Hasta el 30 de noviembre la ciudad de Madrid vuelve a llenarse con decenas de conciertos y actividades paralelas a lo largo de diferentes escenarios de la capital reuniendo sobre ellos a figuras prominentes y emergentes de la cultura musical jazzística. En eso consiste la nueva edición de de JAZZMADRID 2024.
Dentro de todo el repertorio disponible, nosotros decidimos apostar por el jazz vocal de Dee Dee Bridgewater y la que viene a continuación es la crónica de lo que disfrutamos sobre el escenario principal del Teatro Fernán Gómez-Centro Cultural de la Villa.

La sala Guirau estaba a rebosar antes de que, bastante puntual, en torno a las ocho y diez de la tarde, apareciesen en el escenario las tres mujeres que acompañarían durante todo el concierto a la estrella Dee Dee Bridgewater. La elección de un cuarteto formado solo por mujeres (tres instrumentistas y la vocalista) debería ser tomada ya como una pista de por dónde discurriría la presentación. Tras unos acordes iniciales, aparecía en escena Bridgewater, una mezcla entre mujer empoderada y mística que comenzaría agradeciendo en español los calurosos aplausos de un público que presagiaba iba a estar entregado a la causa. Más allá de ese «gracias» inicial, el resto de los parlamentos de la cantante norteamericana continuarían en inglés, su lengua natal, anunciándonos, tras un breve discurso, que su proyecto musical más reciente, y el que iba a desgranar a lo largo de la noche, se titulaba «We exist»: toda una declaración de intenciones (bien recibidas, no hace falta decirlo).
El repertorio de la ganadora de tres Grammys, del premio Tony o del título de Jazz Master, se ocupó de ir presentando cada tema empleando un tono a medio camino entre el activismo melancólico y la elegancia de quien, probablemente, en el mundo del jazz ha sabido escuchar con humildad y absorberlo todo con pasión para sacarle el máximo provecho en círculos donde la camaradería entre colegas ha ido siendo devorada, gentrificada y capitalizada por la industria musical para lograr crear fórmulas y artistas cuanto más vendibles mejor. Bueno, pasa en las mejores familias.

La artista ha recogido premios y la admiración del público, pero no se esconde a la hora de hablar de las malas rachas como la que pasó cuando desde París, donde había estado residiendo unos años, regresó a Estados Unidos para ocuparse de su madre y de sus problemas relacionados con una demencia. Esa fue una etapa de neblina mental, de bloqueo y entumecimiento que no ayudaba a la inspiración. Tras la muerte de su madre en 2017 tampoco le ayudaría constatar los casos de racismo policial en su país, la deriva política trumpista (Bridgewater cantaría para Obama en la casa Blanca) o el actual genocidio de Israel sobre la franja de Gaza acerca de la cual, la vocalista, habla con dolor en muchas de sus entrevistas. Entre canción y canción, Bridgewater hace su personal relato de cada tema y nombra a algunas de las personas (mujeres y hombres del jazz) que le han hecho mejor como cantante y como ser humano. Son las letras de las canciones que elige cantar en el escenario las que hablan, las que atestiguan el malestar que la artista siente por cómo el mundo gira en espirales de irracionalidad racista, xenófoba, negacionista. Prefiere que los temas de su repertorio expresen su manifesto personal. Tomemos como ejemplo el tema «Trying times» de Roberta Flack donde una parte de su letra nos interpela con contundencia:
«Dije que el hombre siempre está hablando de que es inhumano hacia el hombre. I said man is always talking ‘bout it’s inhumanity to man ¿Pero qué está tratando de hacer para convertirlo en un mejor hombre? But what is he tryin’ to do to make it a better man? Oh, solo lee el periódico, enciende tu televisor Oh, just read the paper, turn on your TV Ves gente manifestándose por la igualdad.You see folks demonstrating about equalityPero tal vez la gente no tendría que sufrir But maybe folks wouldn’t have to suffer Si hubiera más amor por tu hermano If there was more love for your brother»
Escrita en 1969, su letra podría ser suscrita a día de hoy, en 2024, lo que no deja de ser un recordatorio de cómo el ser humano se mueve en círculos y en espirales, a menudo, desoladoras pues parece que la memoria no sirviese de andamiaje o aprendizaje y, al contrario, se evaporase con suma facilidad.
Llegarán después más canciones con resonancias y menciones a Billie Holiday (a la que interpretaría en los años 80 en «Lady Day», el musical biográfico en torno a Holiday ), a Nina Simone y a tantas otras figuras más o menos conocidas por el gran público.
La voz de Dee Dee es mastodóntica y hace lo que quiere con ella retorciéndola, abismándose, acompañando a la batería, al piano, al bajo a modo de juego de quién le pone el cascabel al gato de la creación, siempre en complicidad inseparable entre la técnica vocal y la técnica instrumental.

Tenemos ante nosotros, en una velada fabulosa, a la mujer que ha trabajado con los y las más importantes luminarias de la escena jazz: Sonny Rollins, Dizzy Gillespie, Thad Jones y que en el escenario muestra sus fortalezas vocales y su poco miedo al riesgo ya no cantando una versión, en español, del bolero «Bésame mucho» sino rizando el rizo con la pieza más complicada del repertorio: una versión cantada del «Spain», del año 1971, de Chick Corea en la que Bridgewater se siente cómoda pese a la complejidad que reviste esa mezcla de jazz fusión donde los ritmos cambian vertiginosamente percibiendo las virtudes de escapista de esta Houdini del jazz que ora hace soul ora regatea con un bolero o con un ritmo de samba.
Trabajazo en escena, virtuosismo y bailes de Dee Dee acompañando los arreglos de un trío de mujeres que son leonas con sus instrumentos. Debemos reconocer el hipnotismo que nos provocó el dominio de la batería que despliega, sin aspavientos innecesarios, Evita Polidoro. La italiana despunta sobremanera con su destreza y su facilidad para lograr que una sesión de jazz nos remita al rock, al punk o a la new wave. Hay mucha honestidad en su trabajo.
Todavía al calor de los aplausos del público, que confía en que vuelva a salir a escena la vocalista, se completa el ritual con un cierre interesante: Bridgewater canta, a cappella, medio arrebatada, medio pies en la tierra, el «Amazing grace» (ese canto a la misericordia divina que escribió un tal John Newton, comerciante de esclavos, nada menos). Creemos que la artista lo canta, probablemente, para lanzar al respetable su particular sermón jazzístico; como quien viene a confirmar que es autosuficiente porque se lo ha trabajado mucho, pero también para señalarnos que está agradecida por ser mujer, negra, resiliente y existe, claro que existe. El afecto del público así lo corrobora, en un acto final de celebración y gratitud mutua.
DEE DEE BRIDGEWATER QUARTET. FESTIVAL JAZZ MADRID 2024
PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS Y 1 PONI (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes deseen celebrar el virtuosismo de un cuarteto de jazz meritorio.
Se bajarán a este caballo: Quienes esperasen un surtido de piezas más estándar.
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Ficha artística
Dee Dee Bridgewater, bandleader/vocals
Carmen Staaf, musical director/piano
Rosa Brunello, bass
Evita Polidoro, drums
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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