VANIA: LA CAJA DE MADERA DE LOS CORAZONES ROTOS

En el año 1888 Chéjov escribía a Suvorin, amigo íntimo, diciéndole entre otras cosas que «el artista no debe ocuparse de la solución del problema sino de su correcta presentación». Declaración de intenciones: El artista conjetura, observa y  combina. Propone, no dispone. El que lo hace en último término es siempre el espectador. Él espectador es quién despeja la ecuación, resuelve la incógnita y sentencia, concluye. Esa es toda la esencia que destilan las obras de Chéjov desde «La Gaviota» hasta «Tío Vania». Frente a esta última, en una nueva revisitación, año 2017, nos encontramos. Se encarga Álex Rigola, en los teatros del Canal, con dramaturgia de Lola Blasco, junto a un reparto que resulta, indiscutiblemente, atractivo: Irene Escolar, Ariadna Gil, Luis Bermejo y Gonzalo Cunill. Todo parece tener un rumbo infalible, bien marcado. Combinemos: Chéjov, excelente reparto, solvencia del director, solvencia de dramaturgista. ¿Se deduce que el resultado estará a la altura?

Veamos. Chéjov escribe de un modo naturalista, realista, era/es de esos autores que dejan al subtexto, a lo que no se dice, que hable tanto o más que al propio texto explicitado. Sus obras son diálogos, fluyen alejados de la filosofía o la política aunque acaben pudiendo verse como moralizantes. Hay compromiso —en toda autoría debe haberlo—, sutileza, hay un acercamiento lo más objetivo posible al retrato de la realidad de la época y hasta hay tópicos, denominadores comunes que se repiten en muchas de sus piezas teatrales. Por ejemplo, la transición de una Rusia zarista a otra Rusia que iba camino de la revolución Bolchevique, obrera. Tiempos convulsos. Momentos también en los que el teatro pasaba revisión a los planteamientos naturalistas deseoso de indagar en las vanguardias. Chéjov escribía sobre la sociedad y la moral de una época: el encuentro entre la juventud y la vejez, el paso del tiempo; sus personajes suelen verse a sí mismos como los últimos baluartes de un ciclo, de una cultura. Pero si de algo están dotadas sus obras es de una esencia aparentemente anti dramática muy palpable, consciente, buscada a pulso por el autor. La banalidad es central en todas sus historias, la falta de artificio, la nula idealización de los personajes. Él mismo decía: «Los hombres comen, beben, duermen, fuman, dicen banalidades y sin embargo, se destruyen». He ahí toda la substancia de sus dramas que en el fondo ha sido legado para tantos y tantas escritores y escritoras. (Pienso ahora en Cheever, Jon Fosse, o en mis admirados Delillo, y por supuesto, claro, Carver).

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Chejov escribe para que sus obras sucedan discretamente al principio, y vayan ascendiendo hasta un punto de clímax oportuno en el que el veneno que se ha ido dosificando, se desparrama.  Eso es lo esperable, lo deseable.

En «Tío Vania» se nos cuenta la siguiente historia:

A la casa de campo en la que viven  Sonia y tío Vania (y otros personajes) llegan dos invitados: Serevriakov y su joven esposa, Elena. La casa de hecho es propiedad de la primera mujer de  Serevriakov que ahora se ha casado con Elena. Allí, en el campo, los habitantes de la casa se han ido ocupando de las labores de la tierra, de gestionar la finca, del día a día. Un trabajo nada intelectual. Más esforzado pero tranquilo. Las ganancias del trabajo en la casa de campo le eran pasadas a Serevriakov que, en su día, decidió irse a la ciudad donde trabajó como crítico de arte y profesor de una cátedra. El caso es que Serevriakov regresa a la casa de campo, ya jubilado, retirándose de la vida en la ciudad y con Elena, su joven esposa, de la que se enamora Astrov, un médico rural que visita la hacienda para echar un vistazo al esposo de Elena que se queja de reuma.

La finca, la casa de campo, podría asemejarse a un hotel de corazones rotos, como la canción que cantaba Elvis Presley, afectada, triste, con una letra que dice que podría morirse porque lo han abandonado. Lo han dejado tan solitario que podría morirse. Quizá sea esta la parte más destacada de este Vania revisitado en versión liberrima: la soledad. El abandono.

Los personajes se mueven, en la propuesta de Rigola, dentro de una caja de madera donde se encuentran muy próximos al público. La pieza se presenta como un ejercicio estilizadísimo y aunque suene paradójico ahí reside su principal escollo, su defecto, lo que la sepulta. La historia no tiene unos actos bien diferenciados al margen de que Irene Escolar vaya pegando unos postit amarillos en la pared de la caja de madera probablemente haciéndonos entender que cada arbolito dibujado que pega es ¿un nuevo acto? No lo sabemos. No importa demasiado.

Queremos plantearnos cuál fue la mirada de la dramaturgia en esta pieza, la intención del por qué vaciar de carne, hasta dejar el hueso al descubierto, a esta obra de Chéjov, casi al estilo en que Mies Van der Rohe vaciaba sus edificios hasta dejar solo piel y hueso.

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Chéjov ya es lo suficientemente naturalista, realista, objetivo, epilogal e incluso solipsista, si se quiere, como para llevar hasta esta dimensión reduccionista a «Tío Vania». El ejercicio podría quedar bien si se entiende solo como ensayo sobre Vania,  libre, como un Vania recalificado, libre, como un experimento teatral, sí, libre, muy libre pero este «Vania/Heartbreak hotel» deja muchos sinsabores.

Chejov decía que «la gente no camina sobre zancos, camina naturalmente», con los pies en el suelo. Apostaba por reflejar, sin estridencias ni añadiduras, la pura realidad, por trivial que esta fuera, alejándose de héroes o heroínas, de idealizaciones, de acuerdo, pero entendemos que lo trivial era también su manera de huir del artificio, de la vulgaridad; toda una aproximación a lo objetivo.

No reconocemos bien la historia, las intrahistorias, en este «Vania». No entendemos el para qué. Sonia es, en la obra de Chéjov, una mujer probablemente no agraciada e Irene Escolar resulta aquí, en este Vania, en una joven mistificada; tan dulce y melosa que no se comprende bien. Pasa algo similar con los otros. Los demás personajes no podríamos decir que interpreten puesto que, anclados en sus propios roles, se enfrentan a la doble tarea de ser uno mismo y ser otro. Y eso es tramposo.

No podemos decir que estemos ante un grupo de actores y actrices sin oficio. Es más que sobrado. Son estupendos pero no brillan aquí. Esto es algo que apura y depura, formalmente, las convenciones del teatro y eso es osado, lo cual es maravilloso, pero deriva en un «Vania» divagante y discursivo.

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Es cierto que, debemos recordarlo, estamos no frente una representación de «Tío Vania» al uso sino, antes bien, ante un acto libre, casi performativo, casi cercano al Happening por lo que ostenta de falsete improvisado. La apuesta pasa por romper la cuarta pared, trabajar los silencios, las pausas, los puntos de vista, deglutir el subtexto, decirle al público: mirad, esto es Vania. Un Vania en esencia. Destilado, extractado. Esto es Chéjov. ¿Lo es?

No se le puede reprochar a Alex Rigola que no tenga coraje, que no arriesgue y le falte valor. Queremos entender este ejercicio teatral como un no querer quedarse «silbando desde las ventanas». Queremos entenderlo como un bajar a la calle, al ruedo, a la arena, meterse de lleno en la caja de madera y asumir la proeza que es hacer síntesis de una tesis como «Tío Vania» ayudado por Lola Blasco y unos estupendos actores y actrices.

No obstante, volviendo no a Chéjov sino a la arquitectura de esta propuesta, como decíamos cercana al mantra «menos es más» del arquitecto Mies Van der Rohe, es interesante recordar lo que decía una de las inquilinas de las torres de apartamentos Lake Shore Drive, en Chicago, apodadas como «las cajas de cristal» y diseñadas por el arquitecto Alemán: «Se vive con más intensidad lo que ocurre fuera. A veces es sublime y otras veces, es temible». Quizá este sea también el precio que hay que pagar por la modernidad.

VANIA/HEARTBREAK HOTEL

Dirección y adaptación: Àlex Rigola
Dramaturgista: Lola Blasco
Actores: Ariadna Gil, Irene Escolar, Luis Bermejo, Gonzalo Cunill
Espacio escénico: Max Glaenzel

Producción: Festival Temporada Alta, Heartbreak Hotel, Titus Andrònic S.L y Teatros del Canal

Puntuación: DOS CABALLOS

Reseña de @EfejotaSuarez

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