LA VERDAD. UN LABERINTO QUE TERMINA EN ATAJO

Miguel, mantiene una aventura con la esposa de su mejor amigo y se considera un maestro del engaño, convencido de que mentir es necesario para proteger a quienes queremos y para mantener el equilibrio de la vida cotidiana. A medida que vamos conociendo su historia, las capas de mentira se superponen hasta el punto de que se complica saber quién dice la verdad y quién miente.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «La verdad» que, con texto de Florian Zeller y dirección de  Juan Carlos Fisher, nosotros hemos podido ver en el Teatro Infanta Isabel en Madrid.

Alejada narrativamente de las otras historias que son las más conocidas del dramaturgo/novelista francés Florian Zeller (nótese su trilogía de «El padre», «La madre» y «El Hijo»),  «La verdad» se  presenta como una obra escrita con desparpajo, pero mucho más ligera que las anteriores. Recordemos que Zeller se hizo conocido a nivel mundial tras alzarse con una estatuilla de la academia estadounidense la película «El padre», adaptación cinematográfica de su obra teatral homónima.

En «La verdad», el autor parece desear explorar hasta qué punto las personas deseamos conocer la verdad de las cosas o, al contrario, preferiríamos vivir disociados en una mentira capaz de hacer que todo nuestro mundo siga en pie.

Lo que podría situarnos frente a una reflexión profunda, queda rebajado a elocuente y humorístico dilema que atrapa a dos parejas de amigos cuyas relaciones no son honestas y cuyas realidades cotidianas se tejen en torno a una red firme de mentiras piadosas y no tan piadosas. En ese juego del sentido del humor  y de diálogos sencillos y ágiles, es donde el texto echa el resto.

El protagonista mantiene oculta a su mujer la existencia de una infidelidad con la mujer de su mejor amigo. En un juego de muñecas rusas que va desplegándose escalonadamente, descubrimos el efecto dominó o de irradiación de la suma de una pequeña mentira sobre otra pequeña mentira (y así sucesivamente). Todo afecta al tema de las infidelidades encubiertas y al ámbito de la pareja y da la sensación de que el autor hubiese leído estudios de autores como Tali Sharot o Paul Ekman en sus análisis sobre lo que representa la mentira en nuestras civilizadas existencias desde el momento en que mentir se erige, para el protagonista de la historia, en un recurso para mantener su matrimonio, la convivencia, la felicidad o el amor (entendiendo que sin mentiras, todo esto no podría sostenerse).

Convertir la mentira en una forma de ideología es su estratagema vital (y también la del ecosistema en el que se mueve). La mentira deja de ser un acto y queda transformada en marco por medio del cual interpretar el mundo y en táctica incluso virtuosa (que se lo digan a Trump). No queda todo esto muy lejos de los pensamientos de filósofos como Nietzsche que argumentaba que los seres humanos vivimos gracias a «verdades» que son ficciones o ilusiones.

El asunto en la obra de Zeller es que todos, no solo el protagonista, parecen haber encontrado cierto nivel de confort en el empleo de la mentira como herramienta poderosa. La verdad solo vendría a destruir lo que se ha levantado y la mentira se ha vuelto protectora y casi nutricia.

No deja de parecerse esta idea a la idea de la mala fe sartreana también como método de existencia para evitar la angustia de la libertad. La mentira se vuelve así identidad y es algo que el autor viene a decirnos envuelto, eso sí, en ligereza y giros de humor: todos mienten, no solo ya el protagonista, sino todo su entorno (hete ahí la gracia, porque si solo mintiese el protagonista el tono que adquiriría la pieza sería más el de tragedia). Cuando el protagonista se enfrenta a las preguntas de su mujer o de su amigo, mantiene su coartada mentirosa sin atisbar, al principio, que es también la herramienta que ellos emplean con él.

Juego de cazador cazado en loop hasta el final de la obra que, pese a rebajar toda su seriedad al asunto y pensada para la carcajada y la emoción de que el mentiroso pueda ser descubierto, (no olvidemos la adrenalina que genera el mentir por ese miedo a ser descubierto y por la anticipación del peligro), atesora una serie de capas más profundas que podrían conducir a una reflexión mas honda (especialmente en los y las mentirosos/as que se encuentren en el patio de butacas).

Joaquín Reyes, que encarna al protagonista, se mete fácilmente al público en el bolsillo con su franco desparpajo y crea un personaje que va calentando y ofreciendo resortes más interesantes a medida que avanza la pieza. Todo funciona gracias a la agilidad de una trama que se sucede a golpe de diálogos afilados, torpezas involuntarias, titubeos y pequeñas fugas emocionales. Ninguno de los intérpretes sobresale porque esta no es una obra para lucimiento actoral, sino para acompañar a un texto fluido capaz de capitalizar la risa del público con tan solo pequeños aspavientos o mohines por parte del reparto.

Cada gesto coloca al protagonista en ese territorio peligroso del » a punto», del “casi”: casi descubierto, a punto de ser acorralado, casi sin salida. Es precisamente ese “a punto/casi” —ese borde del precipicio donde nunca termina de caer— lo que mantiene al público en vilo y al personaje suspendido sobre el abismo, sin llegar a estrellarse pero sin poder alejarse del filo. Y ahí, reconociendo también la indiscutible ligereza o sencillez con la que se nos presenta la pieza (incluyendo también a su dirección o al apartado de diseño de su escenografía), ahí es donde reside su desenfadado encanto.

Estamos seguros de que el autor desearía que el público pudiese llegar a distinguir, cuando se acaban las risas, que la mentira es un atajo que siempre termina laberinto o que, al contrario, la verdad es un laberinto que siempre termina en atajo.

 

LA VERDAD

PUNTUACIÓN:  2 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes busquen la risa y pasar un rato despreocupado.

Se bajarán a este caballo: Quienes echen en falta, detrás de la farsa, la sustancia de una reflexión más honda

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Ficha artística

Traducción Mauro Armiño
Dirección
 Juan Carlos Fisher
Texto Florian Zeller de l’Académie Française

ELENCO

Joaquín Reyes
Alicia Rubio
Raúl Jiménez
Natalie Pinot

EQUIPO ARTÍSTICO Y TÉCNICO

Diseño de Escenografía Ikerne Giménez (AAPEE)

Diseño de Iluminación Felipe Ramos

Diseño de Vestuario Elda Noriega (AAPEE)

Ayte de Dirección Rómulo Assereto

Dirección de Producción y Producción Ejecutiva Nuria Cruz Moreno / Fabián Ojeda Villafuerte

Jefa de Producción y Regiduría Blanca Serrano

Ayudante de Producción Fernando de Mata

Gerente en Gira y Regiduría Paco Flor y Mélanie Pindado

Dirección Técnica Alberto Hernández de las Heras

Administración Henar Hernández / Sandra Castro

Coordinadora de Operaciones Jennifer Alonso

Jefa de Prensa María Díaz

Fotografía Sergio Parra

Diseño Gráfico y Cartel Eva Ramón

Adaptaciones y Dossier Óscar Martínez Gil

Distribución Fran Ávila Producción y Distribución

Producción en Gira Barco Pirata Producciones Teatrales

Una producción de Barco Pirata Producciones Teatrales, Fran Ávila Producción y Distribución, Producciones Come y Calla, Octubre Producciones y Producciones Rokamboleskas.

 

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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