BLAUBEEREN. De cuando Heidegger también comía arándanos

Alguien ha enviado un álbum de fotos a Rebecca Erbelding, responsable del Museo Conmemorativo del Holocausto en EE.UU. Quien se lo envía dice haberlo encontrado en 1946 en un apartamento en Frankfurt. El álbum contiene fotografías de oficiales y empleados del campo de concentración de Auschwitz que revelan sus momentos lúdicos y de asueto en el día a día en el campo mientras, en paralelo, se asesinaban a miles de personas.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Blaubeeren» que, con texto de Moisés Kaufman y Amanda Gronich y dirigido por Sergio Peris-Mencheta, nosotros pudimos ver en la sala verde de los Teatros del Canal, en Madrid. 

Blaubeeren, que significa «arándanos» en alemán, toma el título de uno de los pies de foto que aparecen en el álbum y sobre el que se puede ver la fotografía de un grupo de mujeres jóvenes y joviales que posan mientras un hombre les ofrece unas bandejitas con la mencionada fruta mientras, al fondo, otro hombre toca un acordeón. Esta fotografía, junto a otras, servirá como pretexto para reflexionar en torno a la banalización del mal o, aún mejor, para retratar la dimensión del extremo de disociación que pueden alcanzar algunos seres humanos. La obra, con título original «Here There Are Blueberries”, escrita por Moisés Kaufman y Amanda Gronich, fue finalista en los premios Pulitzer de teatro el pasado año 2024 (junto a “Public Obscenities” de Shayok Misha Chowdhury).

De la pieza, el jurado del premio destacó su ««teatro documental elegante y sobrecogedor que examina el origen de un álbum de fotos de Auschwitz y profundiza en el misterio irresoluble de cómo los individuos pueden insistir en la normalidad mientras la atrocidad acecha fuera del marco.» Esa «atrocidad fuera del marco» es la misma que llevaría a pantalla con «The zone of interest» el director Jonathan Glazer en el 2023 adaptando una novela de Martin Amis.

Es bien fácil terminar cayendo en el vínculo, mutatis mutandis, entre este «Blaubeeren» con «The zone of interest» pues sus fondos se asemejan demasiado: en ambas, la mirada se ubica alrededor de un paisanaje cuyas vidas transcurren con normalidad mientras, apenas distante, la maquinaria del holocausto hace su trabajo. Tal vez Kaufman y Gronich, que reparan en esas vidas de jóvenes alemanas que comen arándanos y bailan al son del acordeón en Auschwitz,  disociadas del horror que está sucediendo tan cerca, conocerán bien cómo en aquellos años existían figuras prominentes que, en la misma línea, contribuían a blanquear el nazismo con reflexiones capaces de dejarnos tan perplejos como la siguiente: 

“La agricultura es ahora una industria alimentaria motorizada, en cuanto a su esencia lo mismo que la fabricación de cadáveres en las cámaras de gas y los campos de exterminio, lo mismo que el bloqueo y la reducción de países al hambre, lo mismo que la fabricación de bombas de hidrógeno».

Esta reflexión ignominiosa pertenece, nada menos, que al filósofo alemán Martin Heidegger, que la escribía a finales de los años cuarenta y quedará para la posteridad. Existiendo personajes tan ilustres que arropaban a Hitler es fácil comprender, entonces, cómo toda una nación era capaz de comer arándanos, beber cerveza y bailar al son de la música que alegraba el corazón (o de canciones muy populares y muy cantadas como «Horst Wesselllied», de Horst Wessel, basada en la historia mítica de un joven nazi asesinado por una banda de comunistas. Oh, sorpresa). 

«Blaubeeren», además de contar con un texto interesante y una brillante dirección, como nos tiene ya acostumbrados Peris-Mencheta, sobresale por el hallazgo del tono documental en el que se pertrecha. A través de un relato bien hilvanado, riguroso, asistimos a la reflexión sobre la difícil respuesta a la pregunta de cómo fue posible que toda una sociedad se alejase de cualquier rastro de humanidad y optase por la negación del «Otro», por la mirada hacia otro lado, negando la identidad de millones de judíos (y gitanos y comunistas y homosexuales).

Recordemos que el nazismo pensó en el Holocausto desde una política radical del olvido: la empresa era olvidar que las vidas de los judíos existían, que las vidas de miles de mujeres, niños, hombres, historias todas ellas que debían ser vividas y contadas, merecían desaparecer a toda costa. He ahí la etimología de la palabra exterminio. Recordemos, también que mientras el filósofo Adorno escribía que «después de Auschwitz la poesía era imposible”, Heidegger, comiendo arándanos a puñados, loaba al poeta Hölderlin. 

Si el texto de este «Blaubereen» nos interesa y la dirección nos atrapa, el elenco destaca por su comedimiento en correspondencia con un texto que procura no rebasar demasiado lo documental aunque deje, también, un espacio para momentos de sentimentalismo alejados de la neutralidad  que introducen la emoción del narrador y sus reflexiones serenas.  Todo se escancia acompañado por un estupendo diseño de escenografía de Alessio Meloni y una acertadísima composición musical a cargo de Joan Miquel Pérez que interpreta el propio elenco y cuya melodía no chirría en ningún momento.

Quiero (y deseo) terminar esta favorable crítica mentando la soga en la casa del ahorcado. Sustituyamos, en esta ecuación, a los judíos por los gazatíes y tendremos una radiografía cuyas zonas fracturadas son indistinguibles.

Dice Omer Bartov: «solíamos pensar que lo que hicieron los rusos en Chechenia y Grozni era terrible, pero lo que sucede en la franja de Gaza está a mayor escala. Es difícil compararlo con nada. Para el siglo XXI, ciertamente no hay precedentes».

El genocidio que otrora vivió un pueblo se reproduce ahora a hombros de la tánato-política del Gobierno de Israel contra niños, mujeres y hombres de Palestina.

Los perpetradores y ejecutores fueron hombres y mujeres como cualquiera de nosotros, sí, inoculados con el virus del odio, de la mediocridad y la barbarie que comían arándanos, posaban sonrientes en las fotos y bailaban alegres frente a todo lo macabro que sucedía a su alrededor.

Lo eran entonces, (en la Alemania nazi) y lo siguen siendo ahora (con el gobierno sionista de Israel). 

 

BLAUBEREEN

PUNTUACIÓN:  3 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes deseen adentrarse en un teatro documental que explora una nueva trama en torno al Holocausto.

Se bajarán a este caballo: Quienes echen en falta una mirada menos documental sobre el asunto.

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Ficha artística

Texto: Moisés Kaufman y Amanda Gronich

Dirección: Sergio Peris-Mencheta

Elenco:
Clara Alvarado, clarinete y piano
Víctor Clavijo, piano
Eric de Loizaga, trikitixia
Nacho López, guitarra
Irene Maquieira, viola
Natxo Núñez, piano, guitarra y flauta
Maria Pascual, piano
Paloma Porcel, ukelele


Diseño de escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)
Diseño de iluminación: Pedro Yagüe
Diseño de vestuario: Elda Noriega (AAPEE)
Diseño de sonido: Benigno Moreno
Diseño de audiovisuales: Emilio Valenzuela
Composición musical: Joan Miquel Pérez
Atrezista: Eva Ramón
Dirección de producción y producción ejecutiva: Nuria-Cruz Moreno
Ayudante de dirección: Javier Tolosa
Ayudante de vestuario: Paula Fecker
Adjunto dirección de producción: Fabián Ojeda Villafuerte
Jefa de producción y regiduría: Blanca Serrano
Gerente en gira y regiduría: Paco Flor
Auxiliar de producción: Elena Prados
Administración: Henar Hernández
Asistente de gerencia: Jennifer Alonso
Dirección técnica: Alberto Hernández de las Heras
Técnico de luces: David González y Juan Andrés Morales
Técnico de maquinaria: Juan Moscoso, Paul Jara y David González
Técnico de sonido: Pablo de la Huerga y Benigno Moreno
Técnico de vídeo: Juan Ignacio Arteagabeitia
Jefa de prensa: María Díaz
Fotografía de cartel: Sergio Parra
Fotografía de escena: Javier Tolosa
Diseño gráfico: Eva Ramón
Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas

Una producción de Barco Pirata en coproducción con Producciones Teatrales Contemporáneas

Agradecimientos: Teatro Municipal de Coslada

Here There are Blueberries fue originalmente encargada y desarrollada por Tectonic Theatre Project Moisés Kaufman, director artístico y Matt Joslyn, director ejecutivo.

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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