HOUDINI, UN MUSICAL MÁGICO. Escapismos del verbo escapar.

Desde los orígenes humildes de Houdini hasta su consagración como el escapista más famoso del mundo, en escena seremos testigos de una breve biografía, en forma de musical, que intentará explorar la tensión del artista siempre a medio camino entre la vida y la muerte así como su obsesión por ser libre y por confrontar su vulnerabilidad.

Esta podría ser una suerte de sinopsis del espectáculo «Houdini, un musical mágico» que, dirigido por Federico Bellone, nosotros pudimos ver en el Teatro Calderón, en Madrid.

Sabemos que si una cosa entendió bien el maestro Houdini fue el del arte de la publicidad o del marketing. Su éxito, además de en los trucos, estaba apuntalado en su modo de comunicar comenzando por el cambio de nombre el emigrar a América (de Ehrich Weiss a Harry Houdini, insporándose en el mago francés Robert-Houdin). Entendió desde el principio la idea de envolver y engalanar bien sus números o la idea de rodearse de un halo de enigma y misterio para captar más la atención del público. Apostó, además, por el concepto de «escapismo» como eje alrededor del cual pivotarían sus espectáculos creando así un nicho único (alejándose de la competición con otros magos en el circuito de trucos tradicionales).

El género del escapismo, en el que se especializó, se convertiría así en marca de la casa perfectamente distinguible.  Houdini era diestro realizando demostraciones en la calle, sirviéndose de espectáculos públicos gratuitos para llamar la atención y sabía como pocos, en su época, hacer uso de la prensa invitando a los periodistas a presenciar sus retos de forma que así se aseguraba de que sus hazañas quedasen inmortalizadas.  Cada actuación podía ser convertida en noticia. Houdini construyó, a conciencia, la imagen de un héroe capaz de vencer los desafíos a los que se enfrentaba, el más difícil todavía, generando así una narrativa de superación que trascendía el truco de magia y se resignificaba en símbolo de libertad, en símbolo de resistencia y fortaleza.  Con todo, visto así, uno podría pensar que esa resistencia y fortaleza eran, al mismo tiempo, un potente indicador, una verdadera red flag, que nos pondría sobre la pista de una personalidad con un ego descomunal.

Este retrato de hombre al que acompañaba una vanidad notable, es el que percibimos en este montaje. Nos encontramos ante un Houdini al que se quiere mirar con ojos tiernos, pero al que es inevitable ver como un persona depredada por el personaje. En su biografía hay grandes cantidades de auto mitificación que nos hablan de alguien cuyo foco estaba orientado a la fama y a la popularidad. En ese escapismo de la realidad, Houdini llegó a escribir un libro en el que trataba de desacreditar al mago del que tomó su nombre (Jean Eugène Robert-Houdin), lo que ya nos habla de una personalidad absolutamente embebida en sí misma. Inevitable que una parte de la profesión, en su época, juzgase tales aspavientos como una muestra de superioridad y de precipitado orgullo. Su auto exaltación pasaba por acuñar frases como «nadie puede encadenar a Houdini”, con toda la resonancia que ello implicaba al alimentar un halo de invulnerabilidad.

Es quizás esta idea la que mejor se recoge a lo largo del musical que dirige Federico Bellone en Madrid tras su paso, o fogueo, por Italia (hemos leído que con intenciones de dar el salto a Broadway). Esa idea del hombre atravesado por la ambición y las ansias de proezas, pero al mismo tiempo debilitado a medida que pasan lo años y llegan los sinsabores afectando e irradiando a su pareja y a las relaciones con su entorno, es la que se nos relata en escena y, a decir verdad, el mayor acierto de la trama dado que pocos más logramos encontrar en una narración que, pese a combinar el musical con el formato de número de magia, se queda a medio gas, deshilvanada a medida que pasa el tiempo y lastrada por su falta de un sentido del espectáculo más ambicioso.

A nuestro juicio, no son tanto los números de magia los responsables de boicotear el espectáculo (aún reconociéndolos como un tanto naif) como lo es la falta de un libreto musical a la altura con al menos un puñado de canciones o melodías pegadizas, con ritmo, entregadas a la causa. Lo que escuchamos nos parece que no posee ningún carisma y ese es el mayor escollo para un musical. Debemos reconocer igualmente que el papel de la esposa de Houdini (nosotros vimos a Julia Möller encarnando a Bess Houdini) se nos presenta tan atormentado y mortecino que pareciera más una madre salida de un cuento de Dickens antes que la esposa de Houdini. Entenderíamos su papel melancólico y doliente si su personaje se centrase en la Bess en que se convirtió tras la muerte de Houdini, pero no nos encaja ese talante durante toda la función.

La trama elige centrarse en la descripción de una partner un tanto pazguata, atormentada, triste y melancólica que parece implorar a su marido que deje de actuar cuando su salud se resiente y en una revisión de la historia de amor de Bess con Houdini y con el hermano de éste propensa al exceso de romantización. Tampoco nos encaja del todo el rapsoda o narrador (una prolongación de la muerte) que encarna Juan dos Santos cuyas apariciones, en tono de mordacidad, no nos llegan a seducir del todo y nos dejan un tanto indiferentes. Súmese a esto unos números musicales nada arriesgados, unos trucos de magia en la misma línea y el resultado es el que se puede colegir: todo un escapismo del verbo escapar. Del personaje principal, el de Houdini, interpretado por Pablo Puyol, podemos destacar su fuerza física y su entrega en los números tanto de trucos de magia como en las partes musicales, pero hemos de decir que no nos quedamos con una encarnación del personaje que deje algún impacto en nosotros al salir del teatro. Un punto positivo, eso sí, para la escenografía de Clara Abruzzese que sabe hacer un uso verosímil de la misma.

Igual que Houdini hizo un estupendo uso del marketing para envolver sus números de forma que resultasen atractivos para el público, algo similar ha podido ocurrir con el marketing de este musical que nos prometía un musical, magia y un elefante en escena (en un claro guiño a un numero que Houdini llevó a cabo en 1918 en el Hippodrome Theatre de Nueva York donde presentó un truco llamado “The Vanishing Elephant” y cuyo efecto consistía en introducir al animal en una enorme caja con puertas y cortinas y, tras unos instantes, hacerlo desaparecer ante los ojos del público).

Por desgracia, lo que nos llevamos de este «Houdini, un musical mágico» es un discretísimo juego de humo y espejos, unas canciones poco memorables y el barrito de un elefante que nunca estuvo allí.

HOUDINI, UN MUSICAL MÁGICO

PUNTUACIÓN:  2 CABALLOS Y 1 PONI (sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes se sientan atraídos por la aureola de Houdini y la magia.

Se bajarán a este caballo: Quienes cuestionen la falta de unas canciones que enganchen y una narración que no esté lastrada por su falta de ambición.

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Ficha artística

Autoría y dirección – Federico Bellone

Compositor – Giovanni Maria Lori

Diseño de ilusiones – Paolo Carta

Coreografía – Guillian Bruce

Diseño de iluminación – Valerio Tiberi

Diseño de sonido – Poti Martin

Vestuario y caracterización – Chiara Donato

Escenografía – Clara Abruzzese

Reparto:

Harry Houdini – Pablo Puyol

Bess Houdini – Julia Möller

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