OLIVER TWIST. La bondad es una elección

Oliver Twist, un niño huérfano, logra escapar del orfanato donde llevaba una existencia maltratada. En su huida, cae en manos de una banda de carteristas que habita la ciudad de Londres. Entre desgracias encadenadas y golpes de suerte, Oliver es acogido en el hogar de un hombre y su ama de llaves donde, por fin, parece haber encontrado un lugar en el que no lo usen ni lo exploten y, quizá, hasta le puedan querer un poco.

Esta podría ser una suerte de sinopsis del musical «Oliver Twist» que, con versión y adaptación a cargo de Pedro Víllora y dirección de escena por parte de Juan Luis Iborra, nosotros hemos podido ver en el Teatro de la Latina, en Madrid. 

El Dickens que escribió «Oliver Twist» (publicada por entregas entre 1837 y 1839) es un autor joven que venía de haber conocido la pobreza en carne propia. Una pobreza que no fue metafórica sino real. Algunos hitos de su vida, como niño y joven, incluyen el encarcelamiento de su padre por deudas e impagos cuando Dickens tenía tan solo doce años. En la Inglaterra de la época, esa condena por deudas significaba una condena también para la familia que dejaba de contar con los ingresos del pater familias. De hecho, la familia del joven Dickens entró a vivir dentro de la prisión y nuestro autor se ocupaba de trabajar para obtener algún dinero, por ejemplo en una fábrica, durante jornadas interminables, poniendo etiquetas en botes de betún. Esa experiencia, junto a otras, marcarían la visión de Dickens respecto del sistema en el que malvivía y, como él, tantos otros niños y niñas y tantas otras familias. Un sistema corrompido donde los niños trabajaban como adultos alrededor de una sociedad clasista que culpaba al pobre de sus propias condiciones de vida.

Así pues, sería sencillo (o casi una deriva natural y lógica) que Dickens observase y retratase a esa Inglaterra victoriana poniendo el acento en que no escribía sobre «pobres», sino sobre un sistema que convertía el hecho de ser pobre en una deshonra y un delito. En la diana se encontraría el New Poor Law del año 1834 (Nueva Ley de pobres): una reforma del sistema de asistencia a los pobres en Inglaterra que, mutatis mutandis, se ocupaba de institucionalizar las workhouses.

Las workhouses (o casas de trabajo) eran los lugares que el gobierno había creado para que los pobres recibiesen comida y techo, es decir, el lugar donde el pobre Oliver Twist vivía como huérfano y del que logró escapar. Las workhouses se convertían en una desgracia de cárceles para pobres con vigilancia constante, horarios estrictos y frecuentes castigos. Dickens observaba estos lugares como una atrocidad del siglo XIX. La idea del gobierno era clara: si los pobres quieren ayudas, tendrán que pagarlas de forma muy cara (una manera bastante salvaje de disuadir a la gente de recurrir a las ayudas). De ahí que la vida en la calle fuese más deseable que el estar en uno de estos centros.

Lo que Dickens criticaba era que los reformadores de la ley de 1834 determinasen que la pobreza era culpa del pobre, que la ayuda generosa fomentaba la vagancia y que había que disciplinar a los necesitados. Todo para evitar que la gente necesitada se acomodara (ojo, porque como se enteren de esto los que critican al Estado del Bienestar y llaman subvencionados a quienes reciben alguna ayuda o «paguitas» a las mismas, estamos jorobados). 

«Oliver Twist» se convierte así en una novela social que se camufla bajo el velo de lo melodramático. Detrás de sus lágrimas, de sus villanos y de los sinsabores de un niño angelical, hay una carga política innegable para su contexto. Charles Dickens parecía aborrecer la crueldad de las instituciones y cuestionaba a un sistema que castigaba a los más débiles. Pensemos en aquella Inglaterra de la revolución industrial donde el capitalismo incipiente lo barría y lo justificaba todo dentro, además, de un contexto de moral victoriana rampante.

Al abordar la novela de «Oliver Twist«, Dickens entendió con precisión (antes incluso que algunos sociólogos de su época) que la pobreza no guardaba relación con un fallo del individuo, sino con una estructura social que estaba por encima (cuántos/as deberían reparar en su aporofobia, que diría Adela Cortina, aún en este siglo XXI). 

La idea con la que se obró el traspaso de la novela al musical (adaptación aquí en manos de Pedro Víllora), entendemos que pasaría, probablemente, por enfatizar cómo Dickens convirtió la indignación moral en una narración de melodrama pensando en llegar al público para que éste pudiese sentir la injusticia (algo que iba más allá de entenderla).

¿Se logra algo semejante con este musical de «Oliver Twist«? Veamos.

Orwell señalaba que Dickens no era un revolucionario, pero sí un moralista furioso y, sin embargo, esa furia queda muy tamizada y muy diluida en esta adaptación musical pensada «para toda la familia«. De hecho, la institución de la que Oliver Twist logró huir, queda casi más retratada como si formase parte de una historia de Roald Dahl que de Dickens (pese a que los dos autores comparten una sensibilidad hacia las infancias maltratadas, su tipo de furia no es la misma).

En el montaje, el retrato de la crueldad institucional roza lo caricaturesco (casi al estilo de una «Matilda«) y los villanos, que en Dickens no son pintorescos, se transforman aquí en pícaros más que en villanos. Pensamos que esta relectura guarda relación con un deseo de contentar a un público familiar (con niños y niñas) y, por ese lado, a este Oliver le falta un twist o un giro moral más retorcido antes que grotesco o caricaturesco. Le falta un twist porque los villanos nos divierten más que inquietarnos (pese a que hay un asesinato que no se suaviza demasiado, y eso es un punto a favor).

Bumble y Corney no parecen encarnar la crueldad burocrática sino, antes bien, una especie de número cómico (uno repara  aquí en personajes más asimilables con el de una Agatha Trunchbull).

La puesta en escena, por otro lado, es algo luminosa para un Londres sombrío y de luz de quinqués. Todo está bien hecho, sí, pero no termina de sorprendernos o emocionarnos y apenas reparamos en números musicales que nos hagan tragar saliva en la butaca o incomodarnos, sacudirnos.

Dickens usaba el melodrama solo como un mero artificio bajo el que ocultar su furia y en este «Oliver Twist» hay una sobrecarga de melodrama sin capas de furia visibles: el personaje de Twist es un niño adorable que canta y gesticula con un sinfín de mohines y graciosos aspavientos, pero en Dickens su Twist es un niño que denuncia. 

Nos queremos quedar con un mensaje que, pese al exceso de sentimentalismo recargado, no deja de ser muy relevante en la obra de Dickens. Este mensaje se encuentra en las escenas en la casa del señor Brownlow junto a su ama de llaves. Se trata del mensaje (importante también para los más jóvenes que acuden al teatro) de que la bondad es una decisión más que un sencillo gesto. La bondad se transmite como recurso activo, deliberado, casi un acto político. Esto eleva el asunto de la bondad, en el montaje, a un lugar que va más allá de lo anecdótico, más allá de un destello sentimental.

En casa del señor Brownlow, Oliver (y los/as espectadores/as, que buena falta nos hace) descubriremos que una cama no debe ser un privilegio, que una comida no es un premio, que los adultos pueden y deben ofrecer un hogar sin condiciones y que la confianza, libre de sospechas, puede habitarnos a todos como un hábito (nótese cuánto de interesante tiene todo esto en los tiempos de ICEs y de lunáticos y sátrapas demonizando al diferente y queriendo expulsarlos de sus territorios tomados estos como sus «casas»). 

La bondad se palpa aún más en la señorita Bedwin que nos devuelve la siguiente imagen: la casa en la que Oliver Twist es acogido, no es un mero refugio provisional, sino un genuino espacio donde la dignidad se da por sentada. Ese es uno de los mensajes de Dickens mejor apuntalados en este montaje.

La casa del señor Brownlow y su ama de llaves son el corazón moral de la obra frente a un mundo exterior opresor, deprimente y doloroso. Allí, Oliver tiene la oportunidad de recibir también una conversación sin sospechas. Todo, a pesar de la figura de un médico prejuicioso que visita la casa del señor Brownlow; un médico de moral victoriana incapaz de ver a Oliver como a un niño y que, si existiese como un trasunto en los tiempos que vivimos, llamaría solo MENAS a los menores no acompañados. Dickens ubica ahí a este médico solo para recordarnos que la bondad es una elección, no un simple reflejo y esta lección, tan valiosa y necesaria, pasa a convertirse en la esencia de toda la obra.

No deja de ser importante que el novelista intentase transmitirnos, hace más de cien años, que frente al gran número de desiertos morales que nos rodean aún quedan algunos oasis en los que llenar nuestras cantimploras de esperanza.  

OLIVER TWIST

PUNTUACIÓN:  3 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes busquen un musical para toda la familia.

Se bajarán a este caballo: Quienes no encuentren, aquí, toda la furia de un Dickens que la tejería bajo capas y capas de sentimentalismo.

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Ficha artística

Autor: Charles Dickens
Versión y adaptación: Pedro Víllora
Dirección de escena: Juan Luis Iborra

Reparto

Daniel Escrig – Oliver Twist
Eneko Haren – Oliver Twist
Pablo Grife – Hurón

ELENCO ADULTO
Rubén Yuste – Fagin
Manu Rodríguez – Sr. Barrow
Lourdes Zamalloa – Nancy
Natán Segado – Bill Sikes
Marta Malone – Sra. Rose
Tomy Álvarez – Juez Fang/Dr. Grimm/Cover Fagin
Noelia Marló – Bet /Cover Nancy
Andrés Navarro – Sr. Bumble / Cover Bill
Laura González – Sra. Corney / Cover Sra. Rose
Nacho Casares – Mr. Collins
Agustina Berenguer – Marguerite / Florista
Fran del Pino – Thackeray

ELENCO INFANTIL
Gabriel Flores – Charly
Nayden Rodríguez – Bernie
Gonzalo Pinillos – Tony
Jeriel Figueroa – Walter
Gael Martín – Henry
Álvaro de Paz – Artie
Sergio Aguado – Wilkie
Alberto Zorrilla – Frankie


Música y dirección musical: Gerardo Gardelin
Diseño de iluminación Juanjo Lloréns
Diseño de escenografía: David Pizarro
Diseño de vestuario: Macarena Casís
Diseño de coreografía: Luis Santamaría
Diseño de sonido: Javier Isequilla
Diseño cartel y foto: Javier Naval
Diseño de caracterización: Laura del Muro
Productor ejecutivo: Rafa Coto
Dirección de casting y producción: Beatriz Giraldo
Creatividad: Anouk Orozco
Audiovisual: Andrés Finat
Construcción escenografía: Mambo Decorados

Una producción de AMR PRODUCE CORPORATE.

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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