Emma es una actriz en plena espiral autodestructiva que, tras un colapso físico y emocional, acepta ingresar en un centro de rehabilitación. Allí se enfrenta no solo a su adicción a las drogas y al alcohol, sino también a la fragilidad de su identidad.
Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Personas, lugares y cosas» que con texto de Duncan Macmillan, dirección de Pablo Messiez e interpretación protagonista a cargo de Irene Escolar, nosotros pudimos ver en la sala principal del Teatro Español, en Madrid.

Son varias las preguntas que el texto de Macmillan nos lleva a plantearnos tras salir de la función. Por un lado, por ejemplo, una que nos conduce, irremediablemente, a la paradoja de la agencia: ¿solo puedo cambiar si admito que no puedo cambiar solo? Y por otro lado, la que tiene como premisa la idea de la identidad y performatividad: Emma, el personaje principal en la obra, es actriz y nos lleva a preguntarnos ¿hasta qué punto su adicción está ligada a la imposibilidad de “ser” sin interpretar? ¿Quién es cuando no está actuando, cuando no está interpretando un papel?
Lanzadas las cuestiones, que no pretendemos despejar, la pieza nos muestra al personaje principal accediendo a un programa de psicoterapia Grupal en el que confrontará con las normas y los límites que establece el grupo, con los profesionales que intentan ayudar a Emma y, claro, con algunos (más que con otros) de los pacientes que forman parte de ese grupo que funcionará a modo de espejo. Un espejo en el que Emma podrá toparse con sus propias contradicciones (las de una mente o cerebro adicto que forcejea constantemente por mantener el control mientras todo a su alrededor parece desvanecerse o desmoronarse).
Será imposible no ver en este montaje muchas coincidencias con una serie de auto ficción, no demasiado lejana en el tiempo, llamada «Yo, adicto», pero ojito que Macmillan escribió «Personas, lugares y cosas» entre 2014 y 2015 ( y en ese mismo año, 2015, se estrenaría en el Dorfman Theatre del National Theatre de Londres). Estamos encantados de ver que el Teatro Español, bajo su nueva dirección, también estrena a autores vivos (aunque las probabilidades de estreno si estás vivo se reduzcan proporcionalmente si eres un autor/a español/a y no superas los ochenta años. Nótese aquí nuestra socarronería).
Macmillan alude, ya desde la elección del título, a los desencadenantes clásicos asociados a una recaída (personas, lugares y cosas). Eso es lo primero que él/la adicto/a deberá recolocar en su vida tras atravesar un proceso para dejar atrás su adicción.

Emma se nos presenta como una joven con reflexiones punzantes, aguda, autoconsciente de su descenso a los infiernos, pero también en cierto modo contraria a auto responsabilizarse al cien por cien de su conducta de adicta. Sus pensamientos y diálogos con la psicóloga (y otros usuarios en el centro de psicoterapia grupal al que acude), pasan por repartir culpas a la sociedad en la que vive, a la familia, etc. Un argumentario que busca externalizar el malestar (una maniobra muy habitual en las adicciones: desplazar la responsabilidad hacia un sistema injusto o caótico, insoportable).
Obviamente, sostener el locus de control interno es una empresa que lleva a la zozobra. Emma atraviesa, a lo largo del texto y la pieza, los diferentes territorios habitables del cambio: la negación, la resistencia, el miedo a dejar de ser quien es, la vergüenza, el malestar ante la vulnerabilidad. Lo que vemos con total claridad es su personal viaje desde una Emma que protege el yo para evitar su derrumbe por completo, para mantener la ilusión de control, a una Emma que va controlando su caos, su reactividad, su defensividad y se va abriendo para darse el permiso, sobre todo a sí misma, de evidenciar su fragilidad y comenzar a hablar desde la herida que desea curar.
Toda la pieza es una exploración de la tensión que se observa entre el precario equilibrio de la agencia (la capacidad de una persona para actuar, elegir, influir en su vida y producir cambios) y el reconocimiento de la vulnerabilidad. Si Emma desea recuperar su agencia debe reconocer que no la tiene y ese es el mayor pulso y conflicto en la obra. Podríamos decir, arriesgándonos un poco, que la tesis principal de Macmillan (tal vez él no esté de acuerdo) es la de mostrar cuál es el complejo mecanismo de pedir ayuda y aceptarla. Un tratado acerca de la idea de que la voluntad no es absoluta y, muchas veces, el cambio solo ocurre cuando alguien se «somete» a una «verdad» más profunda.

Asumiendo las tesis de un filósofo contemporáneo que nos gusta especialmente, Byung-Chul Han, Emma ha asumido, para sí misma, la exigencia neoliberal de ser autosuficiente. Tal autosuficiencia nos pone en el camino de no pedir ayuda fácilmente o, lo que es peor, destruye nuestra capacidad de pedirla. Lo raro, parece decirnos Emma a los espectadores, es que no todos y todas seamos adictos en un mundo en el que la auto-explotación nos conduce, en línea recta, hacia el colapso. Lo raro es que podamos, en nuestro día a día, con una lista enorme de exigencias transformadas en checklist. En un mundo en el que el se nos hace creer que somos débiles si nos mostramos vulnerables o en el que se nos hace creer que debemos aprender a resolverlo solos.
La autosuficiencia de Emma se inviste de mordacidad, de perspicacia, de fineza en sus diálogos con la doctora de la clínica a la que se mide pidiéndole que, al menos, le iguale intelectualmente como si para dejarse aconsejar por la experta, Emma tuviese que tener la certeza de que abrirse y revelarse hasta lo más profundo con alguien viene acompañado de resultados garantizados. Un acto de pura necesidad de validación. La mordacidad de Emma, su inteligencia, es solo una forma de autodefensa más sofisticada que la doctora pronto sabe leer. Envuelta en esa armadura, su identidad parece más estable, como quien se apoya en unas muletas para no caerse al suelo. Supervivencia psicológica. Si piensa, no siente. Si analiza, se retrasa el derrumbe. También esto es propio de la adicción: la hiper-intelectualización: convertir emociones intolerables en debates afilados o abstractos, transformar el miedo en debate. Y además Emma es actriz, (punto éste a no desdeñar) e interpretar un papel parece fundamental en su vida (hasta que el juego de roles se convierte en una parte de la psicoterapia grupal).
Dirige con pericia y destreza Pablo Messiez en un espacio escenográfico que se desnuda y se configura desde un naturalismo casi propio del cine dogma. Todo el conjunto resulta equilibrado. Sonia Almarcha siempre está estupenda aunque a nosotros nos convence menos el rol caricaturesco por el que se ha optado en su papel de conductora del grupo; un rol que parece deliberadamente escorado hacia el de una parroquiana, lo cual se hace comprensible dado el modelo que sigue el grupo (muy trasnochado, oiga usted): el de los 12 pasos. (Punto muy desactualizado éste dado que en psicoterapia grupal y adicciones las cosas han cambiado y ese modelo de los 12 pasos no es hegemónico. Hoy existen modelos mucho más integradores y basados en la evidencia como las terapias cognitivo-conductuales de tercera generación, los modelos de reducción de daños, las terapias basadas en trauma informado, los enfoques narrativos y de identidad, las entrevistas motivacionales, etc).

En el papel protagonista, solo podemos quitarnos el sombrero con la interpretación brillante de Irene Escolar cuya dirección corre la suerte de llevarse el foco. En su papel hay algo de la Nina de «La gaviota» de Chéjov, pero también algo de la Mary Tyrone del «Largo viaje hacia la noche» de O’Neill (la familia como espejo insoportable, la adicción como refugio, la mezcla de lucidez y autoengaño) y hasta un poco de la Blanche DuBois de Tennessee Williams revisitada aquí, dos punto cero, en su identidad de actriz que se camufla y oculta toda su fragilidad emocional en una, si se quiere, más discreta teatralidad: Emma es una Blanche menos glamurosa, menos ostentosa, pero con la misma imposibilidad de sostener un yo estable y con la misma desintegración mental en progreso.
Pero, a ver, ¿Irene Escolar es capaz de transmitir todo esto? Diremos, sin rodeos, que sí. De forma categórica. ¿Es Messiez capaz de llevar a la actriz hasta esas cotas de interpretación con su dirección? La respuesta es, igualmente, un sí como igual de rotundo. Otros personajes femeninos, estos más cinematográficos, también se nos vienen a la memoria: la Susanna de «Inocencia Interrumpida», la Sarah de «Réquiem por un sueño».
Uno entra con mucho interés en este «Personas, lugares y cosas» y sale de la misma con cierta impresión de mente fracturada, pues Macmillan (hete aquí también la virtud del texto) no nos lanza moraleja, no nos bosqueja un cobertizo que nos saque de la intemperie. Al contrario, nos hace habitar en el vértigo de su protagonista, nos hace cómplices del desconcierto y nos obliga, (a unos más que a otros, eso también es verdad) a confrontar nuestros propios resortes de supervivencia, nuestras máscaras.
Sin romantizar la adicción, sin buscar la compasión fácil, la pieza desarrolla en nosotros algo extraño, algo que resulta tan incómodo como honesto al hacernos sentir compasión sin borrar la complejidad moral de los actos de la protagonista: una empatía sin absolución.
PERSONAS, LUGARES Y COSAS
PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes busquen una interpretación protagonista punzante y verosímil con el mundo de la adicción como telón de fondo
Se bajarán a este caballo: Quienes busquen finales cerrados que incluyan la redención y la absolución.
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Ficha artística
Autor: Duncan Macmillan
Adaptación y dirección: Pablo Messiez
Reparto (por orden de intervención):
Emma: Irene Escolar
Konstantin/ Marc: Javier Ballesteros
Pol/ Padre: Tomás del Estal
Pastor: Brays Efe
Doctora/ Terapeuta/ Madre: Sonia Almarcha
Charlotte: Claudia Faci
Juan: Daniel Jumillas
Laura/ Enfermera: Mónica Acevedo
Moni/ Enfermera: Blanca Javaloy
T: Manuel Egozkue
Doble de Emma: Josefina Gorostiza
Escenografía: Max Glaenzel
Vestuario: Silvia Delagneau
Iluminación: Carlos Marquerie
Espacio sonoro y Música original: Óscar G. Villegas
Movimiento escénico: Josefina Gorostiza
Ayudante de dirección: Miguel Valentín
Ayudante de escenografía: Gonzalo Acero
Ayudante de vestuario: Beatriz Carballo
Residente de ayudantía de dirección: Ares B. Fernández
Fotografía cartel: Pablo Zamora
Fotografía de escena: Mario Zamora
Equipo técnico compañía
Regiduría: Ana Gómez Salamanca
Iluminación: David Benito
Sonido: Ale de Miguel y Arsenio Fernández
Maquinaria: Miguel Angel Jiménez Marrupe y Emilio Enríquez
Sastrería: Estrella Baltasar
Ayte. de producción: Aurora Carragal
Realización escenografía y atrezzo: Readest Montajes, Big Image
Realización gaviota: Jaime Polo
Realización vestuario: Iñaki Cobos, Crin escénica
Equipo producción Mogambo: Ignacio Salazar-Simpson, Alicia Calôt e Irene Escolar
Producción: Mogambo y Teatro Español con la colaboración del Teatro Calderón de Valladolid
Agradecimientos: Ruy Arroyo (fundador Charlas adictivas y especialista en el tratamiento de las adicciones), Francisco Pereña, Juan Carlos de Vicente (Gabinete Asistencia Médico Psicológica), Alicia Moreno, Mar Montávez, Carlos Marqués-Marcet, Carmen Marcet, Pablo Zamora, Jesús Rodríguez Pyn, Irene Vivas, Sala 25, Manoir de la Moissie y Rocío E.Viñolo y CREA SGR.
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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