Leonard Vole acude al despacho del abogado Wilfrid Roberts puesto que le acusan del asesinato de una rica anciana amiga suya. A pesar de sus reticencias iniciales, el abogado acepta el caso contando con la coartada del acusado de que a la hora en que ocurrió el crimen él estaba en casa con su esposa y ésta podrá atestiguarlo.
Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Testigo de cargo» que, con texto de Agatha Christie, versión de Roberto Santiago y dirección de Fernando Bernués, con un reparto encabezado por Fernando Guillén Cuervo, nosotros pudimos ver en la sala Guirau del Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa.

Hagamos un pequeño salto temporal inicial. Vayamos al año 1957. Así, para comenzar. Billy Wilder, en colaboración con Harry Kurnitz, toma como base un relato corto de Agatha Christie editado en 1933 bajo el título de «Testigo de cargo» (Witness for the Prosecution) dentro del libro de relatos «El podenco de la muerte y otras historias» de la autora británica (relato que, a la postre, la propia autora convertiría en obra de teatro); así, juntos, Wilder y Kurnitz, escriben el guion de la que será una de las mejores adaptaciones de una obra de Agatha Christie llevada al cine por Wilder, el talentoso director de origen austríaco, que lograría para su película del año 1957 a un reparto excepcional encabezado por nombres como Charles Laughton, Tyrone Power o Marlene Dietrich. Nada menos. Fin del salto temporal para comenzar.
No sabemos si vosotros/as, lectores y lectoras de este humilde medio digital (nota mental: no debería emplear el adjetivo humilde porque queda poco humilde), habéis leído el relato, la obra de teatro de Christie o la película de Wilder. Tal vez todo o tal vez nada. Bien. Primer consejo: leed la obra (o el relato) y luego recrearlos en vuestra imaginación. Por descontado, luego ved la maravillosa película con guion de Wilder y Kurnitz. Hasta aquí. Tal vez, bueno, si viajáis a Londres o a Nueva York y veis una adaptación teatral de «Testigo de cargo», quizás podáis comprar una entrada. Eso ya es cosa vuestra. Sabemos que os estaréis preguntando: «Vale, sí, de acuerdo, que si Wilder, que si leer a Christie, que si viaje a Londres o Nueva York y todo eso…, pero ¿Qué hay del montaje que se puede ver en el Teatro Fernán Gómez de Madrid hasta el 26 de Enero? Eso es, amigos y amigas, harina de otro costal. Veremos por qué.

La historia que adapta Roberto Santiago se mantiene fiel a la obra de la escritora Británica. Pensemos en el papel del criado del abogado Wilfrid Roberts que en el filme de Wilder es reemplazado, exitosamente, por una enfermera que se desvela por los cuidados del abogado cascarrabias para que cumpla a pies juntillas las recomendaciones de sus médicos (recordemos que en la película, el abogado siempre parece que está a punto de sufrir otro infarto de miocardio). La señorita Miss Plimsoll introduce el elemento de humor tan carismático en las películas de Wilder que, en el fondo, podríamos identificar como francas y honestas apelaciones a una búsqueda de bondad y de humanidad en mitad de los dramas. En el caso de lo que vemos en las tablas del Fernán Gómez, es el papel original de un criado o mayordomo el que vela por los cuidados del abogado refunfuñón y que interpretan Adolfo Fernández (mayordomo) y Fernando Guillén Cuervo (como el abogado). Ninguna de las dos interpretaciones nos convence en absoluto pues sus papeles, a decir verdad, parecen escorados hacia lo impersonal y falto de entusiasmo, en el caso de Fernández, o hacia lo incomprensiblemente mal aliñado en el tono de «lo cascarrabias», para el caso de Guillén Cuervo.
Hemos de reconocer que nos sorprende, negativamente, el bajo nivel encontrado en estas y en las restantes interpretaciones que, obviamente, no deseamos comparar con las de la película de Wilder (que los dioses nos libren) sino con lo que se nos transmite a lo largo del montaje que se prolonga más allá de los cien minutos de duración sobre una escenografía sumaria, desnuda, cuya principal cualidad es la de hacer adolecer el resto de la función que no logra apoyarse en ninguna interpretación brillante que empuje e impulse lo que vamos viendo. La situación, pensamos, no debería empeorar, pero sí lo hace con la aparición en escena de la mujer del acusado de asesinato cuya interpretación, escuálida y carente de todo el vigor y entrega que requiere su personaje, recae en la actriz Isabelle Stoffel. Sentimos decir que este personaje no le sienta bien (y eso que en la escena, un tanto extraña en el tono este montaje, de la mujer que hace entrega de las cartas, nos fascina algo más por el hecho en sí de la extrañeza con la que está ejecutada dentro del contexto del resto del montaje). Por otro lado, el papel que interpreta la actriz María Zabala nos resulta completamente anodino en lo que resulta a efectos de la trama o historia (como otros que aparecen en el montaje).

Alcanzado este extremo, tras observar el resto del reparto y el nivel de desgaste y de pujanza interpretativa del conjunto y al no encontrar un asidero al que agarrarnos más allá de la música original y audioescena de Orestes Gas o las Ilustraciones de Irune Aguirreazaldegui, es cuando nos hacemos la pregunta de qué ha sucedido en esta producción para que nadie haya reconsiderado una «vuelta de tuerca» cuando, desde fuera, vistas desde el patio de butacas, se lo aseguramos, las cosas no funcionan y languidecen de una manera proverbial hasta el final. Hay, de hecho, escenas que más podrían ser parte de un montaje propio de un grupo amateur de aficionados al teatro que las asimilables con una producción estrenando en la sala Guirau del Centro Cultural de la Villa.
Nada encaja y por mucho que el texto siga su curso avanzando hasta su resultado final, más o menos sorpresivo, nos encontramos muy lejos de las expectativas con las que acudíamos. El personaje que interpreta Guillén Cuervo nos llama la atención por su caída libre en un papel al que podría sacarle infinitas posibilidades. Sabemos que estamos ante un actor bregado en cine, televisión y teatro y de ahí nuestra perplejidad. ¿Una cuestión de dirección? Fernando Bernués, quien dirige este montaje, cuenta con una trayectoria más que apuntalada y acreditada y no comprendemos muy bien qué ha sucedido con este «Testigo de cargo» (¿o de encargo?) para que la flecha haya caído tan lejos de la diana. ¿Habrá espectadores y espectadoras que rían, que disfruten y que pasen un buen rato con esta propuesta? Pues por supuesto. Habelas hailas, pero, mire usted, nosotros debemos ser honestos con quienes lean estas líneas y dejar esta producción vista para sentencia con el resultado de fallido intento. En cualquier caso, que sea un jurado popular quien juzgue lo que puede verse en las tablas. Ya lo decía Francisco Quevedo: «Menos mal hacen los delincuentes que un mal juez». Y los críticos, a menudo, también somos malos jueces.
TESTIGO DE CARGO
PUNTUACIÓN: 1 CABALLO Y 1 PONI (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes estén acostumbrados/as a ver muy poco teatro.
Se bajarán a este caballo: Quienes no entiendan qué ha pasado para que a este montaje le falle todo su apartado interpretativo.
***
Ficha artística
Texto: Agatha Christie
Versión: Roberto Santiago
Dirección y espacio escénico: Fernando Bernués
Reparto: Fernando Guillén Cuervo, Isabelle Stoffel, Bruno Ciordia, Adolfo Fernández, María Zabala, Markos Marín, Borja Maestre y Nerea Mazo
Diseño de iluminación: Ciru Cerdeiriña
Música original y audioescena: Orestes Gas
Diseño audiovisual: David González | 2VISUAL
Diseño de vestuario y caracterización: Elda Noriega (AAPEE)
Ayudante de dirección: Virginia Rodríguez
Diseño gráfico y fotografías: Javier Naval (Fotografías tomadas de la web del Teatro Fernán Gómez para los medios).
Ilustraciones: Irune Aguirreazaldegui
Producción ejecutiva: Beatrice Binotti
Dirección de producción: Nadia Corral
Distribución: ConTablas Distribución
***
Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
Síguenos en Facebook: https://www.facebook.com/www.mireinoporuncaballo.blog
Y en Instagram: https://www.instagram.com/mireinopor/
