EN MITAD DE TANTO FUEGO. Con el alma de humo

Patroclo, compañero de armas de Aquiles, nos relata una historia que va mucho más allá de la camaradería y la entrega entre estos dos hombres protagonistas de la Ilíada.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «En mitad de tanto fuego» que, con autoría de Alberto Conejero, dirección de Xavier Albertí e interpretación de Rubén de Eguía, nosotros hemos podido ver en la Sala Negra de los Teatros del Canal, en Madrid.

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Tenemos asimilada, por aculturación, una idea de pareja literaria, la de «Romeo y Julieta» (heterosexual y trágica, para mayor logro de su impronta), pero mucho antes, bastante antes, en una epopeya como La Ilíada, escrita por Homero, podríamos toparnos con el rastro de otra pareja igual de trágica, sí, y con una dimensión poderosamente amorosa, afectuosa, romántica y bisexual (a ojos de nuestro lenguaje más contemporáneo).

¿Os imagináis un mundo en el que el referente de pareja literaria fuese esta?: Aquiles y Patroclo, una especie de brokeback mountain épico sobre el último año de la guerra de Troya. No, no es viable para una sociedad heteropatriarcal. Imposible.

Por suerte, el teatro, tal vez una de las últimas fronteras donde la imaginación y la creatividad transitan menos encorsetadas, nos ha proporcionado tal guiño de la mano de la escritura de un autor sensibilizado con la comunidad L.G.T.B.I.Q: Alberto Conejero.

En su particular hazaña, Conejero nos conduce, con un texto centauro mitad monólogo/mitad soliloquio, hasta la historia de amistad/ amor/ carnalidad sexual/ abnegación/ altruismo cincelados entre el héroe Aquiles y su camarada (no menos héroe) Patroclo en mitad de los estertores de la guerra entre griegos y troyanos, en mitad de tanto fuego, avivado, entre los dos hombres.

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El actor Rubén de Eguía, que encarna a Patroclo, se nos presenta solo en escena, sin mayor acompañamiento que una silla y un sencillo juego de luces que se apagan y se encienden para crear algún efecto de transición, de paso del tiempo. Entendemos que semejante sencillez responde a la necesidad de que el público ponga la oreja, su escucha atenta, en cada recoveco del monólogo escrito a modo de artefacto poético un tanto alambicado.

Hay momentos en los que no conectamos con algunas partes del texto que se nos quedan en subrayado y énfasis de las mismas ideas, en estribillo. Pese a que el texto es hermoso, como casi todo lo que suele escribir Conejero, en esta ocasión algo nos falla. Quizá sea la parte de su excesiva austeridad dramatúrgica y algunos momentos en los que, la interpretación, no nos resulta convincente o evocadora a pesar del peso específico de las palabras elegidas, de su textura poetizada.

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Nos falta, igualmente, un punto de ruptura, de suciedad, de sofoco, de asfixia que no llega desde un cuerpo, el del actor/Patroclo, cuyas emociones, por momentos, no terminan de compadecerse con el contexto desde el que nos habla de forma que sentimos que estamos ante un Patroclo un tanto abismado, disociado, alejado de las tribulaciones que relata e instalado en ese lugar, el escatológico (en el sentido de ultratumba), la mayor parte de su relato.

Pensemos, por ejemplo, en el asunto de la sexualidad entre Aquiles y su auriga. El sexo es lo contrario a la limpieza: son fluidos, sudores, exudación, hiperventilación, excitación; es sístole y diástole y, sin embargo, aquí se plasma casi unicamente apegado al deseo, a la intimidad antes que al desenfreno. No estaría de más que lo momentos de sexualidad de mayor ímpetu en el monólogo pudiesen originar una volcanización, alguna erupción en la escena más allá de un actor, de frente al público, estirando su brazo y entregando su mano a modo de presencia, de espejismo. Echamos en falta, ergo, algún momento más simbólico que nos conduzca a la cueva del centauro, a una masturbación de Aquiles entre las nalgas de Patroclo (o viceversa) o a los jadeos de un posible coito entre los amantes; a un cuerpo retorciéndose al evocar el placer, algo más desconectado de lo filial y más vinculado con alguna suerte de atavismo pulsional capaz de corromper el hilo de hermosura que deviene de principio a fin y que pareciera estar hablándonos de una Arcadia antes que de dos hombres en medio de una guerra devastadora y de todo su dolor,  de todo su sufrimiento. En mitad de tanto fuego y de tan poco ardor.

¿Hay un exceso de Pietas en este texto? ¿Acaso no podríamos encontrar más fuerza teatral o dramatúrgica en los relieves de mármol de Proconeso del conocido como “Sarcófago Pianabella»? Quién sabe. Eso sí, reconozcámoslo, aquí hay mucha más sustancia y pulpa que en los ciento sesenta y tres minutos de metraje que dura la película «Troya» de Wolfgang Petersen.

Conejero es un grandísimo escritor y este texto es delicioso, pero le faltan mordientes, un aguafuerte, una punzada más canalla que habría de disparar o elevar la interpretación de este Patroclo hasta lo paradigmático.

El alma de este fuego, parafraseando al canto vigesimotercero de La Ilíada, se desvanece, ya no como fuego sino como humo, entre breves susurros al salir de la sala.

EN MITAD DE TANTO FUEGO

PUNTUACIÓN:  2 CABALLOS y 1 PONI (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes disfruten con los pasajes de la Troya cantada en la Ilíada (que no en la película de Wolfgang Petersen)

Se bajarán a este caballo: Quienes esperen algo más canalla entre tanta hermosura.

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FICHA ARTÍSTICA

Autoría: Alberto Conejero
Dirección: Xavier Albertí
Interpretación: Rubén de Eguía
Diseño de iluminación: Xavier Albertí y Toni Ubach
Ayudante de dirección: Adrián Novella
Jefe técnico: Toni Ubach
Producción ejecutiva: Miramedia Universe SL
Coordinación de producción: Elena Martínez y Roser Soler
Producción: Miramedia Universe SL y Grec Festival de Barcelona
Colaboradores: Teatros del Canal, Sala Beckett y Ministerio de Cultura y Deporte
Imágen gráfica: María la Cartelera
Reportaje fotográfico: David Ruano
Vídeo: Albert Miret
Montaje: Miramedia Universe SL
Distribución: Fran Ávila, Roser Soler y ElenaArtesEscénicas

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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