Ambientada en el decadente Berlín de los años 30, justo antes del ascenso del nazismo, asistimos a la historia que sigue a Cliff Bradshaw, un joven escritor estadounidense que llega a Berlín en busca de inspiración y se enamora de Sally Bowles, una cantante inglesa que actúa en el popular cabaret Kit Kat club: un lugar donde late el pulso de la efervescencia cultural y de la diversidad sexual berlinesa mientras que la amenaza del nazismo comienza a cernirse sobre las vidas de los protagonistas.
Esta podría ser una suerte de sinopsis del espectáculo «Cabaret» que, con producción de Let’s Go Company (en coproducción con Marianna en Viu y colaboración con UMusic Hotel) y dirección de Federico Bellone, nosotros hemos podido ver en el Teatro Albéniz de Madrid.

Christopher Isherwood escribía en 1939 una novela semiautobiográfica en la que relataba su estancia en la ciudad de Berlín entre los años 1929 y 1932. Esa novela, titulada «Adiós a Berlín» se convertiría en germen de posteriores adaptaciones de la misma a lo cinematográfico y a lo teatral alcanzando fama internacional en 1972 tras la adaptación indirecta en la aclamada e icónica película musical «Cabaret» que dirigiría Bob Fosse y que protagonizaría Liza Minnelli (en el papel de Sally Bowles). La novela y, mutatis mutandis, sus posteriores adaptaciones al cine y teatro, se encargarían de relatar un decadente Berlín durante la República de Weimar donde Christopher y Sally Bowles serían los personajes protagónicos junto a otros más secundarios. Centrándonos en la adaptación actual que nosotros hemos visto en el Teatro Albéniz, podemos decir que se mantienen varias cuestiones de la novela o de la adaptación al cine del año 1972: por ejemplo, el tono del personaje como narrador que observa con distancia y jovialidad la animada vida berlinesa en la que se involucra a pesar de vivir en cierta precariedad. Nos encontramos, como no, con el personaje de Sally Bowles, una joven cantante de cabaré que ostenta un carácter libre, despreocupado, en cierto modo glamuroso, pero un tanto pasivo o frívolo frente a lo que, en un momento determinado, comienza a suceder a su alrededor (el ascenso del nazismo, que no es cosa menor). Aquí despararecen los personajes de Otto y Peter (que en la novela son dos jóvenes homosexuales cuya relación deja bien clara la represión social en la que, de facto, se vive). No obstante, aunque los personajes de Otto y Peter no aparecen como tal, sí se muestra esa represión de la diversidad y de la homosexualidad con el auge del nazismo que, además de aplastar a judíos hasta el exterminio, hizo todo lo posible por apagar aquel Berlín libre, vibrante y festejante de la diversidad de la República de Weimar.

La historia, en ese punto, atestigua que, aunque la homosexualidad masculina seguía siendo técnicamente ilegal bajo el artículo 175 del Código Penal alemán, la ley se aplicaba de forma laxa en Berlín y en otras ciudades como Hamburgo. La vida nocturna era exuberante y así lo relataba Isherwood en su novela. En los clubes nocturnos se reunía toda la diversidad sexual posible incluyendo a las personas trans. Es sabido que figuras como Marlene Dietrich o el mismísimo Ernst Röhm, frecuentaban los clubes nocturnos de Berlín. El caso de Röhm, abiertamente homosexual, es especialmente paradigmático: fundador de las S.A (las «camisas pardas» o brazo paramilitar del Partido Nazi), Röhm remataría sus días siendo defenestrado y siendo su orientación sexual usada como excusa para ser desacreditado dentro del partido Nazi (fue purgado mediante arresto y ejecución por orden de Hitler, marcando así el control de éste sobre el Partido Nazi).
No es que esto comparezca en la novela ni en sus adaptaciones al cine o al teatro, pero cualquiera puede olfatear la impronta de ese contexto de fondo al acercarse a esta obra y al propio espectáculo. Lo ausente, pero implícito. Lo velado. Isherwood, de hecho, escribió una obra política situándose en el plano de la introspección y el intimismo partiendo de retratos de Berlín casi desde una mirada documental. El autor nunca quedó muy satisfecho con la adaptación de la película de Bob Fosse, entre otros motivos por su enfoque estilizado hacia lo irreverente, hacia lo frívolo y festivo en detrimento de una atmósfera más íntima. Tampoco le gustó que se suavizase la homosexualidad en el protagonista (Cliff Bradshaw) dado que Isherwood (trasunto de Bradshaw) era abiertamente gay.
En la versión que vemos en el Teatro Albéniz, se sigue la estela de la película en términos de glamur y fiesta y el personaje de Bradshaw muestra un juego ambiguo con la homosexualidad en varios momentos como el coqueteo con un joven bailarín gay del Kit Kat club y un extraño encuentro homosexual con un miembro del partido o las juventudes Nazis. Pese a todo, en esta versión de Cabaret, la relación con Sally Bowles es propensa a lo heterosexual aunque se juegue, ambiguamente, con la bisexualidad de Cliff Bradshaw. Nos encontramos con una Bowles y un Bradshaw que comparten cama y que incluso tienen un hijo (en la misma línea que la película de Fosse y Liza Minnelli). Nos hubiese gustado un Bradshaw más abiertamente gay y una Sally Bowles más autodestructiva y con una voz más herida, más rota, menos mainstream.

Al acercarnos a una de las más recientes adaptaciones teatrales de «Cabaret«, la versión inmersiva en el londinense Playhouse Theatre, podemos rastrear en ésta la estela seguida en la versión del Teatro Albéniz, aunque la Sally Bowles que Jessie Buckley interpretó durante semanas (tras su estreno en 2021 junto a Eddie Redmayne como maestro de ceremonias), se apegaba mucho más a la idea de mujer atormentada y autodestructiva sobre la que escribió el autor de «Adiós a Berlín». Un dato curioso sobre la Sally Bowles creada por Isherwood es que ésta inspiraría el personaje de Holy Golightly de «Breakfast at Tiffany’s» de Truman Capote: ambas, mujeres que viven entre el deseo y la ilusión; entre la fiesta y la soledad de su introversión.
Y al igual que en la versión londinense, la estrenada en la cartelera madrileña sigue muchos de sus elementos. En ambas se habla de lo inmersivo para subrayar la idea de que el público va a tener la oportunidad de acceder a un ambiente que propicie el ambiente de un cabaret berlinés años 30 antes de que comience la función y podrá también pedirse un cóctel mientras suena algo de música y los actores y actrices interactuarán con los asistentes antes de que dé comience el show. En ese sentido, el Teatro Albéniz logra convertirse en un espacio evocador con sus mesas redondas, sus grandes cortinones, el jazz sonando de fondo (ojo, con músicos en directo) y luces de ambiente. Chapeau.
En escena, nos quedamos satisfechos con el dominio vocal de la actriz Amanda Digón que es llevada por Federico Bellone hacia un complejo juego de frivolidad y vulnerabilidad donde nos creemos más lo primero que lo segundo. Digón pone arresto y mucho trabajo técnico aunque su Sally nos parece un tanto pazguata. El actor Pepe Nufrio encarna a Clifford Bradshaw, el joven escritor estadounidense que llega a la estimulante Berlín pre nazi, en busca de inspiración. Su papel es correcto, atractivo y se apega coherentemente al de un escritor que queda fascinado por la bohemia y que representa el rol de observador curioso y distante, al mismo tiempo, de la vibrante actividad del Kit Kat Club. Otros papeles de reparto son interpretados por Carmen Conesa (que encarna a Fräulein Schneider, casera de Bradshaw, y a la que da gusto ver en escena, aunque sea el suyo un papel un pelín escorado al melodrama), Tony River (que interpreta a un frutero judío que cae enamorado de Fräulein Schneider y cuya relación, de mujer alemana y hombre judío, terminará siendo imposible con la llegada y auge del nazismo), Pepa Lucas (inquilina de Schneider que despliega e interpreta, con gracia, pero algún artificio, su papel de oportunista y de superviviente a cualquier precio) y Gonzalo Ramos (que encarna estupendamente, con gran credibilidad, a Ernst Ludwig, el primer amigo de Bradshaw en Berlín y que resultará ser un prominente miembro del partido Nazi).

Aparte de los comentados, un cuerpo de bailarines y bailarinas disciplinados y técnicos dan poderío al contexto del cabaret en el que, como ya hemos señalado, suena la música en directo (detalle maravilloso éste). Por último, debemos hablar del papel del Emcee (léase fonéticamente emsi) o Maestra de ceremonias que es en este caso la actriz Abril Zamora. Su fuerza escénica es incuestionable. Le deseamos que se vaya soltando cada vez más porque sentimos que todavía hay alguna constricción en sus escenas que deben ser más confrontativas con el público, más arriesgadas, representando más su dualidad entre lo cómico y lo siniestro, a medio camino en esa transición que avanza desde el espectáculo a la tragedia. Abril está seductora y sarcástica, aunque echemos en falta algo más de satirización. Su escena con el mono (enmarcado en la letra de la canción «If You Could See Her (Through My Eyes)» es magnética, pese a que debería parecernos brutal porque el número, originalmente, estaba pensado para convertirse en una crítica feroz al antisemitismo y a la deshumanización que se comenzaba a normalizar con la llegada de los Nazis al poder (se omite en esta versión una frase final que debería golpear al público y que en la letra original dice «She wouldn’t look Jewish at all» que traducido significa: «No parecía judía en absoluto» (comparándose así una mona con una mujer judía).
Nos preguntamos si solo nos ocurrió a nosotros o al público en general que en esta adaptación de «Cabaret» se pierde bastante contexto en esa escena: no acaba de entenderse muy bien que la Maestra de Ceremonias salga con una mona de la que dice que se ha enamorado sin asociar esa idea con la idea del antisemitismo hacia los judíos.
El final del obra cierra con fuerza, en un anticlímax sin concesiones, con un momento tan inquietante como aquel que se produce cuando se canta en escena el himno pro-fascista del «Tomorrow Belongs to Me”. Un final que nos deja incómodos en los asientos, junto a nuestra mesa de cabaret. Un final que nos anuncia que la realidad es capaz de permear siempre, incluso frente al bastión hedonista donde todo parecía fiesta, frivolidad y espíritu vitalista. Un mensaje que está más vivo que nunca porque el dinero sigue haciendo girar al mundo y, ay, las ideologías extremas avanzan campando a sus anchas con vacías y fútiles promesas de redención.

Recordemos, solo para tener memoria histórica, que Berlín fue sede, en el año 1919, del Instituto para la Ciencia Sexual fundado por Magnus Hirschfeld, pionero en los derechos LGBTQ+ (en el lado correcto de la Historia). Hirschfeld defendía que la homosexualidad y la transexualidad eran variaciones naturales de la sexualidad humana, introdujo el concepto de “estados sexuales intermedios”, (reconociendo la diversidad de identidades de género y orientación sexual) y fue de los primeros en documentar científicamente la existencia de personas trans y en ofrecer tratamientos médicos y apoyo psicológico.
Con la llegada del nazismo, en el año 1933, el Instituto fue saqueado y destruido por miembros de las S.A (camisas pardas), sus archivos fueron quemados en la famosa quema de libros en Berlín, y su legado fue silenciado durante décadas. Entre 1933 y 1945, más de 100.000 homosexuales fueron arrestados en Alemania, y entre 5.000 y 15.000 enviados a campos de concentración, obligados a portar el infame triángulo rosa.
Los nazis (concepto éste que, como diría Hanna Arendt, nunca, nunca debemos banalizar), se ocuparían también de cerrar todos los clubes de cabaret de ambiente liberal y de cercenar libertades y un largo y terrible etcétera que ya conocemos. O no, porque muchos y muchas desalmados/as, se empecinan en repetir la historia. Siempre nos ha gustado aquella frase de Karl Marx que reza: «La historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa.» Sin embargo, este cabaret, las cosas comienzan como farsa y devienen en tragedia.
Por cierto: tras la ovación al final del show, algunas personas del público gritaron: «Viva Palestina Libre». Solo nos queda decir aquí y ahora: «Viva».
CABARET
PUNTUACIÓN: 4 CABALLOS (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes deseen una experiencia inmersiva de calidad
Se bajarán a este caballo: Quienes busquen una adaptación más fiel a la novela de Isherwood.
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Ficha artística y técnica
Dirección: Federico Bellone
Adaptación, traducción y versión: Silvia Montesinos
Reparto:
Abril Zamora (Emcee / Maestra de Ceremonias)
Amanda Digón (Sally Bowles)
Pepe Nufrio (Clifford Bradshaw)
Carmen Conesa (Fräulein Schneider)
Tony River (Herr Schultz)
Pepa Lucas (Fräulein Kost)
Gonzalo Ramos (Ernst Ludwig)
Andrea Buret (Ensemble / Cover Sally Bowles)
Marina Albaiceta (Ensemble / Cover Sally Bowles)
Paula Argüelles (Ensemble / Cover Fräulein Kost)
Gerard Mínguez (Ensemble / Cover Clifford / Cover Ernst Ludwig)
Alejandro Fernández (Ensemble / Cover EMCEE / Cover Clifford / Cover Ernst Ludwig)
Andrea del Castillo (Ensemble)
Christian Velert (Ensemble)
Graciela Monterde (Swing / Cover Fräulein Schneider / Cover Kost)
Marc Sol (Swing / Cover Herr Schultz / Cover Emcee)
Libreto: Joe Masteroff
Música original: John Kander
Letras: Fred Ebb
Escenografía y diseño de espacio escénico: Felype de Lima
Diseño de iluminación: Valerio Tiberi
Diseño de sonido: Poti Martín
Coreografía y asesoría de movimiento: Gillian Bruce
Diseño gráfico: Ana María Voicu
Maquillaje, peluquería y caracterización: Kley Kafe
Fotografías en esta crítica: del dossier de prensa. Autoría de Julia Marangoni
Producción: Let’s Go Company en coproducción con Marianna en Viu y colaboración con UMusic Hotel
Duración: 150 min. aprox. (con descanso incluido)
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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