CUCARACHA CON PAISAJE DE FONDO. Una bañera de agua tibia

Un balneario especializado en tratamientos para mujeres con dificultades para tener hijos recibe la visita de una nueva usuaria. La recién llegada no va buscando mejorar su fertilidad sino reencontrarse con un viejo amigo: el médico encargado de los milagrosos tratamientos del balneario a quien ella acude para pedirle otro favor.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Cucaracha con paisaje de fondo» que, con dramaturgia y dirección de Javier Ballesteros, nosotros pudimos ver en el Teatro Quique San Francisco, en Madrid.

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Avalada con dos premios MAX (a «Mejor autoría revelación» y «Mejor espectáculo revelación) la expectativa era alta, pese a que ya sabemos que muchas veces las expectativas no terminan por cumplirse una vez visto el espectáculo. Con esta pieza no podemos decir que nos decepcionase, pero tampoco que nos entusiasmase. Digamos que el resultado es un «mitad y mitad».

Por un lado, el texto, que pretende jugar con ideas clásicas pasadas por el tamiz de lo contemporáneo (coro griego, diálogos jugando al «verso», ecos de tragedia), se nos queda muy a medio gas. Vemos algunos momentos de destello, sí, especialmente en algunos diálogos algo más mordaces, pero en su mayor parte deviene en un estilo un tanto indefinido, demasiado casual e incluso con ribetes de superficial. La mezcla del argumento trágico y cómico o absurdo no termina de empastar del todo y es más fácil quedarse con la parte esquemática y reiterativa de una estructura de comedia antes que con su dimensión trágica (que queda mermada en aras de un despliegue de tics y aspavientos que buscan la risa).

Posee un cierto tono de suspense por lo enigmático de algunos de sus personajes y la historia bien podría ajustarse al estilo cuasi cinematográfico propio de un Yorgos Lanthimos (en «Langosta», por ejemplo). El espectador va descubriendo poco a poco qué intereses han traído a la recién llegada hasta el balneario, pero una vez descubierto el pastel (no tarda mucho en contarse), el resto de lo que va sucediendo en escena comienza a hacerse recurrente y poco atractivo una vez que el conflicto queda retratado y acotado. Alguna que otra sorpresa en la trama nos dejará indiferentes. Podemos pasar de la perplejidad inicial hasta acabar en el desinterés.

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Pero, a ver, ¿por qué ese desinterés por nuestro lado? Pues porque la obra dice hacerse cargo de una serie de premisas que nosotros no acabamos de ver del todo. Por un lado: el deseo de ser madre. Si esta es una reflexión de la obra, nos cuesta aceptarla más allá de un ligero subrayado en alguna de las protagonistas. No diríamos que la obra va de eso sino, en todo caso, de la especulación y experimentación médica, de los fraudes y engaños de los tratamientos para fomentar la fecundación. Otras premisas en torno a la continuidad de la especie y la extinción del ser humano como máxima conclusión del ecologismo en la Tierra quedan igualmente diluidas en un intento por hacer converger dos tramas (o intrahistorias) que se rozan forzosamente: la trama de las mujeres engañadas en el balneario por el médico y la trama de la mujer que acude a su amigo, el médico, para encontrar una salida a su agonía.

Por otro lado, llamarle trabajo de poesía (o juego poético) a lo que observamos en los diálogos entre los diferentes personajes es un birli-birloque de aúpa. La medida de los versos enunciados podría ser la siguiente: «Mi corazón palpita como una patata frita». Ahí es nada.

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La idea del contexto, un balneario, es literaria y bien traída. Seductora. Un lugar apartado, íntimo, donde puede desplegarse el suspense, lo enigmático, lo trágico, lo cómico. Aquí lo cómico sobrepasa con creces a lo trágico. Sabemos que en una tragedia griega el personaje principal es sordo a las advertencias del coro y en esta «Cucaracha con paisaje de fondo» es el coro el que es sordo a las advertencias del personaje principal (de ahí su preeminencia de lo cómico). Asimismo, este balneario se parece más al balneario de «Battle Creek» (de T. C. Boyle) que a otro balneario bien conocido como el de «La montaña mágica», de Thomas Mann. La metafísica no está ni se la espera aunque el tono de irrealidad sí nos alcanza por momentos.

En el apartado de interpretaciones, éstas no consiguen llamar nuestra atención demasiado más allá del papel de la mujer con cierto retraso madurativo que se encuentra en el balneario y que no desea volver a casa. Su personaje encierra un drama bajo una aureola sobredimensionada de comicidad. Algunos momentos, como por ejemplo los aquelarres en torno a la pequeña piscina o los encuentros del médico con su vieja amiga del pasado, nos resultan artificiosos y poco atractivos.

Por desgracia, nuestras expectativas quedaron por cumplirse con este montaje. Tal vez sea porque nosotros pensábamos encontrarnos con un jacuzzi efervescente de burbujas y nos topamos con una bañera con el agua tibia. Qué se le va a hacer.

CUCARACHA CON PAISAJE DE FONDO.

PUNTUACIÓN:  2 CABALLOS Y 1 PONI (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes gusten de comedias negras con relativa carga social de profundidad.

Se bajarán a este caballo: Quienes no vean algo más que una historia un tanto banal.

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FICHA ARTÍSTICA

Dramaturgia y dirección: Javier Ballesteros
Reparto: Laura Barceló, Pablo Chaves/Javier Ballesteros, Eva Chocrón, Virginia de la Cruz, Matilde Gimeno, María Jáimez y June Velayos
Ayte. dirección: Víctor Nacarino
Escenografía y vestuario: Pablo Chaves
Música: Isabel Arranz
Coor. producción: Raúl de la Torre
Iluminación: Juan Seade
Cartelería: Alejandra Sánchez-Mateos
Producción: Mujer en obras
Agradecimientos: Bárbara Santa-Cruz, Violeta Orgaz, Pilar Bergés, Kira Anzizu, Inés Higueras, Ernesto Artillo, Francisco Javier García, Chema Noci, Ernesto Naranjo, Álvaro Moreno, Nave73, Antiel Jiménez, Familia García-Velayos, Blanco Choya, Alba Recondo.

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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