André Fêikiêvich es un falsificador de arte obsesionado con captar la esencia. Tras su pista, tratando de atraparlo, se encuentra Boris Kaczynski, un gran conocedor del mundo del arte que, en su búsqueda por atrapar a André, acabará dando por imposible el distinguir entre lo que es real y lo que es falso.
Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Falsestuff» que, con texto y dirección de Nao Albet y Marcel Borràs, nosotros pudimos ver en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, en Madrid.

El propio título de la obra nos remite a su contenido «False» (de falso) y stuff (material). Material falso es todo lo que acaba pareciendo este montaje que se prolonga tres horas de incomprensible mezcla entre parodia, pseudo-sesuda reflexión y metateatro.
Fíjense que la idea, a priori, pintaba curiosa cuanto menos. Los creadores de la propuesta avanzaban sus reflexiones en torno al trabajo que podríamos ver en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, con premisas como la siguiente:
«Giordano Bruno primero y, posteriormente, Immanuel Kant instauraron el concepto del genio tal y como lo conocemos hoy: una facultad humana sacralizada que permite distinguir entre artistas con un esforzado talento y creadores innatos, geniales; un creador que gracias a un don natural es capaz de generar belleza sorprendente de forma propia y original. Ambos filósofos subrayaban la idea que era solamente el genio quien podía producir la experiencia profunda del arte y anteponían la figura de éste a la del artesano, un trabajador incansable que gracias a la técnica podía reproducir, solo reproducir, las hazañas del genio».
Una reflexión interesante en torno a la idea de si es posible ser original (ya no en los tiempos que corren, sino en términos generales) considerando que los patrones artísticos tienden a replicarse y repetirse en diferentes propuestas que uno puede ver en cine, literatura, danza, música , teatro. El problema de los denominadores comunes que debilitan el concepto de originalidad. O no. Porque, según ha demostrado la ciencia, es más que posible la idea de la invención simultánea pues las fuentes de nuestras ideas son también las fuentes de las ideas de los demás dado que vivimos en comunidad y todos, quien más y quien menos, tenemos acceso a las mismas referencias culturales de las que nos apropiamos para crear. Suena extraño decirlo, pero nuestros cerebros, amigos/as, están, diríase, programados para no ser originales pues, antes bien, tendemos a un cerebro colectivo que se nutre de una base de datos colectiva, compartida y replicamos o imitamos aquello que funciona o ha dado muestras de haber funcionado.
Por eso se ven cabezudos en las propuestas escénicas o video proyecciones o tendencia a la auto-ficción, etcétera. Porque los elementos que funcionan entre el público, tienden a repetirse y todo es cíclico. De hecho, la originalidad es un concepto reciente en términos históricos que algunos sitúan a mediados del siglo XVIII. Hasta esa fecha, la imitación de los estilos era lo frecuente y también lo aplaudido. La originalidad se impuso como paradigma a raíz de una serie de cambios políticos y sociales que se asocian con el protestantismo, las ideas progresistas, etcétera. Se pasaría de la aplaudida imitación de los clásicos (conservadurismo) a celebrar y poner en valor las ideas que rompiesen con la imitación de los clásicos, aquellas que mostrasen genio, creatividad y singularidad: signos distintivos de la marca de la originalidad. Con el paso de los años, la evolución fue clara: lo que es original es cool, es fresco, es innovador es bueno. Lo que imita es falso, es un robo, es mediocre, es plagio, es malo. Hagan cuentas.

Todo está inventado. Absolutamente todo. Y aquello que parece nuevo u original no es más que la capacidad de engendrar algo que parezca diferente con los elementos que están al alcance de todos. Dicen los autores de Falsestuff:
» (…) la hiperconectividad global y la sobreproducción artística de nuestro presente se han encargado de decapitar definitivamente a las musas, aquellas divinidades clásicas, hijas de la diosa de la Memoria, portadoras de la inspiración».
Y en cierto modo hay algo de razón pues la oferta cultural está superpoblada y es imposible distinguir especies nuevas en lo selvático del panorama teatral (y cultural), pero también es cierto que todo creador tiene derecho a apropiarse de marcadores, de huellas, de improntas, influencias, estilos.
¿Qué es ser original? ¿No se ha hipertrofiado en exceso ese concepto? ¿Qué producto es más original? ¿Shakespeare que The Beatles? ¿Acaso alguno de los dos eran originales o simplemente artesanos? The Beatles, que han calado tanto en la sociedad de su generación y las posteriores, han tenido un sinfín de imitadores, pero, no es menos cierto que The Beatles se habrían visto influidos poderosamente por la cultura y creaciones de su época y anteriores (nótese la Motown o el soul). ¿Les hace estos más falsos? ¿Su música nos suena más falsa? No. Se habla, en este sentido, del «Principio del alma de goma» (nombre tomado del título de un disco de The Beatles llamado «Rubber soul»). Este principio vendría a afirmar que él/la creador/a debe tener un alma de goma para saber adaptarse a lo que antes ya hicieron otros/as y extraer de esas influencias un material novedoso, pero no necesariamente original. Así pues, la muerte de las musas no debe asustar a nadie. No es más que un grito provocador. La apelación a quienes habitan lo artístico pasa por reclamar sus capacidades de artesanos/as que no de genios. La genialidad está sobrevalorada y, en cualquier caso, ¿cuántas manos levantadas se necesitan para consensuar que algo es genial?

Revisemos ahora la propuesta de Albet y Borrás. Nuestra mano no se levantaría para decir que esta obra está genial. Es solo una mano. Seguro que hay decenas de manos que opinen lo contrario, pero lo que vimos en escena nos pareció de una banalidad importante. La posverdad no era esto. Debemos reconocer que la cosa intenta remontar en la segunda parte con un intento de explicar de donde salía el humo del incendio que no veíamos. Sin embargo, para entonces ya será tarde porque no estamos seguros de que la mayor parte del público aguante el descanso tras la primera hora y media de irrelevancia sin contemplaciones.
No entendemos nada en esa primera hora y media. Un batiburrillo de escenas que pretenden hilvanarse alrededor de lo paródico y que no cuajan en ninguna resolución efectiva. Si la pretensión es la burla por la burla para luego revelar al espectador las intenciones, nos parece una impostura en toda regla. No comprendemos los minutos musicales, la intersección de códigos lingüísticos, las coreografías sin sentido. Y lo peor de todo es que acaba por no interesarnos.

Los propios autores expresan sus intenciones con «Falsestuff» de la siguiente manera:
» (…) Como cuando tenías catorce años, no te sabías el maldito temario y tenías que alargar el cuello para copiar el examen del chaval de tu derecha, nuestra propuesta consiste en reproducir el exitoso montaje de la temporada 20/21: El Bar que se tragó a todos los españoles».
Nosotros, que no hemos visto «El bar que se tragó a todos los españoles», no podemos poner pegas a esta reproducción de aquella otra propuesta (si es que, en realidad, algo de este montaje tiene que ver con aquello), pero sí podemos decir que las tres horas de este Falsestuff nos han parecido una veleidad y una futilidad en toda regla.
Pero aún hay más. Ojo a la lección final: ta-ta-ta-chán, amigos/as, no os fieis de nada porque la falsedad está por todos lados. Nos circunvala, nos rodea, nos atañe. El imperio del amaño marca la actualidad. De acuerdo, de acuerdo. Y nosotros pensamos: ¿Tres horas de… (rellene cada cual este hueco) para llegar a conclusiones como «la falsedad está en todas partes»? Ciertamente un tiempo exagerado para una pieza totum revolutum que por mucha moraleja o reflexión epilogal que desee atribuirse, se queda en deliberación de barra de bar, (no sé si del que se tragó a todos los españoles o del que los vomitará a todos). Deliberación, eso sí, bastante superficial a tenor de los tiempos complejos que vivimos; tiempos de deep fakes y de posverdades a tutiplén.
FALSESTUFF: LA MUERTE DE LAS MUSAS
PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes gusten de parodias con pretensiones.
Se bajarán a este caballo: Quienes encuentren todas sus pretensiones infundadas.
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FICHA ARTÍSTICA
Texto y dirección
Nao Albet y Marcel Borràs
Reparto
Nao Albet, Marcel Borràs, Naby Dakhli, Thomas Kasebacher, Joe Manjón, Johnny Melville, Diana Sakalauskaité, Laura Weissmahr, Sau-Ching Wong
Moderador coloquio
Pedro Azara
Voz en off
Benjamin Bridson
Escenografía
Adrià Pinar
Iluminación
Cube BZ (María de la Cámara y Gabriel Paré)
Vestuario
Vera Moles
Vídeo
Oslo Albet
Composición musical y espacio sonoro
Nao Albet
Caracterización
Johny Dean
Coreografía
Nao Albet, Marcel Borràs y Sau-Ching Wong
Diseño sonido
Edu Ruiz «Chini»
Ayudante de dirección
Anabel Labrador
Ayudante de escenografía
Zuloark
Ayudante de vestuario
Sandra Espinosa
Técnico subtítulos
Juan Ollero
Diseño y realización tela mural
Piro
Prácticas de Interpretación
Gabriella Andrada (Escuela TAI)
Prácticas de Dramaturgia y Dirección
Marta Fúster (Máster de Teatro y Artes Escénicas Universidad Complutense)
Producción
Centro Dramático Nacional
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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