PATAGONIA. Con acento en la «í»

Año de 1520. En la gélida Bahía de San Julián, Patagonia, acaba de fondear la expedición de Fernando de Magallanes que habrá de tomar contacto con la tribu aonikenk o tehuelche, que habita esos territorios, a quienes llamarán patagones por su gran estatura. Al irse, Juan de Cartagena, capitán español líder del motín en contra de Magallanes, será dejado a su suerte mientras que se llevarán a un joven tehuelche, de nombre Kentelan. En el barco, Antonio Pigafetta, un cronista italiano a bordo de la travesía, se hará cargo de «civilizar al salvaje». Mientras tanto, en tierra, Cartagena será socorrido por dos mujeres que tienen un claro objetivo: saber a dónde se han llevado a su «hombre», Kentelan.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la ópera «Patagonia» que, con dramaturgia y dirección escénica de Marcelo Lombardero y dirección musical de Sebastián Errázuriz, nosotros pudimos ver en la sala principal del Teatro de la Zarzuela, en Madrid.

¿Qué tiempos corren en la ópera creada en Hispanoamérica? ¿Cuestionar esta obra de Lombardero y Errázuriz, nos convertirá, a modo de trampa etnocentrista, en legitimadores de los desmanes de los enviados por la Corona Española sobre los indígenas? (Esta última pregunta es un exabrupto, obviamente). Ya se (sobre)entenderá que «Patagonia» no ha dejado una huella positiva o elogiable en nosotros como espectadores. Contábamos con el atractivo poder del marketing, siempre tan voluntarioso (y nosotros, a menudo, tan ingenuos). Un marketing que ensalzaba lo siguiente:

«Esta ópera está compuesta  al hilo del 500º aniversario de la primera circunnavegación del planeta realizada por Fernando de Magallanes y Sebastián Elcano, Patagonia relata el encuentro de la comunidad Aonikenk, habitante de la Bahía San Julián, con la tripulación de Magallanes desde la perspectiva indígena y de quienes fueron sus protagonistas. En 1519 zarpan 5 naves desde Sevilla con el propósito de llegar a las islas de las especiería, dirigiéndose hacia occidente para no violar el Tratado de Tordesillas. El 21 de octubre de 1520 encuentran el paso que hoy conocemos como Estrecho de Magallanes. En este territorio habitaban los Aonikenk también conocidos como Tehuelches que son quienes Magallanes denominó Patagones».

Desde el minuto uno hasta el final del espectáculo (quizá sea demasiado llamar a «Patagonia» así), lo que nos encontramos es una irritante y bostezante propuesta que nos deja perplejos por su falta de ritmo, de acción, de emoción, por su debilitada dramaturgia de unos acontecimientos que discurren por medio de un relato errático y carente de cualquier forma de contrabalanceo en la historia, tan escorada que se hace imposible hablar de otra cosa que no sea una excesiva y deliberada identificación con la comunidad Aonikenk. Vale, de acuerdo: el portugués Magallanes era un villano, un tipo insoportable, o eso dicen las crónicas, pero de ahí a reducir su historia (y toda la proeza de su expedición) a una repelente injerencia sobre otros territorios, pues mire usted, como que la mesa cojea.

En el apartado de la dramaturgia, no terminamos de asimilar que esta pieza haya podido contar con el beneplácito de las instituciones culturales para formar parte de la programación y el discurso artístico del Teatro de la Zarzuela a no ser que todo se reduzca a un intercambio de favores (un «hoy por ti y mañana por mí»).

Nos preguntamos si Lombardero habrá leído la obra «Magallanes: hasta los confines de la Tierra», del historiador Laurence Bergreen, quien hace un retrato del personaje como alguien bastante detestable, sí, pero al que deja indemne de ser juzgado como injusto o inhumano con los nativos y los indígenas de Brasil o de la Patagonia reconociéndole sus méritos en este sentido por la humanidad con la que interactuó con estas poblaciones durante su periplo expedicionario. Bergreen subraya que Magallanes no tuvo interés en esclavizar a los indígenas que se fue encontrando y su objetivo pasaba más por establecer vínculos comerciales empleando métodos mucho más cordiales que Cristóbal Colón. Nótese, para más precisión, que Magallanes moriría a manos de un jefe tribal en Filipinas cuando intentó convertir a su tribu al cristianismo (qué ironía que Filipinas sea, a día de hoy, uno de los lugares del mundo con más población cristiana).

Más allá de todo esto, (veleidades, dirán algunos/as), la historia que encierra esta «Patagonia» es un franco aburrimiento. Tenemos a ese personaje femenino que hace las veces de una antropóloga o arqueóloga y que desmenuza, a modo de medium, los hechos que conducen al rapto de Kentelan y de la lucha de las dos mujeres tehuelche que siguen su rastro para poder encontrarlo, quinientos años atrás en nuestros días. Ahí es nada.

La interpretaciones y la presencia en escena de Evelyn Ramírez (mezzosoprano), Marcela González (soprano), Nicolás Fontecilla (tenor), Sergio Gallardo (Bajo-barítono), María Paz Grandjean (actriz), Francisco Arrázola (actor y bailarín) y Manuel Páez (percusionista), no logran levantar la propuesta que nace desbaratada desde el principio con una dirección musical exasperante. Cada escena rechina más que su antecesora. De entre todas las interpretaciones, que no suscitan nada en nosotros como espectadores, no deja de causarnos mayor perplejidad el libreto que sigue el tenor Nicolás Fontecilla que encarna a Antonio Pigafetta en unos lances que nos dejan con ganas de abandonar la sala antes de tiempo.

Ni siquiera la propuesta escenográfica nos resarce de la debacle que, apunten, ha conseguido premios como: Mejor Nueva Producción Latinoamericana, por Ópera XXI y Ópera Latinoamérica, y Mejor Puesta en Escena de Ópera, por el Círculo de Críticos de Arte de Chile. La pregunta es: ¿el año en que ganó esos premios, solo concurría esta obra para ser juzgada?

«¿Cómo vivieron los habitantes originarios del sur del mundo el encuentro con esta expedición hace 500 años?», se pregunta en una entrevista en prensa Sebastián Errázuriz, compositor de la obra, despachando de la ecuación cualquier interés por la figura de Magallanes con la misma desidia con la que le habría tratado, en su día, el mismísimo Rey Manuel de Portugal. La respuesta a esa pregunta que se hace Errázuriz, la tenemos en «Patagonia» que, para ser coherente con el dislate que representa, creemos que debería llevar un significativo acento en la «í» porque, amigos y amigas, esta pieza es, sin duda, toda una «agonía».

PATAGONIA

PUNTUACIÓN:  1 CABALLO (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes quieran dejarse arrullar por los desesperantes lamentos del tedio.

Se bajarán a este caballo: Quienes tengan un plan mucho más apasionante: como por ejemplo una colonoscopia o una limpieza de sarro.

Ficha artística

Dramaturgia:
Marcelo Lombardero

Dirección escénica:
Marcelo Lombardero

Dirección musical:
Sebastián Errázuriz

Elenco

Evelyn Ramírez: Golenkon

Marcela González: Xorenken

Nicolás Fontecilla: Antonio Pigafetta

Sergio Gallardo: Juan de Cartagena

María Paz Grandjean: Ikalemen

Francisco Arrázola: Kentelan

Manuel Páez: Hombre español

Escenografía:
Noelia González Svoboda

Iluminación:
Marcelo Lombardero
Felipe Muñoz

Audiovisuales:
Leandro Pérez

Vestuario:
Luciana Gutman

Coreografía:
Ignacio González Cano

Producción:
Teatro del Lago
Teatro Biobío de Chile

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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