de 1983: el escritor Roald Dahl recibe en su casa la visita de su editor británico y la de una directiva de su editorial estadounidense. Ambos se reúnen con Dahl para tratar de gestionar una crisis que puede afectar a la reputación y a las ventas del escritor después de que este publicara un artículo sobre un libro acerca de la guerra de Israel sobre el Líbano en 1982 en el que, según algunas voces, Dahl realizó comentarios antisemitas.

Esta podría ser una sinopsis de la obra «Gigante» que, escrita por Mark Rosenblatt, traducida y protagonizada por José María Pou y dirigida por Josep Maria Mestres, nosotros pudimos ver en el Teatro Bellas Artes, en Madrid.

Imagina que estás en una librería. Ves un libro que te suena titulado «Matilda». Lees la contraportada o una de las solapas. Ah, vale: un libro de Roald Dahl, el autor de otras obras como «Charlie y la fábrica de chocolate», «Fantastic Mr. Fox» o «James y el melocotón gigante»  (todas ellas adaptadas a la gran pantalla). Te llevas el libro para regalárselo a tu hija o sobrina o para ti mismo/a y, mientras esperas el bus para regresar a casa, reparas en la publicidad de la marquesina en la que te encuentras que anuncia una obra llamada «Gigante». Miras en Internet de qué va y descubres que habla de un episodio de la vida del autor del libro infantil que acabas de comprar.

El episodio en concreto nos traslada hasta 1983: en ese año, Dahl reseñaría el libro «God cried» de Tony Clifton y Catherine Leroy. El libro era también un reportaje fotográfico que abordaba la invasión israelí del Líbano en el año 1982 y documentaba el asedio de Beirut y el sufrimiento de la población civil libanesa y palestina. Los autores denunciaban la masacre y la brutalidad de la operación militar israelí. En su reseña de ese libro para la revista Literary Review, Dahl había dejado escritas cosas como que los israelís habían pasado de «ser víctimas a convertirse en bárbaros» (hasta ahí, comprensible), hablaba de la «masacre deliberada de civiles» y critica duramente al ejército israelí y al gobierno de Israel (nada que objetar). Pero tras esa reseña, llegarían algunas entrevistas concedidas por el autor a algunos medios de prensa como The New Statesman también en 1983. En esa entrevista, el autor comenzaría a deslizarse ya  peligrosamente hacia el antisemitismo al dejar para la posteridad frases como las siguientes:

“ (…) Hay un rasgo en el carácter judío que sí provoca animosidad, quizá sea una especie de falta de generosidad hacia los no judíos. Quiero decir, siempre hay una razón por la que surge algo anti‑lo‑que‑sea en cualquier sitio (…) Ni siquiera un tipo repugnante como Hitler los eligió sin motivo.”

Bueno. Al menos tachaba de repugnante a Hitler. En cualquier caso, tras la reseña para el Literary Review y tras diferentes entrevistas, (incluyendo una posterior, en 1990 para The Independent en la que declararía haberse vuelto «antisemita»), Dahl terminaba por reforzar las críticas hacia su figura y se aseguraba una importante e inquietante crisis reputacional en su carrera dentro de la industria editorial que tantos éxitos le había reportado.

El debate (o dilema) estaba (y sigue estando) servido: ¿es posible separar al autor de su obra?, esto es: algo así como intentar separar al bailarín del baile. Esa sería la pregunta que te harías en la marquesina del autobús mientras miras la inocente portada de «Matilda» y te viene a la cabeza el Holocausto. Y esa es la pregunta que sobrevuela todo el texto de «Gigante» y que aflora en las conversaciones entre los personajes encerrados en esa casa en reformas en la que se encuentran para intentar calmar las aguas.

Los editores de Dahl, para más efervescencia del asunto, eran judíos, lo cual le serviría a Mark Rosenblatt, el autor de «Gigante», para confrontar a Dahl con las consecuencias humanas de sus palabras, para mostrar que su antisemitismo no era una abstracción ni algo simbólico, para poner en escena de forma mordaz y dramática el choque entre la idea de un genio literario y su responsabilidad moral y, como no, para que el público  se llegue a hacer cargo de la tensión que se crea entre la tan cacareada «libertad de expresión» y los tan abundantes discursos de odio.

Rosenblatt, el autor, también es judío y en varias entrevistas ha afirmado que concibió «Gigante» como un «judío británico» preocupado por el aumento de estereotipos y prejuicios antisemitas en el debate público. A priori, alguien podría pensar que el texto se escoraría hacia la demonización o cancelación de Dahl por sus comentarios, pero las conclusiones que aparecen son bien distintas y he ahí donde reside la potencia del texto: «Gigante» no es una obra plana y sesgada, un panfleto que trate sobre «el antisemitismo», sino que nos parece más una pieza escrita para hablar de la decepción, de la admiración rota (¿es el personaje de la editora judía estadounidense un trasunto del propio Rosenblatt?), en torno a la complejidad humana y la responsabilidad de los artistas. Nos preguntamos si Rosenblatt era un lector de Dahl (diríamos que sí) y si él, como judío, vivió toda la controversia del autor como un conflicto personal. Su indagación pasa por intentar comprender de qué modo pueden convivir el genio y sus tinieblas. Rosenblatt no retrata a un Dahl que se nos aproxime a la imagen de un mezquino, de un imprudente, de un imbécil y, al contrario, las pinceladas con las que se detiene a recrearlo nos muestran a un autor fuerte, brillante, divertido, socarrón, querido y amado por su entorno. Los dos editores judíos que aparecen en la obra (nos pueden recordar a Alfred A. Knopf, principal editor estadounidense de Roald Dahl y, a la postre, hijo de inmigrantes judíos alemanes) no aparecen retratados como villanos o maledicentes sujetos afanados en cobrar su venganza, sino que se nos presentan como personajes humanos, dolidos y que desean comprender el movimiento inmoral de alguien que siempre han admirado (la editora estadounidense le confiesa a Dahl que su ella le lee sus libros a su hijo). Toda la tensión identitaria está contenida en ese choque entre dos mundos: el del célebre autor que ha traspasado línea rojas que van más allá de la crítica legítima hacia un gobierno (el de Israel; algo que cualquier persona decente haría en el 82 y en 2026) y la crítica prejuiciosa hacia un pueblo en su conjunto, sin matices (lo que es un error).

En el papel principal, interpretando a Roald Dahl, nos encontramos con un imponente José María Pou que se imbuye en el personaje y logra que nos movamos entre la admiración hacia su personaje y entre el vértigo de las dudas o vacilaciones, más que razonables, al no encontrar en él una autocrítica lo suficientemente ética o responsable. Pou es un peso pesado escénico y con pocos recursos hilvana un papel incómodo anclándose en pequeños gestos, sin grandes aspavientos, solo con la determinación de una mirada, de una clave no verbal acompañada, claro está, de una voz autorizada, de un decir las cosas casi como si las dijese un Zeus desde un Olimpo. Su presencia llena la escena y hemos de decir que funciona muy bien todo el juego verbal que se cuece entre el autor (Pou/Dahl) y su principal contrincante en la dialéctica, la editora estadounidense (interpretada por Clàudia Benito). Sus enfrentamientos verbales reclaman toda la atención del público y es, en esos fragmentos, donde el texto se hace más brillante, más acerado y eleva el vuelo de la pieza. El resto del reparto acompaña sin demasiadas estridencias y queda clara una estupenda dirección por parte de Josep María Mestres que sabe regatear con un texto que se prolonga entorno a las dos horas y pico (receso incluido en medio). La escenografía, de Sebastià Brosa, nos resulta interesante al situar la acción en una gran casa en reformas, como si simbólicamente nos estuviese hablando de una transición a otra etapa, de una necesidad de reforma interna. Cabría preguntarse hasta que punto el ruido que tanto atormenta al escritor en la pieza, guarda relación con un ruido exterior, (el de las obras en su vivienda), o con un ruido interno (el de las propias rumiaciones sobre sus controvertidas declaraciones).

La obra es un acierto y es absolutamente pertinente en los tiempos endiablados que vivimos. Por desgracia, no estamos ante una de esas piezas que concluyen con un final o una resolución del conflicto que deje al público con las cosas claras. La historia de Dahl tampoco fue sencilla tras todo el revuelo de sus palabras. Fue duramente criticado en Reino Unido y EE. UU., recibió amenazas y tuvo que contar con vigilancia policial, durante muchos años sobrevolaría la idea de «autor antisemita», con todas las consecuencias de una connotación como esa, pero todo se tradujo en una alarma más interna, en su propia editorial, que en un desplome real en las ventas. De hecho, el autor siguió vendiendo sin problemas (Dahl ya venía de vender millones de libros antes de 1983). Sus libros siguieron siendo vendidos  y leídos de forma masiva y su legado comercial se impondría, por descontado, a sus polémicas (de sus lectores o de los que hayan visto adaptaciones de sus libros al cine, estamos seguros que pocos conocerían este episodio en la vida del autor).

De entre los «castigos» más institucionales puede hablarse de cómo en 2014 la Royal Mint rechazaría acuñar una moneda conmemorativa por su centenario. Treinta años después de la muerte de Dahl, en el año 2020, llegarían las disculpas por parte de «la familia» del autor (justo cuando su obra estaba siendo más explotada que nunca con adaptaciones por parte de Netflix, nuevos acuerdos editoriales, nuevas reediciones y productos lanzados al mercado). La disculpa llegaría por parte de la Roald Dahl Story Company (la empresa que gestiona el multimillonario patrimonio de Dahl como autor). En una disculpa  más institucional que emocional, más empresarial que ética, se pronunciarían para decir que «La familia Dahl y la Roald Dahl Story Company piden disculpas profundamente por el dolor duradero y comprensible causado por algunas de las declaraciones de Roald Dahl. Esos comentarios prejuiciosos nos resultan incomprensibles y contrastan claramente con el hombre que conocimos y con los valores en el corazón de las historias de Roald Dahl, que han tenido un impacto positivo en generaciones de jóvenes. Esperamos que, del mismo modo que en sus mejores momentos, también en sus peores, Roald Dahl pueda ayudarnos a recordar el impacto duradero de las palabras.»

La obra de Rosenblatt, ¿absuelve al genio escritor de Dahl y condena al hombre, a la persona? No sabríamos decirlo porque el autor no ofrece una salida limpia, con la redención como elemento resolutivo, pero sí creemos que deja un potente mensaje alrededor del cual pensar: que debemos aprender a convivir con ese sentimiento tan profundamente humano llamado contradicción.

 

GIGANTE

PUNTUACIÓN:  4 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes busquen un texto brillante y un protagonista a la altura del mismo.

Se bajarán a este caballo: Quienes huyan de reflexiones alrededor de temas de la más absoluta actualidad. Sí, existen. (Nótese, los espectadores de Torrente, Presidente).

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Ficha artística

Autoría: Mark Rosenblatt
Traducción: José María Pou
Dirección: Josep Maria Mestres

Reparto

José María Pou: Roald Dahl
Victòria Pagès: Felicity «Liccy» Crosland
Pep Planas: Tom Maschler
Clàudia Benito: Jessie Stone
Aida Llop: Hallie
Jep Barceló: Wally Saunders

 

Escenografía: Sebastià Brosa
Vestuario: Nidia Tusal
Iluminación: Ignasi Camprodon
Espacio sonoro: Jordi Bonet
Caracterización: Toni Santos
Dirección de producción: Maite Pijuan
Producción ejecutiva: Àlvar Rovira
Dirección de oficina técnica: Moi Cuenca
Oficina técnica: Jordi Farràs
Ayudantía de dirección: Tilda Espluga
Ayudantía de escenografía: Carolina Sánchez Sanchis
Ayudantía de producción: Sira Castells y Sara López
Técnicos: Focus
Regiduría: Paco Montes
Construcción de la escenografía: Jorba-Miró Estudi-taller d’escenografia
Confección de vestuario: Sastreria Baseiria y Consol Díaz
Márquetin y comunicación: Teatre Romea
Reportaje fotográfico: David Ruano
Distribución: Carme Tierz
Colaboradores: Montibello
Agradecimientos: Anabel Moreno y Edith Romero

Con el apoyo de: Generalitat de Catalunya – ICEC Institut Català de les Empreses Culturals i Unió Europea (Fons Europeu Next Generation; Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia), Next Generation Catalunya

Una coproducción del Teatre Romea y Grec 2025 Festival de Barcelona

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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